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miércoles, 27 de octubre de 2010

5





Durmió hasta que el timbre de su celular le devolvió a la realidad de un nuevo día. La insistencia del timbre no le permitió obviarlo. Despertó tendido en el suelo, desnudo, empalmado y con todo el sol enfocando su cuerpo. Se levantó a duras penas y sin casi desperezarse se dirigió, torpemente, hacia el lugar de donde procedían los timbrazos. Cogió el teléfono móvil. Se frotó los ojos para intentar ver quién le llamaba, pero sin sus flamantes gafas de nuevo miembro del club de la presbicia no veía nada. Decidió arriesgarse. Una cita a ciegas con su desconocido interpelante. Pulsó la tecla de aceptar y se percató de que su mano estaba totalmente cubierta con el seco resíduo del semen eyaculado hacía solo unas pocas horas. Balbuceó un sonido que intentaba marcar el comienzo de una conversación y esperó respuesta. "¿Miguel?" preguntó una voz que reconoció con sorpresa. Era Laura. Con un acto reflejo se cambió el teléfono de mano, como intentando preservarla de los restos de su esperma. "Laura…", respondió entre indolente y sorprendido. "Laurita…", repitió con un tono que indicaba su intención de ser calculadamente hostil. "Miguel, mira, no tengo mucho tiempo para explicarte la situación…necesito…ya va siendo hora…", comenzó a explicarse Laura. "¿Problemas con el "Sir", Laura? ¿Mi exmujercita ya no es la reina del inglés?", le espetó Miguel en tono cáustico. Sabía muy bien que a ella le exasperaba que llamase "el inglés" o tildase de "Sir" a su nueva pareja, un adinerado británico que conoció en uno de los viajes que Laura realizó para visitar a su hija cuando estudiaba en el College en Londres. "Se llama Paul, señor el-mismo-inmaduro-personaje-de-siempre-Miguel. En fin…", replicó ella. Y continuó. "Mira Miguel, no hace falta que te recuerde que tienes una hija, lo sabes perfectamente. Por motivos que no voy a contarte, Sara ha decidido pasar unas semanas fuera de nuestro, digamos, "alcance". Y le ha dado por tí, querido y afortunado padre de la criatura. Ni he podido ni he querido convencerla de lo contrario. Así que mañana por la tarde  la acercaré con el coche. ¡Ah! Se me olvidaba: la acompañará su amiga Mónica, todo un carácter de jovencita. Ten cuidado con ella. tiene un par de tetas que no le caben en el pecho y un cuerpazo que pide guerra a gritos. Y tú, querido mío, no estás nada sordo". Miguel quiso protestar, pero el tono de voz empleado por Laura había sido tan contundente que se dio cuenta de que no tenía opción. "Bien, sí", acertó a responder. Un silencio prolongado se hizo en ambos interlocutores. Se habían dicho todo y nada quedaba pendiente. "Miguel…", recomenzó ella. Por un momento él pensó que iba a proponerle, de nuevo, ofrecerle…"¿Qué?" respondió rápido. "¿Sigues bebiendo?" le dijo Laura sin tregua. "No", le mintió Miguel. "Mejor, si es cierto. Hasta mañana. Te llamaré de camino para que estés preparado", le advirtió ella. "O.K Laura" acabó él cortando la comunicación. "Bonito plan veraniego", pensó. "Un solitario cuarentón salido y dos jovencitas cuasiveinteañeras compartiendo piso", remató para sí mientras se introducía en la ducha.
(continuará…)



