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viernes, 30 de diciembre de 2011

En cada tañido, el color de tu mirada






Y en cada uva, la textura de tus labios. Y entre mis labios, el recuerdo de tu boca. Y dentro de mi boca, tu nombre silenciado. Y en tu nombre, el aroma de tu cuerpo. Y en mi cuerpo, el recuerdo de tus manos. Y en mis manos, el perfil de tu cintura. Y en mi cintura el deseo de tu sexo. Y en tu sexo… las caricias de mi lengua. Y en mi lengua, el ritmo de tus nalgas. Y en tus nalgas, los embates de mi polla. Y en mi polla, el calor de tu garganta. Y en tu garganta, el sabor de mi deseo. Y en mi deseo, toda, tú, mi amante más amada.

Labios, boca, nombre, aroma, cuerpo, recuerdo, manos, cintura, deseo, sexo, caricias, lengua, nalgas, polla, garganta, sabor, deseo… Te he pedido, en secreto, y esta vez te cumplirás entre mis brazos.

Si lo hay, ¿quién quiere conocerlo?

lunes, 26 de diciembre de 2011

De felicidades y confesiones de un seductor becario






"La felicidad es como una gota
De rocío sobre un pétalo de una flor
Brilla tranquila

Después ligeramente oscila
Y cae como una lágrima de amor"
 (Tom Jobim, "A Felicidade")



Una querida cómplice me ha mandado un precioso correo en el que me desea Felicidad y, de repente, caigo en la cuenta de que tal vez nos pasamos la vida tratando de encontrar el sentido de las grandes palabras, de encorsetar desde nuestro egoísmo el significado de los grandes conceptos. "La" felicidad, el antonomásico categórico. Presumiendo de canas y a menudo se me escapa que "la" felicidad no es más que la suma de pequeños instantes placenteros que burlan la cautela de cualquier tipo de programación emotiva por mucho que pongamos en ello todo nuestro esfuerzo. Las cosas ocurren, y tal vez seamos felices o infelices en virtud únicamente de la actitud con la que logremos ser capaces de admitirlas. Eso es lo difícil, sí: encarar los acontecimientos tal y como se presentan y no como nosostros esperábamos que se desarrollaran. Hace poco estuve a punto de estropear uno de esos momentos y no me lo hubiera perdonado nunca. "Es la felicidad la que te encuentra a ti", decía mi querida cómplice. Cierto. Un solo ejemplo: solo pude ser feliz aquella tarde cuando disfruté sin ansiedad del corto, pero intenso, tiempo que su vida permitió compartir en la intersección con la mía. El tiempo que ella pudo dedicarme sin que estar juntos hubiera sido jugar a la ruleta rusa con el revolver del destino cargado con más de una bala alojada en su tambor suicida.

Pero tal vez esto que escribo sea tan solo una excusa para devolver en forma de agradecimiento parte de lo que debo a algunas de uds por su afecto y connivencia cuando he necesitado de sus consejos, experiencias… o intercambiar fantasías por correo. Ninguna me conoce, y aún así he recibido tanta atención y cariño que muchas veces he de contradecir a los que atacan a este medio -e incluso a este género, el erótico- de simpleza o superficialidad de quienes a él nos entregamos. Yo mismo he ido rompiendo, destrozando uno a uno muchos de los prejuicios que tenía antes de descubrir lo maravillosas que son algunas de uds. Lógicamente van a permitirme que no de nombres, más que nada porque de sobra se reconocerán entre estas líneas y eso es lo verdaderamente importante. Además, a todos nos han enseñado que señalar está muy feo, aunque sea con el dedo con el que se digita el cariño.

Este año que se me va me ha traído momentos que no voy a olvidar jamás. Imposible hacerlo, porque han sido de una intensidad tal que no podía haberla experimentado ni en el mejor de mis sueños más a gusto soñados. Yo tenía una vida, pero me han dado otra diferente, apasionante, tentadora y estimulante. Adictiva, sí, y por eso peligrosa. Una amiga muy amada me decía hace unos pocos días que estoy loco. Es posible, pero solo esa locura me ha permitido salir del vórtice que estaba absorbiendo las últimas esperanzas juveniles de mi vida. Esa amada amiga es la única que en la vida real sabe que yo soy ese becario seductor que navega bajo el pabellón del más grande de los dandys que en el mundo han sido, y algún día terminará de explicarme por qué le parece tan acertada la elección de mi nick, por qué mi estilo le gusta tanto y otras cosas que ella sabe que me gusta oir de su boca y tan difícil se hace poder escucharlas. Sí, ha sido un año muy reconfortante. Gracias a uds, a personas anónimas que más allá de su personaje me han mostrado que son de carne y hueso. Gracias a la querida amiga que no dudó en ayudarme a cruzar el Rubicón de mi deseo, explicándome lugares, maneras e incluso confesándome algún secretillo que me unirá a ella para siempre. 


Ahora que releo lo escrito me doy cuenta de que es hora de darlo por terminado antes de que siga transgrediendo la primera de las leyes que me obligué a cumplir para no aburrir a quienes lean lo que escribo: nunca hablar en primera persona. Les dije que no me gusta la Navidad, por diferentes motivos. Lo que nunca cuento es que al final me dejo llevar por la melancolía de estas fechas y acabo siendo demasiado vulnerable. Me doy cuenta de que quiero a más gente de la que he estado dispuesto a admitir que quiero. Y no solo eso, sino que la necesito más cuanto más pasan los años. Yo no era así. He ido de "sobrao" durante la mayor parte de mi vida, ocultando muchos de mis verdaderos sentimientos por un pudor adolescente y estúpido. Desde hacía mucho tiempo las lágrimas no asomaban por mis ojos, ni en situaciones en las que eran la mejor terapia para descargar toda la tenebrosa oscuridad que cegaba mi vida. Hoy, sin embargo, me descubro emocionándome con el solo recuerdo de mi mano acariciando tu brazo, mientras me siento seguro bajo la cálida defensa de tu imponente silueta. Ella. Siempre ha sido una "ella" el motor que ha renovado mis emociones. ¿Podría ser feliz tan solo con saber que soy importante en su mundo? Quizás, pero ese noble y minimalista concepto no excluye la esperanza de alcanzar la felicidad de forma más prosáica, dedicándome a beber entre sus labios el lascivo licor de mis deseos. Soy humano y no un asexuado espíritu angelical, por supuesto.

Y aquí llega la moraleja, epítome o resumen de tanta perifrástica narrativa: me hago viejo, cana a cana, día a día, pero este año he comprobado que la felicidad que más quiero y necesito bien vale una locura… para enloquecer juntos.




[Hoy les propongo construir un relato a partir de unas canciones de Paul Weller. Háganse a la idea de que se trata de un puzzle de sentimientos musicados y elaboren su propia narración si lo desean y si no, espero entretenerles con el mío. Allá va:

Un hombre, con evidentes cambios de carácter, pero un hombre de palabra. Una mujer y siempre que hay una mujer hay una flor y, más que una flor, todo un vivero de recuerdos implantados en el corazón que derriban aquellos muros que parecían infranqueables. Todo tiene un precio…y si lo pagas, tienes ventaja para conseguir la felicidad. Un pensamiento…y un objetivo final…escrito en lo más alto: en el cielo de nuestro destino.]



martes, 20 de diciembre de 2011

miércoles, 7 de diciembre de 2011

40

[No saben lo que me cuesta publicar esta entrada. He tenido una fuerte disputa con Miguel al respecto. Tiene razón, sí: soy un pusilánime crónico, que cíclicamente se deja llevar por la astenia vital. No serán ajenas ciertas circunstancias coyunturales. La cercanía de la Navidad ha sido siempre barrunto de dolor emocional. No me gusta, por más que haya efemérides en ella que pudieran ser motivo de alegría. Esa presencia masiva de la oscuridad en el día, el frío, la sensación impostada de la algarabía en las calles… Haré un esfuerzo, porque así se lo he prometido. Y también pensando en ti, que supongo que te sigue interesando mi relato.

