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miércoles, 30 de marzo de 2011

24





(viene de 23)


Las estimulaciones en el ano de Miguel se traducían en empellones que Laura recibía con infinita satisfacción. Ella le manejaba con destreza. Él se dejaba conducir mientras escuchaba la incitación sonora de la mujer: "¡fóllame, Miguel! ¡Fóllame!". Y el climax llegó. Y de la boca de ella surgió un bramido extraordinario mientras se corría, pegajosa, sobre las ingles de Miguel. Un grito abierto e irrefrenable que emergía de la profundidad de su sexo, del abismo de sus fantasías más secretas. Giró sobre sí misma sin descabalgar a Miguel y con su miembro firme dentro le liberó del antifaz para que pudiera ver su obra. Orgullosa, tensó su cuerpo para que sus hermosos pechos sobresalieran de su anatomía y comenzó a mover la cintura incrementando el ritmo. Adelante y atrás; arriba y abajo. Con sus manos apoyadas en las caderas de Miguel, parecía una yegua sin bridar. Un cuerpo estremecido al compás de sus jadeos. Se corrió otra vez, aceleradamente. Y encadenó otro orgasmo más. Miguel le pidió que le desatara los brazos. Quería tocar aquel cuerpo, aprisionarlo para sentir cada impulso. Ella le liberó rápidamente. Le seguía teniendo dentro. Notaba la dureza de su miembro. Quería gozarlo hasta el amanecer, hasta el siguiente anochecer, hasta que el tiempo se les acabase. Miguel estaba embrabecido. Le colocó las manos sobre sus firmes nalgas. Las abarcó deseoso. Las amasó con gusto, con fuerza. Las palmeó y los chasquidos estimularon brutalmente a Laura. Gimió. Gritó, rendida. Comenzaba a sentirse casi sin fuerzas. Volvió a sentir los palmeos de su macho en los glúteos. Con la mano abierta. Sonoros hasta la estridencia; placenteros hasta el delirio. Sintió el ansia de Miguel en su pelvis. Ferozmente impetuoso, brutalmente excitado. Le oyó succionarle los pechos mientras piafaba como un semental en celo. Dejó su cuerpo quieto, inerte, a merced de los empellones del miembro de Miguel. Él la abrazó con fuerza, incorporándose y la tiró sobre la cama. Subió sobre ella e introdujo el volcánico apéndice en su interior. Entraba y salía del cáliz femenino con premura. Miguel levantó las piernas de Laura. Ella podía sentir el golpeteo de los testículos masculinos contra su trasero, intentando penetrarla con todo su ser. Jadeó. Le faltaba el aire. Le sobraba deseo. Y se corrió por enésima vez mientras gritaba satisfecha ante el empuje de su hombre. Deshecha en sudor. Henchida de placer. Sin tensión ya. Una muñeca ingrávida, tendida entre las lujosas sábanas de satén. Miguel se desplomó a su lado. Seguía erecto. La contempló. Estaba muy hermosa, desnuda, con aquella sonrisa prendida en los labios. Bella, muy bella. La más bella del mundo, pensó Miguel. Comenzó a acariciarla. Instintivamente. Con una delicadeza inimaginable. Por los brazos. Por el contorno de su tronco. Por las piernas. Sutil y suave. Laura recibía cada caricia con un murmullo de asentimiento. Jamás hombre alguno le había tratado con tanta ternura. Abrió los ojos para verle. Miguel la observaba absorto mientras sus manos evolucionaban sobre su piel. Pensó que era increíble que aquel hombre tan dulce pudiera ser la misma bestia que la fornicaba como un salvaje hacía apenas unos instantes. Ahora le parecía un ángel. Pensó que sería una buena persona con la que poder pasar el resto de su vida. Arrullada por el tacto de su amante, cerró los ojos y se dejó llevar. Soñó con su padre, en la playa, cuando le aplicaba con todo su amor el bronceador mientras la brisa marina mecía su pelo y refrescaba su piel…


(continuará…)


miércoles, 23 de marzo de 2011

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(viene de 22)