LAURA

viernes, 22 de octubre de 2010

4





Comenzó a arquear su cuerpo como intuyó que lo hacía el de la mujer. Buscó el mismo ritmo. Ahora le parecíá que ella echaba levemente su cabeza hacia atrás, como si iniciara el ancestral rito del sexo autocomplaciente. Miguel comenzó a acelerar la cadencia de su masturbación. Tenía el miembro realmente duro. Lo empuñó con firmeza. Sabía que ya no podría parar hasta expulsar fuera de sí todo aquel deseo reprimido que la silueta en aquella ventana había conseguido desatar dentro de él. Veía a la mujer y la presentía untosa y brillante, lubricada para que él pudiera liberar su deseo dentro de su cuerpo. Entonces ella dejó de moverse. Se dio la vuelta y cogió algo de la cama. Era un provocativo tanguita de raso gris. Se agachó mostrando a Miguel sus perfectas nalgas, se lo acopló perfectamente entre sus muslos macizos y apagó la luz. Miguel estaba ya totalmente fuera de sí. Su mano estimulaba el pene con certeras maniobras sobre el hinchado glande. No quiso lamentar el fin del espectáculo, sinó acabar de manera salvaje la masturbación que había comenzado y comenzó a repasar la sucesión de imágenes que aquella noche le había regalado. Trataba de alargar el frenesí que le invadía. Trabajaba su miembro con rítmicos movimientos desde la base. Arriba y abajo, arriba y abajo como si hollara un imaginario vientre de mujer. Se sabía sudoroso, primario, siervo del éxtasis final. Cuando adivinó que iba a dejarse ir definitivamente vio como la vecina subía la persiana dejando percibir su figura entre la penumbra. Dibujó entonces en su mente una lengua para lamer aquellos pechos pequeños y respingones. Entreabrió su boca como queriendo mordisquearlos. Resopló. Le faltaba el aire. Cabeceaba sin control. En su interior oyó los susurros de Laura cuando intuía que Miguel iba a eyacular. "Ya, mimoso, ya". El instinto animal que le poseía entonces le empujaba hacia el conocido y deseado desenlace. Pensó en la dureza de aquellos pezones, ahítos de deseo. "Ya, mimoso, ya". Sintió la incandescencia de su miembro. Imaginó su pene deslizándose por el cuerpo aceitoso de la mujer, resbalando en una loca carrera por penetrarla. "Mimoso". Se espoleó con el afeitado sexo, presto a recibir sus imposibles embates y entonces se corrió sacudiendo violentamente la cintura, resoplando y emitiendo un sordo gruñido de placer. "Ya, ya, ya". El esperma golpeó el cristal y parte de la lechosa y cálida lluvia se perdió en la oscuridad de la noche. La vecina levantó la vista, desnuda, bella, hermosa y Miguel reculó para no ser visto intentando controlar los convulsos movimientos de su orgasmo. Se dejó caer al suelo, sudoroso, jadeante. Comenzó a invadirle una ligera sensación de vacío, el mismo vacío que sentía cada vez que le inundaba desde que Laura le abandonó, pero detuvo esa vorágine depresiva pensando que había sido la mejor paja de su vida. Poco a poco sus pulsaciones fueron recuperando la normalidad. Luego envió un beso imaginario a su imposible partenaire nocturna y cerró los ojos. Agotado y sin el anclaje de un cuerpo cercano en el que guarecerse de la soledad, el sueño se fue apoderando de su mente.



¡PLAY!



Este y los tres capítulos anteriores fueron gentilmente publicados por Lady Rosa en su blog "espumasdetiempo.blogspot.com/" durante julio y agosto de 2010, en lo que iba a ser ser un relato sin solución de continuidad, bajo el título "Miguel y la sombra".

Los capítulos que se publicarán semanalmente en el futuro pretenden conculcar la primera voluntad del autor -un tipo con principios pero sin finales definidos a tenor de lo visto- siendo una secuela, más o menos lógica, del citado relato.

Permanezcan, pues, ladies y gentlemen, atentos a sus receptores y al discurrir venidero de Miguel, Laura y su troupe, porque la farsa sigue y la historia…

(…continuará…)

domingo, 17 de octubre de 2010

3



(PLAY)





De repente la anónima vecina se dio la vuelta y por un instante Miguel pudo ver la belleza de su sexo. Delicadamente rasurado dejaba al descubierto unos labios perfectamente simétricos, franqueados por un enigmático lunar alineado a medio camino entre el monte de venus y su redondo ombligo. Alzó rápidamente la vista para descubrir su cara, pero entonces la persiana comenzó a bajar con lentitud hasta ocultar parcialmente el ventanal. "Mala suerte, muchacho" pensó. Pero tenía tanto sexo dentro de sí que permaneció atento, intentando escrutar qué es lo que ocurría en la habitación a través de las ranuras del inoportuno obstáculo. Vio entonces cómo la mujer se recogía el pelo y luego comenzó a aplicarse algo por su cuerpo. Miguel podía ver con claridad casi toda la longitud de sus piernas a través del cristal que permanecía expedito. Eran las piernas de una hembra en sazón, firmes y cuidadas. Contemplaba, fuera de sí, la forma en la que ella extendía una especie de mixtura lechosa a lo largo de ellas. Lentamente, acariciándose, envolviendo su bronceada piel con delicados y sinuosos círculos. Sobre los muslos, sobre las nalgas, sobre el vientre. Cuando llegó a lo que Miguel intuyó que eran unos pequeños y tersos senos su erección estaba en grado máximo. Como si se tratase de un espectáculo de sombras chinescas observaba concentrado la manera en que ella se masajeaba cada pecho, comenzando desde la base, amasando el seno en toda su extensión, para terminar en un ligero y delicado pellizco en los pezones. Miguel deseó que fueran sus manos las que trabajaran esos pechos. Recordó la forma en que le gustaba a Laura que se lo hiciera. Él detrás, aprisionando su cuerpo con el contorno de sus masculinos brazos. Con delicadeza al principio, aprovechando toda la capacidad de sus manos para abarcarlos. Primero un pecho. Luego el otro. Deslizando la palma sobre él mientras separaba ligeramente los dedos anular y corazón para unirlos súbitamente aprisionando el hirsuto pezón. Le gustaba sentir el estremecimiento de su hembra con sus caricias. Le gustaba percibir su sofoco, encenderse con el tacto de su piel. Enloquecía al notar su entrega cuando ella levantaba los brazos para que nada obstaculizara las diestras evoluciones de su hombre, cuando le ofrecía generosa su cerviz para que él la horadase con su boca. No se lo pensó dos veces y comenzó a acariciarse el miembro. Suave, rítmicamente. Notaba el acelerado pulso golpear con fuerza en su pene, totalmente convulsionado. No podía apartar la mirada de aquella ventana que había abierto el universo de su deseo más profundo. Sentía su músculo enhiesto mientras imaginaba las manos de la mujer resbalar sobre la piel aceitada, anhelando sentirlas sobre su propio cuerpo de macho solitario. Y le gustó sentirse tan excitado. 
(continuará…) 

viernes, 15 de octubre de 2010

2



¡CLICK!