Luego es posible que congele de nuevo la narración hasta que haya un sol capaz de iluminar otra vez el interés de mi relato. Con todas estas canas encima y sigo siendo un puto inconstante… No me lo tengan en cuenta, por favor]









(viene de 39)

A través de las paredes podía escuchar los sonidos de sus compañeras en su mutuo frenesí. Gemían, y cada uno de sus quejidos estimulaban la líbido de la solitaria Laura. Comenzó a fantasear con grandes y musculosos falos asediando su sexo, acariciando sus muslos, pugnando por penetrar en su boca mientras recorrían su cuerpo sudoroso, y sus manos cedieron ante las acometidas de su propio deseo. Se desnudó apresuradamente y empezó a acariciarse el cuerpo. Notó la tensión en su cuello, la rigidez de sus atléticos hombros, la tersura de sus pechos, la delicadeza de su aureola, la desazón de sus enervados pezones. Se recreó en ellos, rodeándolos con los dedos, empujándolos con ternura, pellizcándolos mientras se estremecía toda, retorciéndose, alambicando su cintura en espera de que unas manos ajenas la tomaran y taponaran la tremenda herida que rezumaba deseo entre sus ingles. Imaginó apostado en la penumbra el cuerpo viril de un hipotético amante para saciar sus anhelos más primarios. Fantaseó que la observaba presto a saciar su deseo, al tiempo que más allá, pero tan cerca, Claire y Cecile jadeaban como perras en celo. Laura podía imaginarlas lamiéndose, chupándose, sorbiéndose, mordiéndose, comiéndose la una a la otra mientras la excitación aceleraba su pulso. Recordó el consolador de látex negro que le regaló un amigo el día de su cumpleaños. Lo guardaba en el segundo cajón del pequeño sinfonier de su habitación. Fue a cogerlo, y al pasar frente a la puerta contempló a sus amigas en el salón. Se quedó quieta, observándolas. Le pareció un espectáculo fascinante, ambas embriagadas de placer mientras sus bocas se perdían una en el sexo de la otra. Sin dejar de mirarlas abrió el cajón y buscó a ciegas, con premura, dentro de él hasta que encontró el falo artificial. Lo sacó, y con el tacto reconoció las gruesas nervaduras de su textura, su generoso tamaño, la suave rigidez de su materia. Recorrió su tallo, rugoso para producirle más placer. Acarició el poderoso glande sin perder detalle de la incruenta batalla que aquellas dos hembras libraban ante ella, uniendo y separando sus cuerpos para componer inverosímiles posturas. Frotaban sus pechos temblorosos. Restregaban sus encharcadas vaginas, ingle contra ingle, mientras convulsionaban las caderas. Gemían, gritaban, se ahogaban en su propio deseo. Y Laura con ellas. Tomó con firmeza el consolador por la base y deseó hincarlo en el coño de sus amigas, follarlas con el falso apéndice empujado con sus propias manos hasta arrancarles el preciado orgasmo. Fue consciente de que ya no necesitaba fantasear con un hombre. La visión de la excitación de sus amigas le bastaba para sentir su sexo bañado por el flujo de su deseo. Quería verlas. No se atrevía a compartir su orgía. Prefería mantenerse semioculta, guardarse para sí misma. Tanteó bajo su vientre buscándose el clítoris. Estaba embravecido y sobresalía desafiante reclamando sus caricias. Se tocó más abajo y Laura percibió sus gruesos labios abiertos, su vulva totalmente lubricada. Se introdujo el dedo corazón. Suspiró, llena de gusto. Se introdujo también el índice. Gimió, quedamente, y Claire descubrió su presencia. A Laura le estimuló saberse sorprendida. Su amiga la miraba fijamente mientras Cecile le practicaba un ruidoso cunilingus. Gimió de nuevo. La estaba llamando, invitándola a compartir la deliciosa locura de aquel momento. Laura sacó los dedos de su sexo y se introdujo la enorme polla ortopédica. Separó sus piernas y empujó el juguete dentro de sí con certera precisión mientras su cintura se cimbreaba al ritmo que marcaban las penetraciones del artilugio. Miraba a Claire porque Claire la miraba, para que Claire no dejase de mirarla. Volvió a gemir y Claire gimió con ella mientras apresaba la cabeza de su partenaire para que no parase de lamer su coño. Nunca había contemplado a dos mujeres gozar y solazarsese de aquel modo. Le gustaba, sí. Quería observar cada detalle, retener cada momento del éxtasis para recrearlo un millón de veces. Le placía y disfrutaba masturbándose mirándolas. Se agachó ligeramente y separó aún más sus piernas en una apertura imposible. Llevó su mano izquierda hacia su nalga y se la amasó mientras Cecile palmeaba con estrépito el culo de Claire avivando sus gemidos. Laura gemía también. Y Cecile, ahogada entre la gelatinosa esencia de Claire. Tres gimiendo, tres gozando. Laura se introdujo un dedo en el ano a la vez que incrementaba la velocidad de las perforaciones en su coño. Gemía y jadeaba. Y ellas ya gritaban, susurrándose obscenas palabras que las excitaban aún más. Se dispusieron una sobre la otra y volvieron a comerse el sexo, ahora con mayor apremio, con infinita fruición. Sus sonidos eran amortiguados, perdidos entre la carnosidad de sus sexos. Clamaban por llegar al cénit, por alcanzar al orgasmo que acabara con aquella dulce agonía de sus cuerpos. Laura cayó al suelo, incapaz de soportar el equilibrio ante los descontrolados envites de sus manos. Se sabía llegando al anhelado climax. Sudorosa, percibía el olor de su deseo. Salado, marino, ácido, acre. Y entonces escuchó cómo se corría Claire, gritando, y cómo Cecile se deshizo, a la vez, gritando aún más. Y ella también se corrió. Al unísono. De menos a más. Se corrió con un sonido abierto, extendiendo su vibración, monocorde y placenteramente. Miró entre la rendija de la puerta. Sus amigas habían empezado una nueva escaramuza carnal. Ella, satisfecha, decidió quedarse ya al margen e intentar dormir. Se metió en la cama. Estaba cansada, ahíta. Ya no prestaba atención a Claire y Cecile. Pero un sentimiento, desconocido para ella, se erigía morboso de entre sus pensamientos. En su universo sexual se había abierto una nueva puerta. Y Laura comprendió que necesitaba conocer qué había más allá de aquel misterioso umbral.


ESTO ES LO QUE NECESITO; AQUÏ ESTÁ A QUIÉN NECESITO, PORQUE TE HABRÄS DADO CUENTA DE QUE NO SOY UN HOMBRE DE HOJALATA

jueves, 24 de noviembre de 2011

39








(viene de 38)


Laura se sentía estimulada con aquellas historias, embriagada por sus propias fantasías generadas a partir de las narraciones de sus compañeras. Claire estaba sentada junto a ella, y su antebrazo rozaba con descuidada insistencia uno de los pechos de Laura. La francesita la miraba con picardía. Insistió. Volvió a repetir el roce. Esta vez con más intensidad, con mucha sutileza, realizando pequeños movimientos circulares calculadamente perceptibles alrededor de lo que presentía el abultado pezón de Laura. Con la otra mano atrajo para sí a Cecile y comenzó a lamerle los labios con suavidad, desde la comisura hasta introducirla en los abismos de la boca. Un inexplicable y placentero impulso recorrió el interior de Laura. Una parte de ella sentía ganas de participar, de ofrecerse a la suculenta bacanal de lujuria que se abría entre aquellas dos mujeres en su presencia. Pero la otra abjuraba incomprensiblemente del festín libidinoso. ¿Por qué ella, tan impúdica, tan deshinibida para con el sexo con hombres se mostraba tan reacia a probar el placer que pudiera proporcionarle el cuerpo de otra mujer? Aquellos besos, tan húmedos, tan abiertamente profundos, tan hermosamente obscenos, la excitaban, sí, y si embargo no se atrevía a dejarse llevar, a entregarse a esas bocas cuyos gemidos parecían prometerla un paraíso de fantasías insospechadas. Laura comenzó a sentir la necesidad acuciante de apagar junto a ellas el fuego que la consumía entre las piernas, pero un absurdo pudor la atenazaba consiguiendo mantenerla aparentemente ajena. Cuando ya no pudo aguantar más se levantó con la intención de dirigirse a su habitación. Claire la invitó a quedarse implorándola con su mirada, mientras Cecile, que no había desaprovechado la ocasión de quedarse absolutamente desnuda, seguía trabajándola laboriosamente con las manos dedicadas a los pechos todavía ocultos bajo la camiseta. Laura se excusó, balbuceante, y las dejó abandonadas a su estimulante festín lésbico. Fue a su habitación y se tumbó en la cama, pero ya estaba demasiado excitada para dormir.