Miguel se lanzó a poseer ya aquel cuerpo, pero ella le rechazó de nuevo. "No, ahora sólo mira", le dijo Laura, entrecortadamente, con el exiguo tono de voz que su sobrexcitación le permitía. Con la otra mano tomó el consolador y se lo introdujo en el ano. Suavemente, con delicadeza, dejándose llevar por la fuerza del placer al que estaba sometida. Bailaba la ancestral coreografía preorgásmica con deleite. Las nalgas apretadas. Los ojos cerrados. La boca entreabierta. Las fosas nasales a punto de explotar. Los senos subiendo y bajando al compás de la dificultosa respiración. La cintura describiendo elipses imposibles. Las piernas genuflexas ahora, rígidas después. La piel brillante, encharcada de sudor. Resoplaba como una yegua acelerada. Ronroneaba como una gata en celo. Miguel la contemplaba encendido por el fuego interior de su deseo. Veía el vibrador magenta deslizado por los genitales de la mujer como si fuera un gigantesco lápiz de labios. Veía el rostro de Laura jadear, gemir, exhalar placer, inhalar pasión. Harto de aguantar adelantó sus manos hacia los pechos de la mujer. Ella se los ofreció, generosa, ladeando su tronco para que él pudiera trabajárselos a modo. A Laura le gustaba ver las maniobras anhelantes de aquellas manos ajenas sobre sus senos. De vez en cuando buscaba la boca de Miguel, retorciéndose de gusto en complacientes escorzos. Entonces ella tomó su verga y calibró para sí el grado de placer que albergaba aquel apéndice. Estaba rabiosamente endurecido y su capucha casi quemaba al tacto. Era una auténtica antorcha de placer, una tea de deseo. Sabía que había llevado al muchacho hasta el punto de no retorno. Podía comprobarlo por cómo respiraba, cómo se movía, cómo la deseaba. El macho ya estaba a punto, pero no las tenía todas consigo de que aquel toro  no se deshiciera en mitad de la faena. Le propuso un juego, en el que ella le ataría las manos a los barrotes del cabecero de la cama y le taparía los ojos con un antifaz. Miguel aceptó. hubiera aceptado cualquier juego en ese momento. Se dejó atar y cuando la oscuridad cegó sus ojos percibió que ella manipulaba algo, que le cogió de nuevo el miembro y que su lengua lamió con suavidad su glande, envolviéndolo. No sintió más. Ella le tranquilizó: "te he puesto un poquito de coca para que aguantes sin correrte antes de tiempo, cariño. Ahora ya podemos follar hasta la extenuación".  Seguía empuñándole la verga, mirándola mientras se relamía pensando en el festín que se iba a dar con ella. Estaba dura y palpitante. Jugueteó con ella. Casi no podía manipularla. Aquella erección de casi noventa grados parecía imantarla a su vientre. La descapuchó enteramente y se la pasó por su cara. La bajó por su cuello y se la llevó a sus pechos restregándola por toda su geografía. Desde la base hasta los pezones, entreteniéndose en dibujar círculos alrededor de sus aureolas. La miraba, hinchada, casi amoratada. Era una sacerdotisa consagrando al dios Eros aquel sacrosanto miembro viril. Se incoroporó y sin soltarla se acarició con ella la cara interna de sus muslos. Estaban encharcados de la resina que le rezumaba su sexo. Se colocó de espaldas a Miguel y se introdujo aquella musculosa daga de placer por su orificio, perfectamente lubricado. Solo la puntita de la verga. Se estremecía, temblorosa. Sus caderas automatizaron los movimientos a realizar. Era como una Salomé bailando la danza del vientre. Miguel no sentía nada, pero percibía la excitación de su amazona. La escuchaba. Atento. Sus jadeos le enervaban. La respiración convulsa, contenida a duras penas. Sintió cómo la vulva de Laura terminó por engullir todo el tallo de su falo. Sentada sobre él, los movimientos que surgían de sus caderas comenzaron a ser más violentos. Súbitamente ella levantó sus testículos y le aplicó el vibrador en las cercanías de su ano. Miguel dio un respingo, pero la sensación placentera provocada por aquella maniobra le espoleó para penetrarla con más ahínco. Ella se percató de los excelentes resultados de la estimulación y entre los vaivenes de la cópula se aplicó a trabajarle el esfínter con más profundidad.


(continuará…)



Y AHORA, PONGÁMONOS ESTUPENDOS

miércoles, 16 de marzo de 2011

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(viene de 21)