 A Miguel le llamó la atención el precioso tono de su piel. Era un hermoso brazo. Terso, estilizado, bien formado. Mientras observaba su ir y venir pensó que le gustaría saber a quién pertenecería. Repasó mentalmente el vecindario, pero no encontró a nadie que pudiera ser la afortunada dueña de aquella perfecta extremidad anatómica. Volvió a aparecer para cerrar el armario y entonces Miguel pudo ver con claridad el perfil de una espalda femenina plena de sol que culminaba en una larga pierna, prieta y torneada, cuyo dintel era una nalga en la que el bronceado había dibujado la silueta de la braguita de un sugerente bikini. Un temblor recorrió a Miguel. Se sintió totalmente despejado y atento a lo que estaba contemplando. La consciencia de la desnudez de la mujer penetró con fuerza dentro de él y quedó paralizado esperando ansioso las evoluciones de la insospechada y placentera visión. Apoyado en el alfeizar de su ventana, no fue consciente de que él también estaba desnudo hasta que sintió cómo su miembro tropezaba con el frío cristal que la remataba por abajo. Estaba excitado y sintió la fuerza de su erección como hacía años que no la sentía. Posiblemente desde que empezaron a ir mal las cosas con su exmujer. La recordó jóven y desnuda. El azabache de sus cabellos sobre su generoso pecho envuelto en seda y encaje. Sabía que ese recuerdo le estimularía aún más y no lo evitó. Laura era una hermosa jóven cuando la conoció. Bien formada, de hechuras rotundas, y elegante. Bella e inteligente, apenas le quedaban dos cursos para acabar la carrera de Derecho con extraordinaria brillantez. Nadie comprendía el motivo por el que aquella "diosa", capaz de sobresalir en cualquier disciplina, había sido capaz de prendarse del bohemio Miguel. Él tampoco y en su inconsciencia se dedicó a consumirla poco a poco hasta que ella, cansada madre y hembra harta de sus desplantes, decidió descubrir los amoríos de Miguel con una prometedora modelo publicitaria de rubia melena, voluptuosas medidas y escasas ideas. Les pilló en la cama, él lamiendo alternativamente los senos de ella mientras la modelo le cabalgaba enloquecida a punto del orgasmo. Hacía cuatro años de eso. Cuatro años de una degeneración autodestructiva buscando sexo fácil aprovechándose de su estatus de madurito interesante entre las jovencitas a las que daba clases en la universidad. Y ahora estaba allí, solo, desnudo y erecto ante la visión de una extraordinaria hembra.
(continuará…)

miércoles, 13 de octubre de 2010

1



Agobiado por el tremendo calor Miguel se levantó de la cama. A tientas y guiado por un tenue resplandor procedente de la habitación más allá del pasillo cogió un cigarrillo para tratar de engañar al insomnio. Buscó el encendedor, pero no estaba en la mesilla. Miró en los bolsillos del pantalón; tampoco estaba allí. "Se me habrá caído al llegar a casa",  pensó, no sin motivo, al recordar los muchos gin-tonics que se había tomado esa noche. Se olvidó de la sensación de mareo que inundaba su cabeza y comenzó a dar pasos en busca del mechero. Cuando rebasó el quicio de la puerta percibió el resplandor con más intensidad. Miró el reloj. Las cinco y media de la madrugada. "Alguien ha llegado peor que yo esta noche", malició, y se introdujo en la habitación en la que penetraba la luz exterior. Su pie tropezó con algo. Era el encendedor. "Misión cumplida" se dijo, y se acercó a la ventana abierta dispuesto a echar allí un cigarrito que le ayudase a pasar la primera fase de la resaca dominical. Inhaló la primera calada, aunque el regusto a alcohol no le permitiese saborearla en condiciones. Centró su atención en la luz. Provenía de una ventana dos pisos bajo el suyo. Le quedaba ligeramente desplazada, con lo que solo podía ver parte de la estancia a la que pertenecía. Jugó a imaginar quién podría vivir allí. Era difícil, porque no podía apreciar ningún objeto personal. Desde su atalaya de cristal solo veía un suelo de mármol rojo, sin alfombra, parte de una cama cubierta con una colcha blanca y la puerta de lo que pudiera ser un armario, empotrado en la pared del cuarto. Recordaba que su apartamento era así cuando lo compró al matrimonio francés que abandonó aquella costa al llegar el boom inmobiliario en la zona. "Seguro que es de alquiler" se explicó a sí mismo, a la vez que especulaba mentalmente con la mano del piso al que correspondería el ventanal. De repente le pareció que la luz temblaba. Apreció entonces una sombra proyectada en la pared. Una mano se acercó al pomo de la puerta del armario. Luego, un brazo de mujer.
(continuará…)