(continuará…)



Más de mis canciones necesarias. Hoy Van Morrison. Casi todo lo que de él se escuche es bueno. Yo he de confesar que, aunque ya había disfrutado muy jovencito de su "Brown Eyed Girl", no le dediqué mucha atención hasta que una amiga me indujo a redescubrirle. Volví a recrearme con preciosos temas como "Into the Mystic" o "The Way Young Lovers Do". Luego, años más tarde me dejé llevar por la orfebrería musical del León de Belfast más íntimista, en su Lp "Back on Top" (el de mis mejores recuerdos). Escuchen estas dos gemas de un álbum extraordinario: "Golden Autumn day" y "Philosopher's Stone". A ver si les gusta mi selección de hoy…

jueves, 17 de noviembre de 2011

38






(viene de 37)



Laura voló a Londres para afrontar el último año de universidad. En tan solo una semana había conseguido olvidarse de Miguel, su apasionado amante veraniego. Ni rastro de huellas sentimentales en su corazón. Volvió a su pequeño apartamento alquilado del centro de la City que compartía con Claire, una joven estudiante francesa bisexual y, a su parecer, maravillosamente promiscua. Laura era consciente, desde hacía tiempo, que Claire buscaba ser su compañera también de cama, y no tan solo para dormir en ella precisamente. Lo que en un principio le pareció simple y natural deshinibición fue revelándose como una explícita forma de seducción. De las excursiones nocturnas, semidesnuda, a la habitación de Laura con cualquier absurda excusa, pasó a proponerle, sin ambages, ardientes experiencias lésbicas cuerpo a cuerpo, bajo la lluvia de la ducha. A Laura aquel asedio le producía sensaciones encontradas. Por una parte rechazo: ella, tan sexualmente liberal como la francesita, sólo contemplaba el placer producido al ser tomada por un hombre. Pero, por otra parte, más de una vez se había sorprendido mirando con cierto morbo los pechos respingones de su sensual compañera, o recreándose con el suave y geométrico abombamiento de su monte de venus, bajo el que se intuían unos carnosos labios perfilados bajo la sugerente ropa interior. Laura era mujer para hombres y, aunque no podía negar que a veces sentía algo que en alguna ocasión había pensado que pudiera ser un cierto tipo de atracción, nunca había tenido fantasías húmedas pensando en hembra alguna. Sin embargo, aquellas noches sola en su cama mientras escuchaba los gemidos de Claire cuando era penetrada por su partenaire de turno, mientras percibía los palmeos en las nalgas como si fueran en las suyas propias…eso sí que la producía un incuestionable, cálido y reconocible hormigueo de placer entre sus piernas. Una noche Claire llegó acompañada de otra chica. Era una pálida irlandesa llamada Cecile, de grandes ojos azules y mayores senos a juzgar por lo que se adivinaba bajo la vestimenta a la altura de su pecho. Cenaron las tres y luego tomaron una copa, sentadas en el pequeño sofá, muy apretadas. Se liaron un cigarrillo de marihuana. A Laura la marihuana la estimulaba sobremanera. Hacía que exacerbase su sensibilidad sensorial. Cualquier estímulo era apreciado con mayor intensidad. Percibía el tacto con sus ojos, veía los sonidos. Comenzaron a hablar de sus experiencias sexuales, de lo que sentían, de cómo lo sentían; de sus gustos y de sus placeres inconfesables. Tomaron otra copa y fumaron otro porro. El alcohol las hizo entrar en calor rápidamente, y fueron quitándose la ropa hasta quedarse lo suficientemente cómodas como para encarar una velada muy prometedora…


(continuará…)


¿Recuerdas esta canción, Miguel? 
(Ayer me encontré con ella. Los mismos ojos negros, profundos, que te cantaron las verdades del barquero hace más de treinta años. Ahora es toda una señora magistrada. Tomamos un café mientras recordamos lo bien que lo pasábamos los tres. Sí, me preguntó por ti. Creo que no te ha olvidado y  te sigue apreciando a pesar de lo cabroncete que fuiste. ¿Quién te iba a decir a ti que iba apreferir mi "Rain song" a tu "Starway to Heaven"…?)


(Addenda) A última hora decido incluir también este otro tema: "Hasta que recuerdes"… ¡Cómo canta esta dama! Cada vez que lo escucho se me eriza la piel. Until you remember that you're mine, ¿quién pudiera olvidarse de cosas así?

domingo, 13 de noviembre de 2011

SUM(IGUEL)ARIO: resumen de lo publicado.

Volvamos a lo que estábamos. Érase que se era un personaje en deuda con su pasado y para saldarla decide contarme sus vivencias para que yo se las escriba. Comienza en un presente no continuo, pero sí continuado. Nos situamos en una noche loca, de esas que un hombre maduro y solitario acostumbra a regalarse como exigua justificación al vacío de su vida. Estamos ante un esteta, conviene recordarlo para no perder la perspectiva. Incluso ante un impostor, a su manera. Nuestro personaje llega pasadito de copas y sufre una impactante experiencia "voyeuriana" con una ventana vecina. Se pone a mil y se aplica una manualidad a modo de alivio rápido (como cantara Reixa). Una paja cojonuda, no vamos a andarnos con paños calientes a estas alturas. Al día siguiente se levanta y comienza a recordar pasajes de su vida. Las mujeres, cómo no. Laura, con la que aprendió a vivir muriendo, tatuada en la hiel de su amargura solitaria. Con ella empezó todo y sin ella se le ha echado la vida encima. Y para sobrevivir pretende asisrse a las caderas de otra mujer, enigmática, independiente y celosa guardiana de su intimidad: Eva Luzia. Y por si este individuo llamado Miguel no tuviera suficientes elementos para estar hecho un lío, aparece su hija de la mano de una tentación pelirroja con sinuosas formas femeninas llamada Mónica. Un pibón con la que parece que lo va a tener muy facilito…si no fuera porque es la novieta de su hija Sara.

Vamos, pués, con la historia en el momento que la joven Laura vuelve a Londres para continuar sus estudios. Atentos a la prosa almibarada marca de la casa, por favor. Luces, cámaras…

domingo, 6 de noviembre de 2011

Apócrifo e inconcluso




Apostado en el centro de la cita esperaba ansioso tu llegada. Quería verte, acercándote hasta mí. Me gusta tu forma de andar, lo sabes. Admirar tu silueta de mujer componiendo esos etéreos arabescos al compás de tus caderas. Elegante, eres elegante, erigida orgullosa caminando entre el resto de la gente. Tu cara, tus piernas, relumbrosas naciendo bajo la sucinta falda, enfundadas en esas seductoras medias con dintel de encaje que no podré olvidar nunca. Los zapatos, cuyos tacones elevaban tu perfil hasta el infinito. Y el body negro ajustado a mis deseos, tentando con su tela el bocado de tus pechos. Estabas guapa, muy guapa y mi corazón lo sabía. Te recorrí como en mis sueños, ansioso por besarte, por saborear la delicada fragancia de tu cuerpo. Tendría que esperar, sí, pero no era espera suficiente para quien como yo había consumido meses en forjar aquel momento.

Allí estabas por fin, radiante como nunca hubiera podido imaginarte. Para mí, y yo contigo. Me besaste apresurada, huyendo de algún testigo impertinente. Yo besé ese instante fugaz, herido por la cercanía de tu boca que sabía esquiva. Hubiera deseado abrazarte, comenzar a sentir que eras toda para mí. Porque en ese momento ya lo sabía. Tú me lo habías dicho tantas veces con tus letras, con tus roces, con todas tus sonrisas que yo nunca ví. Estabas allí, deseable y deseada, y no eras todavía más que la amante furtiva de mis locas fantasías. Comenzamos a caminar, a reinterpretar ese errabundo deambular antes varias veces recorrido.


Fuimos a comer, a decirnos que nos comeríamos después sellando nuestro pacto clandestino. Éramos fugitivos de nuestra vida. Éramos tú y éramos yo, todas las veces que no lo habíamos sido…




Otro hit de mi mundo. Dos versiones: una "andante", juvenil y más impetuosa y un "adagio", más sentida, madura y majestuosa. Así somos los hombres: el empuje y el músculo de antaño hay que suplirlo con la delicadeza y sapiencia de hogaño… Lo que todavía no se es cómo somos "mejores".


sábado, 29 de octubre de 2011

El Epigramatista

-Tu historia por una copa, viajero. 
-De acuerdo, amigo. ¿Conoces la del amante con el alma equivocada?
 
-No, pero suena divertido, viajero
-¿Divertido? No lo creo, amigo
 
-¿Es una historia triste? Hombre, viajero, no me jodas que soy de lágrima fácil.
-Tampoco es triste, amigo. Es una historia, sin más. Hay quien se divierte con ella y hay quien piensa que es triste.
 
-Hummm… Sabes vender bien tu relato, viajero. Me tienes intrigado. Y, ¿de qué va la cosa?
-Del más excelso y sensual polvo jamás narrado, amigo. Y de sus protagonistas, claro.
 
-¡Eyyyy! Ahí nos vamos entendiendo. Esas sí que son buenas historias, sí señor: las que te ponen el rabo tieso y luego llegas a casa y pones a la parienta a cuatro patas para darle bambú del sabroso.
-Tienes una forma muy sutil de sintetizar y simplificar las historias, amigo. Aunque no vas descaminado, no.
 