Laura se pegó a él, caliente como una gata en celo. Miguel podía sentir con precisión los movimientos de su pelvis apretando su miembro. Como ella era más alta tenía el cuerpo ligeramente encogido y curvado para favorecer el frotamiento genital. Poco a poco incrementaba la presión sobre el abultado y erecto falo de Miguel. Laura comenzó a lamerle el cuello, a mordisquearle la oreja. Lo hacía freneticamente. Se dio la vuelta hasta colocar el cálido sexo de Miguel entre sus nalgas mientras seguía frotándose contra él. Le cogió las manos y se las colocó sobre sus pechos pidiéndole que se los amasase. Miguel no podía resistirse y se aplicó a meterle mano a discrección bajo su top. Totalmente excitado se lo arrancó y de un brusco impulso la giró para sentir sus tetas sobre su torso velludo. Ella se lo agradeció con un gemido de placer mientras hundía la lengua en la boca del muchacho y continuaba con el frotamiento de su vulva contra la polla de Miguel. De arriba, abajo; de abajo, hacia arriba. Tanto era el ímpetu que terminó por liberarla de su pequeña cárcel impermeable. Totalmente fuera, Laura la miró ahora en pleno estado de excitación, con un empalme fenomenal. No era muy gruesa ni excesivamente grande. Arqueada y convulsa, podía apreciarse con claridad el rítmico bombeo vital en el rosado glande, liso y hermoso, casi a punto de explotar. Cabeceaba y el bamboleo de cada latido parecía acunarlo, impulsándolo, buscando a tientas una cavidad en la que vaciar su soledad. Laura se sintió húmeda. Hundió uno de sus dedos en su sexo para lubricarlo y excitarse aun más. Asió el rabo de su hombre, tieso, apetitoso, duro. Se bajó un poco la braguita del bikini y se lo acercó justo bajo sus labios. Los tenía plenamente abiertos, aleteando mientras esperaban ahogar el volcánico deseo que le abrasaba el clítoris. Se los acarició con el falo. Sintió su dureza impregnada por el cálido jugo del interior de su vulva. Apenas podía contener los temblores que le provocaban pensar en el ansiado acoplamiento. Entonces se acercó a Miguel y le dijo entrecortadamente al oído lo que adivinó que el joven quería oir: "tienes un rabo precioso, chico". Miguel se sintió sobrexcitado con la voz de Laura. Percibía el bravío de su anhelo, el aroma de su más íntimo océano. Ella se dio cuenta, ardiente. Comenzó a frotarse con fuerza, jadeando y gimiendo de placer. Restregaba su sexo completamente mojado contra el de él mientras le lamía el torso, mientras mordisqueaba sus pectorales, mientras ceñía su cintura abarcándola con sus brazos. Miguel estaba fuera de sí y agarrando las nalgas de Laura, pretendió penetrarla en ese mismo momento. Ella le detuvo, empuñó su miembro y casi sin aliento le susurró al oído: "espera, espera, loco; todavía no. Ven". Le condujo por un laberinto de pasillos, en un viaje eterno, hasta su habitación. Allí se comieron la boca, ansiosos, entrelazando las lenguas mientras sus manos se perdían deslizándose por los cuerpos sudorosos. El sonido de otras parejas haciendo el amor aumentaba su frenesí. Laura le empujó sobre la cama. Le miró. Dominaba la situación y quería recrearse con la visión de su macho ahíto de deseo. Estaba a punto. Acarició su polla hasta llegar a la base, donde se le apretaban los testículos esperando vaciar su preciado contenido de un momento a otro. Pensó en chupársela, pero cambió de idea. No quería malgastar aquella maravillosa rigidez hasta saciarse de gozarla dentro de si. Sin soltar la preciada presa abrió uno de los cajones de su mesilla. Palpó en su interior y sacó un consolador y un objeto metálico brillante. Era un pequeño vibrador. Laura dudó entre los dos juguetes. Eligió el segundo. Lo conectó y comenzó a masajearse su descomunal clítoris mientras el resto de su hermosa anatomía se estremecía de placer ante la atenta mirada de Miguel.

(continuará…)



miércoles, 9 de marzo de 2011

21




(viene de 20)



