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viernes, 15 de octubre de 2010

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¡CLICK!


 A Miguel le llamó la atención el precioso tono de su piel. Era un hermoso brazo. Terso, estilizado, bien formado. Mientras observaba su ir y venir pensó que le gustaría saber a quién pertenecería. Repasó mentalmente el vecindario, pero no encontró a nadie que pudiera ser la afortunada dueña de aquella perfecta extremidad anatómica. Volvió a aparecer para cerrar el armario y entonces Miguel pudo ver con claridad el perfil de una espalda femenina plena de sol que culminaba en una larga pierna, prieta y torneada, cuyo dintel era una nalga en la que el bronceado había dibujado la silueta de la braguita de un sugerente bikini. Un temblor recorrió a Miguel. Se sintió totalmente despejado y atento a lo que estaba contemplando. La consciencia de la desnudez de la mujer penetró con fuerza dentro de él y quedó paralizado esperando ansioso las evoluciones de la insospechada y placentera visión. Apoyado en el alfeizar de su ventana, no fue consciente de que él también estaba desnudo hasta que sintió cómo su miembro tropezaba con el frío cristal que la remataba por abajo. Estaba excitado y sintió la fuerza de su erección como hacía años que no la sentía. Posiblemente desde que empezaron a ir mal las cosas con su exmujer. La recordó jóven y desnuda. El azabache de sus cabellos sobre su generoso pecho envuelto en seda y encaje. Sabía que ese recuerdo le estimularía aún más y no lo evitó. Laura era una hermosa jóven cuando la conoció. Bien formada, de hechuras rotundas, y elegante. Bella e inteligente, apenas le quedaban dos cursos para acabar la carrera de Derecho con extraordinaria brillantez. Nadie comprendía el motivo por el que aquella "diosa", capaz de sobresalir en cualquier disciplina, había sido capaz de prendarse del bohemio Miguel. Él tampoco y en su inconsciencia se dedicó a consumirla poco a poco hasta que ella, cansada madre y hembra harta de sus desplantes, decidió descubrir los amoríos de Miguel con una prometedora modelo publicitaria de rubia melena, voluptuosas medidas y escasas ideas. Les pilló en la cama, él lamiendo alternativamente los senos de ella mientras la modelo le cabalgaba enloquecida a punto del orgasmo. Hacía cuatro años de eso. Cuatro años de una degeneración autodestructiva buscando sexo fácil aprovechándose de su estatus de madurito interesante entre las jovencitas a las que daba clases en la universidad. Y ahora estaba allí, solo, desnudo y erecto ante la visión de una extraordinaria hembra.
(continuará…)

4 comentarios:

García Francés dijo...

Discúlpeme si no frecuento su blog con la asiduidad que debiera, Sr. Brummel, pero es que últimamente el erotismo me sobreexcita la impotencia crónica.

Quizás, tras acabar el tratamiento a base de Aquilea Vigor, pueda volver a maneármela siguiendo la prescripción de los investigadores que han descubierto que con, al menos, cinco gallardas por semana se previene el cáncer de prótata.

Le deseo el mejor de los éxitos, amigo mío.

Beau Brummel dijo...

Queda usted disculpado, querido maestro.

Solo por leer el genial y feliz neologismo que ha creado, maneármela (más explícito por lo gráfico "maneársela" que "meneársela", ¿no lo cree?) ha merecido la pena su visita.

Vuelva ud cuando quiera. Esta es su casa y será bienvenido.

Un abrazo.

Rosaida dijo...

Cuando leí su primera entrega, supe que tenía ante mis ojos un gran relato. No me equivocaba. Me ha cautivado su trama tanto que ya me tiene ligada a la vida de Miguel, con mis pulsaciones aceleradas y mi temperatura subiendo…
Por cierto, los regalos musicales que dejó en mi jardín son excelentes, como siempre. Tenía pensado poner “Wild Horses” de los Rolling y así lo hice. He colocado como segundo el temazo de los Doors. Si ha vuelto a pasear por mis rosaledas seguro que los ha escuchado y si no es así le invito a hacerlo.
Un beso desde mi Jardín.

Liba dijo...

Me quedo. Me quedo a acompañarte mientras me cuentas la historia de Miguel y sus mujeres.

Me quedo. Me quedo sorprendida ante la maestría de las palabras y la consecución de enganchar hasta la próxima visita.

Me quedo.

Gracias, Sir...