-Empieza ya viajero y gánate tu copa
-Vamos allá, amigo…







-Sí que es una buena historia, viajero. ¿De verdad ella estaba tan buena? ¿Y le hizo todas esas cosas? ¿De verdad se corrió de esa manera? Joder, ¡que suerte tuvo el tipo!
-Así fue y así lo cuento, amigo.
 
-Hay una cosa que no entiendo, viajero: si ese hombre experimentó tanto placer con ella y ella le dijo que quería volver a estar con él, ¿por qué luego estaba tan triste? Si yo echase un polvo así con semejante hembra estaría como unas castañuelas durante mucho tiempo, jajajajá.
-Es cuestión de óptica, amigo. Cuestión de óptica.
 
-No te entiendo, viajero. Y no se por qué dices que tenía el alma equivocada.
-Eso solo te lo explicaré a cambio de otra copa, amigo.
 
-De acuerdo, viajero. Es un trato justo. ¿Qué quieres tomar?
-Algo fuerte amigo. Algo tan fuerte que me ayude a olvidar el largo trayecto que he de recorrer hasta llegar de nuevo a la estación donde llegan sus jadeos…




"Tanto, el viajero, de verla
y de oír sus sentimientos
que puso en ella sus alientos
para todo su goce deberla"



jueves, 20 de octubre de 2011

Beauguerrotipo








Ella le ha reconocido en el pasado. Los mismos ojos le delatan. Es tan él hoy como lo era entonces. Le mira. Los mismos ojos, pero ahora con otra mirada. Con la mirada de una herida que exuda el dolor de sus pupilas.

Sus pupilas duelen porque han visto reflejado su cuerpo en el suyo. Y refulge, encendido por sus ganas de entrar en él. Ya es insaciable aunque todavía no la ha probado. Su olor. La intuye fibrosa, de pétreos glúteos dispuestos a dejarse franquear al paso de su ariete musculado.

Los pétreos glúteos de sus nalgas. Morderlos, besarlos y apresar su masa entre el vaivén de sus testículos. Puede sí, imaginarla bajo, contra, sobre, ante si, con su semen en los labios, con su aroma rezumando dentro de su púbis descabellado.

Follará su púbis descabellado, desnudo, mostrando la pequeña rigidez de su orgullo femenino. La embestirá oyendo sus gemidos, sabiendo que no podrá saciarse nunca de ella. La beberá, a garganta abierta, mientras exprime sus simétricos pezones.

Sus simétricos pezones, primero uno, pellizcado; luego el otro, lamido, sorbido, besado. Succionará las lágrimas de sus senos que lloran, implorantes, porque vuelva a penetrarla a horcajadas.

Lloran como si fueran los mismos ojos que ahora, por fin, le acabarán delatando. La llevaba en sus iris y sin embargo no la había visto nunca. Pero ya tiene fijada su imagen entre sus piernas, proyectada en cada una de sus masturbaciones, eyaculada mientras se corría hasta el cielo.

Hasta el cielo, pegajosa como el semen de la espera, libidinosa y eterna. Era puta, era hembra, era un ángel de bellos ojos inoculados de orgásmicos momentos. Será suya, lo será, mientras se dejará ir viniéndose contra ella gritando todo lo que ha estado deseándola.

Ha estado deseándola y por eso un fuego lechoso cubrirá como un manto sus caderas. Ella, seguramente, le besará mientras le mira a los ojos que delatan su felicidad. Mientras le besa. Mientras la folla. Mientras jala su miembro con su mano. Mientras descubre sus ojos en los suyos. Los mismos ojos que ella ha reconocido en el pasado. Los mismos que le delatan, porque él es tan él que follará su púbis descabellado y soñará que algún día llegará a saciarse de ella…



jueves, 13 de octubre de 2011

PARA TI…





…que durante un año has conseguido que me esfuerce en tratar de seducirte con mi prosa, que has tenido siempre palabras halagüeñas que han espoleado mi ego, que has permitido que formes parte de mis fantasías más lúbricas, que me has estimulado hasta producirme un placer que no imaginarías nunca, que has recompuesto, sin saberlo, mi dañada autoestima, que me has dejado describirte, desearte, que has iluminado mis noches sin oscurecer los días, que supiste estar ahí siempre que esperé tu comentario, que has incendiado mi anodina existencia, que has vampirizado mi alma masculina, seduciéndome, obligándome a escribirte en cada entrega, en cada letra, en cada verso imaginado.

Para ti, Rosaida,  Nikita, I am (Vicky), Rosa Arauz, Sophie, Caricia, Madreselva, Niña Mala, Brisa, Nazaries, Poem, Ades, Fedora, Shang Yue, Sandra, Yemaya, 8, Rouge, Avalon, Princesa, Néctar de Lluvia, Fuego, Nada más importa, Te susurraré, Sam Mezylv, Felina Mala, Xana, Amanteceres, Jo, Sophie, Gea, Gea Moiras, Susana Moo, calmA, Jackie Brown…

…García Francés, William Venegas, Carlos, y Vance Rose
(aunque, no vamos a engañarnos, en ellos no piense con la pasión con la que dedico a las damas). También, cómo no, para todas las personas que me visitaron en alguna ocasión y prefirieron leer y no decir nada.

Felicidades a todos, porque gracias a vuestra fidelidad hoy el blog de este eterno inconstante que os escribe cumple un año. Os quiero, canallas.




Me hubiera gustado ser más original. No sé, invitaros a una chocolatada o algo así… Mejor regalaros un pin-chistera y luego ir a un karaoke. ¡¡No, no!! Lo que molaría es ir a patinar sobre hielo, que como no tengo puñetera idea lo pasaríais genial viendo los leñazos que me calzo yo solito. Pero, qué queréis que os diga, se me ocurrió esta manera menos material de agradeceros lo mucho que me dais. Yo, sin embargo, no doy p'a más…

jueves, 6 de octubre de 2011

37





(viene de 36)



Sara, Mónica y Miguel iniciaron el camino hacia el apartamento. Bajo un sol implacable, agradecieron tener que adentrarse en las callejuelas de la parte vieja, que con sus edificaciones de materiales antiguos y media altura les preservaban con su sombra del calor veraniego. Serpenteaban entre paredes encaladas, en silencio, como si cada uno de ellos estuviera perdido en sus propios pensamientos. Miguel buscaba encontrar algún mecanismo que le permitiera iniciar una conversación con su hija, pero la presencia de la deshinibida compañera de Sara le tenía realmente cohibido. No era ella en si. Como profesor universitario estaba acostumbrado a lidiar más a menudo de lo que le gustaría con ejemplares como ella, guapas, jóvenes y muy descaradas. Y con acreditada fortuna, a juzgar del éxito que cosechaba entre ellas, curso a curso. Pero la última confidencia de Laura le había descolocado por completo. De repente no solo tenía que ejercer de padre, sino hacerlo en presencia de la compañera de su pupila. "Menudo marrón", dijo para si. Pero se estaba engañando. Aquella inesperada situación escondía un problema aún mayor. Si la actitud de Mónica no había sido impostada y persistía en buscarle la calentura, los días venideros iban a ser un auténtico infierno para Miguel. Aquella muchacha era un bocado muy apetecible, sí. Su melena pelirroja parecía estar hecha de las mismísimas llamas del infierno más morboso. La visión imaginada de su cuerpo, barrunto de carnes prietas y senos temblones, se había instalado clandestinamente en los pensamientos de Miguel como si quisiera vampirizar hasta la última gota de su voluntad. Sintió los efectos de sus maquinaciones en la entrepierna y se esforzó por dejar de fantasear con ella. Se había dado cuenta de lo ruin que podía llegar a ser contemplarse consumiendo lujuriosamente el cuerpo de la novia de su hija. Era una línea roja que no estaba dispuesto a traspasar, por mucho que pensara que su cuerpo le incitara a la más depravada concupiscencia. Buscó un motivo para alejar su mente del poder libidinoso de Mónica y lo encontró en el atronador sonido que producían las pequeñas ruedas de los troleys sobre el empedrado pavimento de la calle. Tal era el escándalo en el vecindario que el paso del trío era saludado por alguna que otra cabeza desde los balcones que jalonaban su ruta. "¿Falta mucho, profe?", preguntó de repente Mónica. "No. Casi hemos llegado. ¿Ves ese edificio alto que se levanta al final de la parte vieja? Allí es", respondió Miguel agradecido porque alguien al fin rompiese el incómodo silencio. "Oye, Sara, ¿tú has estado alguna vez aquí?", se dirigió Mónica a su amiga, como queriendo restablecer la concordia entre ambas tras el incidente de la llegada. "Claro, Moni. ¿Estás tonta? Todos los veranos veníamos a este pueblo en verano, a la casa de mis abuelos. Te lo he contado mil veces, cariño", respondió Sara con la suficiente aspereza como para manifestarle que no había olvidado lo ocurrido. "No. Quiero decir si has estado alguna vez en el apartamento de tu padre", matizó Mónica. "¿En el apartamento? No. Papá lo compró tras la separación de mi madre. Parece que hizo un buen negocio dejándonos tiradas y lo supo invertir en beneficio propio". La respuesta de Sara llevaba una carga de implícita de resentimiento. Era evidente de qué lado estaba. O, por lo menos, dejaba claro de parte de quién no estaba. Miguel quedaba muy mal parado a los ojos de su hija, y sin embargo se encontraba muy cómodo asumiendo el papel de malo. Lo era, no tanto por lo ocurrido con Laura, sino por aprovecharse de esa proyección para no implicarse en la vida de su hija. Era muy cómodo que su exmujer se ocupase de ella, porque Laura era una buena madre y Miguel se sentía seguro al saber que Sara estaba bajo su tutela. Ahora presentía que Sara, su hija, necesitaba algo de él y eso le ponía verdaderamente nervioso. Aunque nunca lo admitiera, tenía miedo. Miedo de ser padre. No, no era cierto. Tenía miedo de no saber ser un buen padre. Pero ahora no podía huir como había hecho hasta entonces, porque su vida solo había sido una continua huida. Y no siempre hacia delante.