La Casa del Arquitecto era como se conocía en la playa al enorme chalet de la familia de Laura. Diseñado y construído por su padre, era una imponente edificación de dos plantas, situada sobre los acantilados de la costa, en la que casi desde cualquiera de sus habitaciones podía verse el mar. Miguel acudió ciertamente acomplejado ante el poderío que desprendía aquella propiedad. Laura se percató rápidamente de ello, y para paliarlo se dedicó a facilitarle la tarea haciendo de perfecta anfitriona, arropándole y presentándole a cada uno de sus convidados como el invitado estrella de aquella fiesta. A las diez menos cuarto Laura anunció que aquel que no lo estuviera todavía debería quedarse en traje de baño ya, porque la fiesta comenzaría en quince minutos sin más demora. Miguel buscó un rincón para ponerse el bañador "meyba" a rayas que había traído. Se colocó en la terraza de la segunda planta, lugar elegido para poner los platos, la mesa de mezclas con el equipo de amplificación y comenzó a pinchar. Poco a poco la cosa se fue animando. Algunos bailaban, otros bebían como cosacos y otros se bañaban en la iluminada piscina. Miguel observaba a todos, pero en especial no quitaba ojo a Laura. Se movía entre la gente, destacando, magnífica. Había elegido un biquini negro que realzaba su poderoso físico y contrastaba con la palidez de su piel todavía sin broncear. Tenía un culo espectacular, firme y de nalgas rotundas. Sus muslos, ligeramente musculados, nacían de unas caderas poderosas. Miguel trató de imaginarla desnuda, suya, pero la cadencia de la música no le dejaba concentrarse. Poco a poco, a medida que el tiempo iba pasando, los asistentes a la fiesta se iban emparejando. Comenzaban los preliminares del rito ancestral del apareamiento humano. Los machos comenzaban a elegir a sus hembras y estas solo aceptaban si eran escogidas por el ejemplar deseado. Laura eludía todos los embates de sus jóvenes amigos. Estaba reservándose para Miguel, y quería que se diese cuenta. Coqueteaba, juguetona, solo lo justo para encelarle. De vez en cuando le miraba intensamente. Quería que la desease, llevarle a un punto en el que no pudiera rechazar la oferta de su cuerpo. Pasada la medianoche subió al puesto del disc-jockey. "Miguel, hora del lento", comenzó a decirle. Pero al ver su traje de baño no pudo por menos que reir. "Pero chico, ¡qué horror! Esperame aquí, anda, que voy a solucionar…eso", le espetó señalando su meyba. Bajó a la piscina, donde algunas parejas ya se habían entregado a los primeros escarceos sexuales. Se dirigió hacia una de ellas y para asombro de Miguel se interpuso entre ambos amantes, uniéndose al lotazo. Miguel asistía atónito al espectáculo de besos, lametones y sobeteos del inesperado trío. Transcurridos unos minutos, y cuando más excitado estaba, desaparecieron de su vista. Poco tiempo después Laura se presentó en la terraza con una minúscula braga náutica roja en su mano. "Toma, póntela. Es de Alfredo. Creo que no la va a necesitar más esta noche", le dijo entre risitas divertidas. Miguel la cogió y se dispuso a buscar algún lugar para cambiarse el traje de baño. "Cámbiate aquí mismo. Sólo te veré yo", le dijo ella. "Es que me gusta ver antes de catar, ¿sabes?"  añadió con una voz persuasivamente seductora.  Miguel se cambió ante la atenta mirada de Laura. El pequeño bañador casi no podía contener su medio erecto miembro, pero le gustó verse observado por ella. "¿Aprobado, señorita?" le preguntó cuando lo hubo hecho. "Con nota, rey. Pero ahora tendrás que apagarme el fuego, no vaya a ser que me queme… yo solita" le contestó ella. Y sin darle opción se le abrazó mientras susurraba algo que Miguel no podía ya escuchar.

(continuará…)


Ojos de Eva, ojos de Loba

jueves, 3 de marzo de 2011

20





(viene de 19)



Cuando terminó el tema Laura se acercó a la cabina. Estaba impresionantemente atractiva, deseable, todavía sudando, agitada después de bailar con su peculiar y frenética entrega. Tomó el vaso de tubo que contenía el gin-tonic de Miguel. Acarició con su mano el contorno como si fuera un grueso y transparente falo de cristal. Luego bebió sensualmente un trago de líquido, hasta que un cubito de hielo penetró, insinuante, a través de su boca. Laura lo hizo crujir con un lento subir y bajar de su mandíbula inferiror, regodeándose, con la intención de que Miguel pudiera apreciar bien el mensaje subliminal de aquel gesto. Se relamió despacio, repasando teatralmente la lengua sobre sus carnosos labios, para que no quedase ni una gota de la bebida de el joven sobre ellos. Y finalmente tragó con un suave balanceo de cabeza acentuando el camino del fluido hacia el interior de sus entrañas, garganta abajo. "Dime, ¿aprobé el examen, señor pincha?" le preguntó, mientras miraba directamente a sus ojos con un punto de evidente descaro. "¿Aprobar solo? Sacaste nota, reina. Has dejado la pista tan calentita que ahora tendré que llamar a los bomberos para que la refresquen, no vaya a ser que alguien se queme" respondió Miguel con mucha sorna. Ella parecía calibrar con su mirada el potencial físico del ejemplar de macho que tenía ante si. Se sentía retada y eso era un fuerte aliciente para conseguir doblegarlo a su voluntad. "Bien, muchachito, pues ahora serás tú quien tenga que cumplir su parte del trato. Recuerda: el sábado a las nueve de la noche en la casa del arquitecto, fiesta de bañadores. No olvides llevar uno o pincharás…en pelotas", dijo riéndose. "Adiós, Miguelito", se despidió mientras le mandaba un beso imaginario soplando la palma de su mano. "¡Ah! Se me ocurre que sería buena idea que grabases un par de cintas de noventa minutos con temas lentos. Estoy pensando en dar una sorpresa a alguien…especial. Pero necesito que me guardes el secreto, ¿eh?", añadió a la vez que guiñaba un ojo con pícara complicidad. No esperó la réplica. Se dio la vuelta para reunirse con sus amigos y tras un pequeño lapso de tiempo se marchó complacida, segura de que su salida estaba siendo escoltada por la atenta mirada de Miguel, la nueva pieza masculina en la que Laura, implacable Diana cazadora, había puesto el punto de mira para exhibirlo como trofeo de su safari estival.

(continuará…)




TENGO ALGO PARA TI