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miércoles, 1 de junio de 2011

32

(viene de 31)


Miguel enloquecía con las palabras de Eva Luzia. Espoleado por ellas comenzaba a estar fuera de sí. Estaba totalmente concentrado en el deseo de su partenaire. Le gustaba percibirlo en todas y cada una de las mujeres con las que follaba. Le gustaba sentir los impulsos rítmicos provocados por sus embates, por sus caricias, por sus lamidos. Adoraba ver los cuerpos femeninos contraerse y luego expandirse al son de interminables orgasmos. Le gustaba escuchar las respiraciones agitadas, los jadeos, los grititos premonitorios de la transformación felina. Oler el ámbar líquido del sexo, catado por sus labios en los labios de ellas y saborearlo mientras su miembro se incrustaba entre sus cálidos muslos. La azotó  y el chasquido en las prietas nalgas de la mulata le espoleó aún más. Ella gimió y le pidió más con la voz quebrada de placer. Guío las manos de Miguel hasta sus pechos. Tenía los pezones endurecidos, listos para el trabajo de los dedos masculinos. "Las tetas, sóbamelas, lámeme los pezones", le dijo entre jadeos. Miguel las calibró con su tacto. Tenían el tamaño justo para acogerlas en la concavidad de sus palmas. Las amasó con fruición mientras lamía su cuello como un perro salido. "Vamos, cómeme entera. Esta noche soy para ti, toda tuya, mi hombre", se ofrecía solícita entre susurros. El miembro de Miguel iba y venía ayudado por los abundantes fluidos lubricantes que rezumaba el generoso sexo de la mulata. Entraba y salía, maniobrando certero al penetrar su placentera gruta. La asió por los tobillos, levantando sus piernas en perfecta vertical. Ella gimió al sentirle incrementar el empuje de sus acometidas, consciente de que muy pronto sentiría en su interior el magma lechoso de su esperma caliente. Y él enloqueció perdido en el acelerón final, atracándose de hembra entre sus resoplidos. Se corrió emitiendo un estruendoso bramido. Y ella con él, ahogando su orgasmo mientras le buscaba la boca para vaciarse con su aliento, mientras hundía sus uñas en la espalda de Miguel como si intentara marcar toda la pasión de aquel momento entre las capas de su piel.

Momentáneamente saciado, comprendió, sin mucho esfuerzo, que era una buena ocasión para detener sus recuerdos.