jueves, 29 de septiembre de 2011

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(viene de 35)


"¿Vas a echarnos una mano o vas a quedarte ahí parado todo el día, "Papá"?". Miguel percibió el retintín del "papá" que le dedicó su hija. Era todo un puñal léxico con el que Sara parecía pretender zaherirle quizá como una especie de declaración de principios. Si en algún momento hubiera pensado que aquella visita iba a ser un acercamiento aquel dardo era la prueba evidente de que se equivocaba de parte a parte. Trató de mirarla fijamente a los ojos, pero percibió tanto resentimiento que le dio miedo seguir contemplando sus pupilas. "¿Oye, Mónica, a ti te gusta mi "papá"? ¿Te parece atractivo? ¿Te gustaría tirártelo? Moni, no me jodas, por favor" le dijo con dureza a su amiga. "Bueno, Sara, no te pases y no hagas un drama que solo ha sido un saludo, ¿verdad "Papi"?" respondió Mónica mientras le guiñaba con complicidad un ojo a Miguel. "Claro, hija, solo ha sido un saludo. Tú conoces a tu amiga y seguro que no es la primera vez que lo hace, ¿no, cariño?" incidió Miguel, no sin cierta ironía. "Mira papá, vamos a dejar las cosas claras. Yo no soy tu "cariño", ni tú eres un "cariño" para mi. Por lo tanto no somos más cariños que lo que lo hemos sido durante estos últimos años. ¿Qué he venido a hacer aquí, entonces? seguro que te lo estás preguntando, ¿verdad?" le dijo de una manera autoritaria. "Pues muy sencillo: estoy hasta el culo de esa mujer premenopaúsica, hiperactiva y medio histérica que dice ser mi mamá", continuó desafiante. "Cuidado con lo que dices, Sara. Es tu madre y la debes un respeto", dijo Miguel en defensa de Laura. "¡Uy!, muchas gracias querido, pero nuestra hijita hace tiempo que perdió el respeto por cualquiera que pretenda hacerla ver que hay unas normas mínimas que hay que cumplir cuando se convive con más gente", dijo Laura. "¿Normas? ¿Qué normas, madre? ¿Las que tú impones a tu conveniencia? ¿Vosotros teníais normas cuando vivíais juntos? ¿Y las cumplíais, sí? ¿Y por qué os separásteis, entonces?". Sara empezaba a estar fuera de si, rabiosa. "Vamos, Sara. Este no es el momento ni el lugar para este numerito", intentó zanjar Miguel. "No es el momento, claro. Bien,  papá, déjame que termine de decirte por qué voy a pasar estos días contigo. Espero que tu mala conciencia de padre huido haya construído un sentimiento de culpa lo suficientemente fuerte como para que me permitas hacer lo que me venga en gana y por fin haya una persona adulta que no viva para estar incordiándome todo el puto día". La hiriente sinceridad de su hija sorprendió a Miguel. Era evidente que aquella jovencita era tan parecida a él por fuera como a su madre por dentro. Firme y contundente. ¿Qué podía decirla él? Tenía razón. Había abandonado a Laura porque no estaba dispuesto a ser padre. No sabía serlo. Y ahora era muy tarde para intentarlo. Sara había acertado de pleno: no tenía más plan que ser absolutamente permisivo con ella. Por puro egoísmo, para evitarse problemas. Sin embargo las palabras de su hija sonaban como una provocación. Le dio la sensación de que tendría problemas adoptase el rol que adoptase para con ella. Tal vez aquella criatura hubiera estado incubando la suficiente animadversión contra él como para utilizarla ahora que se sentía autosuficiente. Miguel intentó bucear en su vida, verse a si mismo con la edad de su hija para recordar sus temores, sus fobias, sus sensaciones más íntimas e inconfesables para con los que le rodeaban. Miró a Laura como si fuera el único salvavidas de aquel inesperado naufragio. Ella parecía entenderle, pero estaba decidida a no intervenir. "Bien, Sara. Pues entonces vamos a empezar por intentar llevarnos bien y no tocarnos las pelotas mutuamente más que lo estrictamente necesario, hija mía" dijo Miguel a modo de colofón. "Venga, Sara, va…haz caso a papá que seguro que lo pasamos de puta madre juntos. ¿Verdad profe?" sentenció Mónica con evidente ironía. "Vete a tomar por culo, Moni. Venga, se acabó el circo", le respondió Sara mientras tomaba del maletero el gigantesco trolley que contenía sus pertenencias y prácticamente le arrojaba a Mónica el suyo antes de que pudiera cogerlo. "Bien, querido: todas tuyas. Que tengáis felices vacaciones" le dijo Laura mientras no se recataba en mostrarle la luminosa sonrisa que afloraba en su rostro tras soltar el juvenil lastre. Cerró el maletero y se acercó a él para despedirse. También era más alta que Miguel, y al agacharse le mostró toda la plenitud de su generoso escote. Imitando a Mónica, le tomó por la barbilla con una mano y le besó en la boca con intensidad. Separó un momento su rostro del de Miguel, como queriendo calibrar la intensidad de su reacción. Luego acercó sus labios a la oreja de su ex marido y, con mucha intención, le susurró: "por si no te has dado cuenta, cariño, Mónica es la novia de tu hija".


(continuará…)



A VECES PASAN ESTAS COSAS…


Por cierto, hoy es San Miguel.

jueves, 22 de septiembre de 2011

35








(viene de 27)


"¡¡Miguel!! ¡¡Miguel!!" La voz de Laura le devolvió a la realidad. "¡Ay Miguel, por Dios! Espabila, hombre, que ya hemos llegado. Menudo viajecito, cariño. Es una vergüenza que en pleno siglo ventiuno sigamos teniendo esta mierda de accesos para llegar hasta aquí. ¡Cualquiera diría que estamos en el fin del mundo! Y toda esa cantidad de gente en la carretera podría elegir otro momento para salir de casa. ¡Con lo que odio los atascos, por Dios! ¡A ver, niñas, bajad y recoger los equipajes!" Era Laura, sin duda. Miguel giró su cabeza para contemplarla a través de la ventanilla del poderoso todoterreno. Estaba envidiablemente hermosa, como siempre. Hacía mucho tiempo que se había rendido a la evidencia de que, por más contratiempos que les deparase la vida, nunca podría evitar su atracción. Era el sol de su universo. El astro más luminoso. Y también el más letal. Aquella mujer podía darle vida, pero también eclipsarle y fundir con su energía todas sus ilusiones. Su gracia y su desgracia unidas en el cuerpo que más había deseado jamás. "Hola Miguel, ¿qué tal estás, querido? Has adelgazado. ¿Te cuidas? Seguro que no. Pues tú verás lo que haces, cariño.No me lo digas, no me lo digas, ya sé que es tu vida. ¡Vamos niñas, vamos, que aquí solo se puede parar un momentito!". Entre la arrolladora presencia de Laura y su torbellino verborréico Miguel apenas había reparado en las acompañantes de su ex mujer. No estaba cómodo con su llegada y se le notaba. Cuando Sara, su hija, bajó del coche apreció lo mucho que había madurado su pequeña princesita. El pelo oscuro, la tez morena y la complexión física, más bien delgada, delataban en ella la superioridad de los genes paternos. Miguel se quedó asombrado al comprobar lo mucho que se le parecía aquella mujercita. Sus miradas, a pesar de encontrarse fugazmente, pugnaban por esquivarse perdiéndose en cualquier detalle del entorno. Eran dos extraños por voluntad propia. Ninguno de los dos había querido saber del otro desde el día en que Miguel abandonó a Laura. Y sin embargo ahora se veían en la necesidad de compartir unos días de sus distanciadas vidas. El motivo que había llevado a su hija a querer pasar unos días junto a él era algo que Miguel no acertaba a imaginar, pero estaba seguro de que tarde o temprano lo averiguaría. Por la puerta opuesta apareció la figura de Mónica, su amiga. Laura no había exagerado absolutamente nada en su descripción. Alta, pelirroja y despampanante. Una hermosa joven, promesa de lo que los hombres denominaban mujer bandera. Su mirada apenas había acabado de recorrer su sensual figura  cuando percibió la cercanía de su cuerpo a través de sus otros sentidos. Su fuerte aroma de hembra perfumada era ciertamente embriagador. "Hola. Tú debes ser el profesor, ¿verdad?" le dijo con una voz aterciopelada, cuyo tono parecía modulado para connotar las más sugerentes fantasías. Se acercó aún más hasta colocarse frente a él. Era más alta y su potente físico le dominaba por completo. Le abrazó dejándole sentir la firmeza de sus grandes senos, la calidez de su piel lechosa salteada de pecas. Su tacto le abrumó. Después le colocó un beso en la boca con regusto a deseo. La pelirroja sonrió, sabedora de lo atrevido de su saludo. Miguel se sintió turbado. Una mezcla incendiaria de intuiciones e impresiones inundó su mente. No sabía qué hacer, qué decir. No esperaba verse envuelto en aquella embarazosa situación. Laura le miraba entre sorprendida y divertida, esperando su reacción. Pero fue Sara, para su fortuna, la que entró en escena.



(continuará…)



NO SABES CUÁNTO, MI NIÑA

miércoles, 14 de septiembre de 2011

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 (viene de 33)



"Lo siento, señor, se equivoca de nuevo. Ya le he dicho que no me llamo así. No conozco a nadie con ese nombre y empiezo a estar cansada de oirlo. Yo soy Marayssa, la escort por la que ud ha pagado esta noche. ¿O es que no lo recuerda?" le dijo con desdén. "Vamos, Eva Luzia, basta de este absurdo teatro", le espetó él. "He pagado por tu tiempo, sí. Es mío, sea Sellman o no. Y ahora quiero ser Miguel", continuó. "No, no se equivoque. A ud le da igual ser Miguel o no. Lo que quiere es que yo sea Eva Luzia", le interrumpió ella. Tenía razón. No se trataba de qué rol interpretase él, sino del que deseaba que adoptase ella. "Pero tú eres Eva Luzia. Deja ya de fingir ser quien en realidad no eres", trató de razonar Miguel con contundencia. "¿Y tú cómo sabes quién soy yo? ¿Cómo sabes que ahora no soy realmente yo, que quien tú crees que soy no es más que una simple impostora?", se defendió la mujer alzando el tono de la voz. De repente Miguel pareció contrariado. Jamás se le había ocurrido pensar que la bella mulata que conoció en la playa no fuera la verdadera Eva Luzia. ¿Y si tuviera razón? ¿Y si el de voraz depredadora sexual fuera su verdadero yo? ¿Cambiaría algo las cosas? No, eso a él daba igual. No era eso lo que había venido a averiguar. O tal vez sí. Empezaba a sentirse confundido. Sus sueños no estaban planificados para que le condujesen a esta absurda encrucijada. Tenía que volver a hacerse con el mando de aquella situación. Él había pagado…"Sí, entérate, entérate bien. Se acabó. Quiero estar con ella. Ahora. ¡¡Ya!!", dijo  encorajinado mientras se recuperaba de sus propios pensamientos. Eva Luzia intentó serenarse. Era perfectamente consciente de que estaban en un hotel y no quería que aquella situación derivara en una batalla de reproches a voz en grito entre ambos. Su trabajo se desarrollaba en lujosos hoteles como ese y no le convenía que la discusión fuera a mayores y manchase su impoluta reputación de "acompañante" discreta. Respiró profundamente y se dio unos segundos para decidir cómo abordar la situación. Realmente no conocía lo suficiente a aquel hombre como para calcular hasta donde podían llegar sus reacciones. "Está bien, Miguel. Tú ganas. ¿Qué es lo que quieres?", le preguntó. Un alud de razones inundaron su mente: te quiero a ti, pensó. Quiero tu sonrisa sincera, quiero el cuerpo bronceado que admiraba en las tardes de sol y mar. Quiero tus confidencias, tus miradas. Pero su boca solo pudo articular lo que parecía una orden: "quiero a Eva Luzia. Quiero estar con ella". Miguel la cogió por la cintura y volvió a intentar atraerla hacia si. Ella se dejó hacer, esperando que fuera el preludio de un nuevo polvo. No fue así. Miguel la acariciaba con un tacto exento de cualquier atisbo de deseo. Era un tacto sincero e inocente, como si fuera un niño quien deslizase las manos sobre su piel. Era lo más parecido al cariño que alguien le había manifestado en mucho tiempo. Sintió un escalofrío. ¿Placer? Sí. Y recuerdos, demasiados, demasiado reales. Tuvo miedo, el mismo miedo que antes se había instalado en Miguel. Súbitamente se separó de él, como si hubiera despertado de un sueño mal soñado. Le rechazó. Dió un paso atrás, evitando el contacto. Se esforzó por mostrar la más adusta de sus miradas y, con voz imperativa, dijo: "déjeme Mr. Shellman. No quiero continuar este juego. Lo siento. Su tiempo se ha acabado". Miguel intentó replicar sus palabras, pero se arrepintió al comprobar que su decisión era inapelable. Cedió asintiendo con su cabeza. Sabiéndose ganadora, Eva Luzia fue vistiéndose con majestuosa serenidad hasta componer la imagen de la diosa de la belleza que acostumbraba exhibir. Cuando acabó se dirigió a la puerta, la abrió y se giró un instante para ver la soledad del hombre que dejaba tras de sí. Parecía complacida, aunque minutos después, en el ascensor, una lágrima acabó por delatar su tristeza. 



(continuará…)



¡¡¡¡!!!!

jueves, 8 de septiembre de 2011

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(viene de 32)



Por un instante permanecieron quietos. Era la calma tras la tempestad del coito. Dos seres inertes. Tan solo sus vientres, agitados mientras recuperaban la normalidad de la respiración, delataba que en ellos había vida. Apenas unos minutos antes habían estado poseídos por una actividad frenética, buscándose, encontrándose el uno al otro, y sin embargo ahora un muro de silencioso mutismo les alejaba pese a la cercanía de sus cuerpos. Miguel extendió su brazo, y con su mano trató de atraerla hacia si. Ella se resistió. Le buscó el miembro. Estaba semierecto, pero el glande había perdido ya la dureza que le permitiera predecir que volvería a barrenar de nuevo en busca del tesoro femenino. Trató de reanimarlo jugueteando con él, llevándoselo a sus pechos. Luego lo intentó besándolo y lamiéndolo provocativamente. Pero Miguel se encontraba saciado de sexo. Estaba ahíto de su cuerpo y ahora quería su alma, su tiempo, sus palabras. Eva Luzia redobló sus esfuerzos para volver a excitarle. Nunca había sido un problema para ella volver a poner a un hombre en el punto necesario para poder seguir disfrutando de él. Porque bien se diría que fuera ella la que más difrutase con sus clientes. Por eso era la mejor, la más deseada. Sabía hacer sentir a sus acompañantes que era una muñeca sometida a sus deseos. Todos se quedaban prendados de sus convulsos orgasmos, de su hermoso cuerpo al retorcerse entre los jadeos. Les pedía más y ninguno era capaz de escatimarle el placer de volver a correrse con ella, sobre ella, ante ella. Su belleza parecía resplandecer más tras cada polvo, como si su cuerpo vampirizase la satisfacción de quienes la follaban. Era la diosa de las putas, la más puta de las diosas que un hombre pudiera soñar. Y sin embargo ahora no conseguía volver a excitar a su macho. Contrariada, dejó de manipularle la entrepierna. Levantó la cabeza y cruzó su mirada con la de Miguel. Intentó descifrar en sus ojos el enigma de su frialdad. Tras unos instantes supo que no habría más respuesta que la de su cuerpo silente. Decidió romper la sorda tensión de aquel momento. "¿Esto es todo Mr. Sellman? Ha pagado ud por más. ¿Es que no va a aprovecharlo?" le dijo desafiante. Miguel permanecía impasible. No quería, no podía, dejar entrever la batalla que se libraba dentro de si. Necesitaba saber por qué le atraía tanto aquella mujer, pero temía mostrarse débil una vez más. O tal vez temiera la respuesta. La de ella, la de él, la de ambos. Había llegado hasta ese momento, tan deseado, y era incapaz de abarcarlo en toda su extensión. Estaba varado en sus propios miedos, víctima de su repentina indecisión. Dejó que su instinto le sacara de aquel túnel. Mecánicamente alargó de nuevo su brazo y buscó con su mano el tacto de la mujer. Esbozó una caricia sobre la hermosa piel morena, sonrió y pronunció su nombre: "Eva Luzia"


(continuará…)




*este tema lo escuché por primera vez un verano de aquellos maravillosos 70, gracias a la generosidad de un amigo que me dejó el LP "Nicely Out of Tune", del grupo Lindisfarne. Le hacía gracia que me gustase una canción tan melancólica y dedicada al invierno en pleno veranito. Ahora, vuelvo de mi verano y me encuentro con  la triste noticia de que ya no podrá reirse nunca más de mis incongruentes gustos. Este invierno no habrá para él más canciones porque aquella mierda que creía que le procuraría la felicidad eterna ha terminado por consumir sus días. Ojalá ahora seas feliz para siempre, amigo.






lunes, 5 de septiembre de 2011

DESAYUNO CON DI…AMANTES




Exterior día. Magnífico, por cierto: luminoso y azulado. El hombre espera inquieto a que ella acuda a la cita. Está justo en el lugar acordado. Jamás había estado allí y nunca se había visto así, flirteando con el lado más clandestino de sus ya irrefrenables fantasías. Desasosegado, contempla su entorno intentando en vano que finalice la espera. Se siente observado y se defiende mimetizándose como si su presencia obedeciera a alguna de las banales situaciones que nos ocupan cada día. Piensa qué actitud adoptar ante ella, pero se percata de que ni siquiera conoce cómo es ella en realidad. ¿La reconocerá? Seguro que sí. ¿Y ella a él? ¿Le defraudará su aspecto? Gira sobre si mismo, intentando un torpe bailoteo. A Ted Danson le quedaba "niquelao" en "Fuego en el cuerpo". Pero él no es ni tan apuesto, ni tan flexible, ni tan bailarín como el actor. Golpea una colilla con su pié. ¿Debería haberse puesto los zapatos? Le sudan las manos, las mismas manos que anhelan poder aprehender alguna parte de la anatomía de la mujer. Mira la calle, los peatones, los coches, el semáforo. Alguien se acerca. No es ella. Introduce una mano en el bolsillo del pantalón y toca el teléfono móvil. Lo saca y hace como que busca un número. Vuelve a guardarlo. Otra persona, y otra más. Intenta relajarse. Piensa en los días anteriores, pero se encuentra esperando el momento que vive ahora. Las personas somos seres hechos de tiempo. Ocurrente. Sonríe y se dice a si mismo que tiene que desarrollar esa idea. Somos tiempo, sin duda. Nuestro físico lo confirma. Levanta la mirada instintivamente y la adrenalina golpea en su pecho. Es ella. Respira. Tiene que dominarse. La mira. Ve cómo se acerca. Su forma de andar le parece extraordinariamente sensual. Es más alta de lo que había imaginado, pero infinitamente más hermosa de lo que la había soñado. Esbelta y racial. Su ropa, ajustada, dibuja el perfil de una silueta extraordinaria. Llega esbozando una sonrisa de complicidad. Se sabe atractiva. Sin duda la evidente admiración de muchos hombres la han convencido de que lo es. Él lo piensa también. Y piensa que el tiempo ha hecho un excelente trabajo en su cuerpo. Probablemente había sido una joven bella, pero los años han matizado esa belleza combinándola con el porte de una hembra regia, convirtiéndola en una dama ciertamente exquisita. Se saludan y él queda prendado de sus ojos. Quiere admirarla de nuevo, ahora con más sosiego, para impregnarse de cada detalle de su cuerpo, pero su voz le envuelve en una invitación para desayunar juntos. Comienzan a caminar y él, discretamente, trata de capturar cada textura del aroma de la mujer. Huele bien, muy bien. Huele a sol, arena y sales: a noches desveladas por el ansia de encontrarla; huele a labios besados a escondidas, a sexo planeado en la soledad de tantos días esperando poder probar la tersura de sus piernas. Le huele a placer, sí, gozoso y complaciente. Llegan. Se sientan. La falda queda recogida mostrando los torneados muslos. Él quiere mirarla toda, abarcarla entera con su mente. Entonces la voz de la mujer le hipnotiza y le transporta a través de sus deseos, de sus tristezas, de sus vivencias y de sus infiernos. La vida comprimida en dos horas. Él busca su mirada. No es ajeno al contorno de sus perfectos pechos bajo el tentador escote. Ni de la delicada piel de sus brazos. Sin embargo prefiere capturar sus iris de jade y fotografiarlos en su memoria para degustarlos cuando ya no esté con ella. La escucha con atención. Su voz, siempre y para siempre su voz, le guía y él se deja llevar. Está tan a gusto que intuye que le dolerá volver a la realidad de saberse lejos de ella. Aunque todavía no sabe cuánto. La cita se consume. Lo cotidiano les aborda sin contemplación alguna. Es la vida. Somos tiempo. Tiempo para hacer cosas, para llegar a alguna parte, en algún momento. Un hombre y una mujer, aquí, ahora. Dos vidas encontradas en dos horas de sus respectivos tiempos. Pero se rebelan. El regalo de estar juntos les sabe a poco. Ella regatea al tedioso deber y propone al hombre extender un poco más su compañía. Deambulan buscando el camino más largo hacia su despedida. Él lo agradece. Camina junto a ella embriagado. Su cuerpo le turba. Quisiera tocarla, besarla, olerla…y no dejar nunca de escuchar su voz. ¿Y ella? ¿Qué piensa? Él le dice que le parece una mujer hermosa. Torpemente, piensa. Le gustaría ser Ted Danson para bailárselo con gracia. No. Le gustaría ser Ned Racine y que ella fuera su Matty Walker para follarla apasionadamente contra el asfalto de la calle por la que caminan. La desea tanto que planea un nuevo encuentro futuro. Una locura que un hombre, anodino y otoñal como él, solo debe intentar con una mujer excelsa. Intentan regatear al destino y alargan un poco más el momento de decirse adiós. Unas calles más y el tiempo, implacable, acaba por capturarles. Ahora sí. Toca rendirse. El final, agónico. Él se queda sin iniciativa. Quiere abrazarse a ella, refugiarse en su potente físico. Quiere sentirse hombre con ella. Quiere arrancarle una promesa de futuro, pero no sabe. Se besan, formalmente, como si quisieran reprimir el fuego que les consume al saberse tan cerca. Van a separarse y quizá su empeño de volver a estar juntos vuelva a cercenarse de nuevo. Él se deja llevar y se vuelve buscándola. Quiere tocarla. Es torpe. Hace muchos años que no sabe lo que es seducir. Somos tiempo, claro. En años, en días, en minutos. En dos horas, inacabables y maravillosas. Porque aunque se acaben pueden ser recordadas en un bucle proyectado hasta el infinito. Estamos hechos del mismo material intangible que acabará con nuestra vida y por eso podemos manipularlo a nuestro antojo, imponiendo nuestros deseos. Siempre hay tiempo si estamos decididos a tenerlo, a tenernos como si su paso no fuera más que una contingencia anécdotica subyugada al placer de dejarnos llevar por lo que realmente deseamos. Lo hay. Tiene que haberlo.

Exterior día. Un hombre y una mujer se despiden en algún lugar de sus respectivos tiempos. Parece una despedida normal y corriente, pero él ha conseguido deslizar su brazo a través de la cintura de ella. La mujer le ha ofrecido sus labios y el hombre, torpe, casi ha conseguido besarla…



POR SI NO TE HABÍAS DADO CUENTA

lunes, 25 de julio de 2011

till the summer fall…







Pues sí, sí. El poeta tenía razón, y, como todo pasa, todo llega. Él añadía que lo nuestro es pasar haciendo caminos, que, curiosamente, van a dar al mar. Y como a estas alturas no está uno para contradecir a los clásicos, allí es donde espero, Dios mediante, pasar mis próximos treintaytantos días. Queridos y queridas, me voy de invitado a "Costa", el pueblecito donde Miguel tiene su apartamento de verano. Como todos los años me tocará cuidar de él para que no se nos eche a perder entre gin-tonic y gin-tonic. Espero que se porte bien y me deje tiempo para mis vicios personales. Algunos los compartiré con él (espero, Miguel, que esa vecinita que tú y yo sabemos no haya alterado mucho sus "hábitos") y prometo solemnemente transcribir aquí, para disfrute de todos, los recuerdos de mi buen amigo el "amante indefenso" a nuestra vuelta de vacaciones.


Que todos uds. lo pasen de aquella manera y que nos podamos volver a ver para contárnoslo.

Besos.





[Como veo que no son uds. unos sabuesos de la red, me permito promocionar aquí el nuevo proyecto de mi primo Bob, el detective "capullo". No le hagan un feo y pásense por allí…]

miércoles, 1 de junio de 2011

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(viene de 31)


Miguel enloquecía con las palabras de Eva Luzia. Espoleado por ellas comenzaba a estar fuera de sí. Estaba totalmente concentrado en el deseo de su partenaire. Le gustaba percibirlo en todas y cada una de las mujeres con las que follaba. Le gustaba sentir los impulsos rítmicos provocados por sus embates, por sus caricias, por sus lamidos. Adoraba ver los cuerpos femeninos contraerse y luego expandirse al son de interminables orgasmos. Le gustaba escuchar las respiraciones agitadas, los jadeos, los grititos premonitorios de la transformación felina. Oler el ámbar líquido del sexo, catado por sus labios en los labios de ellas y saborearlo mientras su miembro se incrustaba entre sus cálidos muslos. La azotó  y el chasquido en las prietas nalgas de la mulata le espoleó aún más. Ella gimió y le pidió más con la voz quebrada de placer. Guío las manos de Miguel hasta sus pechos. Tenía los pezones endurecidos, listos para el trabajo de los dedos masculinos. "Las tetas, sóbamelas, lámeme los pezones", le dijo entre jadeos. Miguel las calibró con su tacto. Tenían el tamaño justo para acogerlas en la concavidad de sus palmas. Las amasó con fruición mientras lamía su cuello como un perro salido. "Vamos, cómeme entera. Esta noche soy para ti, toda tuya, mi hombre", se ofrecía solícita entre susurros. El miembro de Miguel iba y venía ayudado por los abundantes fluidos lubricantes que rezumaba el generoso sexo de la mulata. Entraba y salía, maniobrando certero al penetrar su placentera gruta. La asió por los tobillos, levantando sus piernas en perfecta vertical. Ella gimió al sentirle incrementar el empuje de sus acometidas, consciente de que muy pronto sentiría en su interior el magma lechoso de su esperma caliente. Y él enloqueció perdido en el acelerón final, atracándose de hembra entre sus resoplidos. Se corrió emitiendo un estruendoso bramido. Y ella con él, ahogando su orgasmo mientras le buscaba la boca para vaciarse con su aliento, mientras hundía sus uñas en la espalda de Miguel como si intentara marcar toda la pasión de aquel momento entre las capas de su piel.

Momentáneamente saciado, comprendió, sin mucho esfuerzo, que era una buena ocasión para detener sus recuerdos.



domingo, 29 de mayo de 2011

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(viene de 30)


Miguel aprisionaba con sus manos los pechos de la mulata mientras ella le excitaba aún más acariciándole la polla y buscando con su boca los labios del hombre. Se besaban enloquecidos. Se engullían apremiantes. Se envolvían con sus cuerpos, uniéndolos en cada movimiento. Se lamían, se comían. Eran dos cuerpos entregados al vértigo, abandonados a las violentas sacudidas del placer. Restregaban su sexo el uno contra otro, encendidos por un fuego inacabable. Eva Luzia se levantó, se dio la vuelta y flexionándose le ofreció su coño para que Miguel la penetrara por detrás. "Dime, ¿quieres follarme? ¿Quieres follarme ya?", le dijo con una voz melosa, totalmente desconocida para Miguel. "Vamos, fóllame ya. Me quemo. ¡Fóllame!". Miguel se colocó un preservativo. Notaba cada latido en su endurecido falo. Percibía el olor de la excitación de aquella hembra. Escuchaba las palabras que le incitaban a cabalgar las hermosas caderas de la mujer. Veía su sexo abierto, resinoso. Admiraba los pezones afilados. Tenía sed de sus jadeos, hambre de sus gemidos. Estaba frente a un auténtico festín y ella le invitaba a saciarse, a vaciarse entre sus muslos. La tomó por la cintura e introdujo su miembro en la vulva. Se deslizó hacia el interior, sin problemas. Eva Luzia acusó la presencia de Miguel en su interior con un ligero estremecimiento. "Así, así, despacio", le susurró con la voz ahogada. Y siguó: "¿te gusta? Despacito, mi hombre, suave, paladéame con gusto. Siente mi calor en tu verga." Escuchaba su voz embriagado. Ella le conducía y él se dejaba llevar mientras la horadaba con su daga viril. La introducía despacio para luego sacarla; la sacaba con igual delicadeza para introducirla de nuevo. La tomó por la cintura y la invitó a darse la vuelta. Restregó su miembro rebañando la melaza de los labios de su coño. Percutió con él en su clítoris. Ella resoplaba, ocluyendo su boca. Siguió hollándola frenético, contemplándola gozar. Le excitaba ver su mirada perdida, su boca encontrada entre la de la mujer. Se acercaba y bebía de sus besos. Luego se separaba para admirar su obra en el cuerpo femenino. Le complacía saberla estremecida, anhelante de la fricción de sus inglés. Introducía su músculo sin parar. Dentro, fuera; fuera dentro. Se detuvo un momento para ayuntar su cuerpo con el de ella, para sentirla entera. Estaba repleta de sudor, sobrexcitada. Gimió pidiendo, rogándole que continuara. "Cabálgame tú ahora", le dijo Miguel. No le dio tiempo a terminar. Con un ligero quejido le arrojó contra la moqueta de la habitación, se subió sobre sus caderas y se empaló contra su ardiente tranca. Comenzó a mover su cintura describiendo círculos imaginarios en el falo de Miguel. Gemía y mientras le daba, le pedía más a él. "Así, mi hombre, mi macho. Fóllame así. Dame tu polla entera. Dámela, la quiero toda dentro; sí, sí"


(continuará…)



domingo, 22 de mayo de 2011

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(viene de 29)


"Ahora vamos a tomar una copa al 'Cock & Tails'. ¿Lo conoces?", dijo al fin Miguel. "¿Cock…? Nooo", respondió ella con ironía. El 'Cock & Tails' era un local ambientado con música suave y muy poca luz para que las parejas que lo frecuentaban pudieran calentar sus ánimos a voluntad en alguno de sus reservados. No estaba muy lejos del restaurante y por eso no tardaron en llegar. Entraron. Una simpática camarera, cuyo cuerpo tendía a escaparse de su escueta vestimenta, les preguntó si deseaban pasar a un reservado ya o preferían disfrutar primero de los productos de la barra del local. Miguel miró a Eva Luzia, pero esta se adelantó para responder que tomarían su copa en el reservado. Cogió la mano de Miguel y le condujo hasta uno de los apartados del local. Se sentaron y ella se cuidó de hacerlo muy cerca, buscando el contacto de sus cuerpos. Miguel fue a decir algo, pero Eva Luzia se lo impidió sellando su boca con un beso estudiadamente provocativo. Miguel respondió de forma inconsciente intentando devolver el beso, pero ella retiró su boca mientras le miraba intensamente. Vio cómo su pecho se movía al compás de las inhalaciones de su respiración acelerada. Vio sus labios entreabiertos, carnosos, húmedos, prestos a la oferta de un nirvana irrechazable. Vio sus ojos centelleantes de deseo. Se fundieron en otro beso, esta vez más profundo y la mulata desabrochó con parsimonia la botonadura de la camisa de Miguel para dejar que la palma de su mano se perdiera en su pecho. Sus dedos se enredaban entre el vello, deslizándose con dulzura mientras su boca se aferraba a la lengua de Miguel felándola como si fuera una extensión de su miembro. Comenzaba a estar brutalmente excitado, sensorialmente embriagado por las  artes de aquella fogosa mujer. Sentía el contacto de sus pechos a través del vestido y quiso tomarlos, atraparlos, comerlos hasta empacharse de su piel de mar y arena. Pero ella, experta, no se lo permitía. Jugaba con él, con su deseo desbocado. Colocó su mano sobre la abultada bragueta y acarició suavemente la volcánica textura del pantalón. Le sonrió. "Ñam, ñam", le susurró, diabólica, acercándose a su oído para que Miguel pudiera sentir todo el calor de su cuerpo. Miguel sucumbió ante la provocación y se fundieron en un abrazo que envolvió una cascada de jadeos incontenidos. Se estimularon hasta el frenesí y cuando ya no pudieron contenerse más decidieron ir al hotel. Tomaron un taxi y allí continuaron besándose y tocándose para que no decayera su deseo. Llegaron al hotel. Recogieron la llave de su habitación y subieron en el ascensor mientras se iban desnudando el uno al otro. Entraron, casi derribando la puerta con el peso de sus cuerpos fusionados por el fuego de su ansia. Cayeron al suelo y sobre la lujosa moqueta restregaron sus cuerpos liberados de ropajes. Nada podía interponerse ya entre su voluntad y el placer".


(continuará…)



SÍ, CLARO…