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jueves, 29 de septiembre de 2011

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(viene de 35)


"¿Vas a echarnos una mano o vas a quedarte ahí parado todo el día, "Papá"?". Miguel percibió el retintín del "papá" que le dedicó su hija. Era todo un puñal léxico con el que Sara parecía pretender zaherirle quizá como una especie de declaración de principios. Si en algún momento hubiera pensado que aquella visita iba a ser un acercamiento aquel dardo era la prueba evidente de que se equivocaba de parte a parte. Trató de mirarla fijamente a los ojos, pero percibió tanto resentimiento que le dio miedo seguir contemplando sus pupilas. "¿Oye, Mónica, a ti te gusta mi "papá"? ¿Te parece atractivo? ¿Te gustaría tirártelo? Moni, no me jodas, por favor" le dijo con dureza a su amiga. "Bueno, Sara, no te pases y no hagas un drama que solo ha sido un saludo, ¿verdad "Papi"?" respondió Mónica mientras le guiñaba con complicidad un ojo a Miguel. "Claro, hija, solo ha sido un saludo. Tú conoces a tu amiga y seguro que no es la primera vez que lo hace, ¿no, cariño?" incidió Miguel, no sin cierta ironía. "Mira papá, vamos a dejar las cosas claras. Yo no soy tu "cariño", ni tú eres un "cariño" para mi. Por lo tanto no somos más cariños que lo que lo hemos sido durante estos últimos años. ¿Qué he venido a hacer aquí, entonces? seguro que te lo estás preguntando, ¿verdad?" le dijo de una manera autoritaria. "Pues muy sencillo: estoy hasta el culo de esa mujer premenopaúsica, hiperactiva y medio histérica que dice ser mi mamá", continuó desafiante. "Cuidado con lo que dices, Sara. Es tu madre y la debes un respeto", dijo Miguel en defensa de Laura. "¡Uy!, muchas gracias querido, pero nuestra hijita hace tiempo que perdió el respeto por cualquiera que pretenda hacerla ver que hay unas normas mínimas que hay que cumplir cuando se convive con más gente", dijo Laura. "¿Normas? ¿Qué normas, madre? ¿Las que tú impones a tu conveniencia? ¿Vosotros teníais normas cuando vivíais juntos? ¿Y las cumplíais, sí? ¿Y por qué os separásteis, entonces?". Sara empezaba a estar fuera de si, rabiosa. "Vamos, Sara. Este no es el momento ni el lugar para este numerito", intentó zanjar Miguel. "No es el momento, claro. Bien,  papá, déjame que termine de decirte por qué voy a pasar estos días contigo. Espero que tu mala conciencia de padre huido haya construído un sentimiento de culpa lo suficientemente fuerte como para que me permitas hacer lo que me venga en gana y por fin haya una persona adulta que no viva para estar incordiándome todo el puto día". La hiriente sinceridad de su hija sorprendió a Miguel. Era evidente que aquella jovencita era tan parecida a él por fuera como a su madre por dentro. Firme y contundente. ¿Qué podía decirla él? Tenía razón. Había abandonado a Laura porque no estaba dispuesto a ser padre. No sabía serlo. Y ahora era muy tarde para intentarlo. Sara había acertado de pleno: no tenía más plan que ser absolutamente permisivo con ella. Por puro egoísmo, para evitarse problemas. Sin embargo las palabras de su hija sonaban como una provocación. Le dio la sensación de que tendría problemas adoptase el rol que adoptase para con ella. Tal vez aquella criatura hubiera estado incubando la suficiente animadversión contra él como para utilizarla ahora que se sentía autosuficiente. Miguel intentó bucear en su vida, verse a si mismo con la edad de su hija para recordar sus temores, sus fobias, sus sensaciones más íntimas e inconfesables para con los que le rodeaban. Miró a Laura como si fuera el único salvavidas de aquel inesperado naufragio. Ella parecía entenderle, pero estaba decidida a no intervenir. "Bien, Sara. Pues entonces vamos a empezar por intentar llevarnos bien y no tocarnos las pelotas mutuamente más que lo estrictamente necesario, hija mía" dijo Miguel a modo de colofón. "Venga, Sara, va…haz caso a papá que seguro que lo pasamos de puta madre juntos. ¿Verdad profe?" sentenció Mónica con evidente ironía. "Vete a tomar por culo, Moni. Venga, se acabó el circo", le respondió Sara mientras tomaba del maletero el gigantesco trolley que contenía sus pertenencias y prácticamente le arrojaba a Mónica el suyo antes de que pudiera cogerlo. "Bien, querido: todas tuyas. Que tengáis felices vacaciones" le dijo Laura mientras no se recataba en mostrarle la luminosa sonrisa que afloraba en su rostro tras soltar el juvenil lastre. Cerró el maletero y se acercó a él para despedirse. También era más alta que Miguel, y al agacharse le mostró toda la plenitud de su generoso escote. Imitando a Mónica, le tomó por la barbilla con una mano y le besó en la boca con intensidad. Separó un momento su rostro del de Miguel, como queriendo calibrar la intensidad de su reacción. Luego acercó sus labios a la oreja de su ex marido y, con mucha intención, le susurró: "por si no te has dado cuenta, cariño, Mónica es la novia de tu hija".


(continuará…)



A VECES PASAN ESTAS COSAS…


Por cierto, hoy es San Miguel.

jueves, 22 de septiembre de 2011

35








(viene de 27)


"¡¡Miguel!! ¡¡Miguel!!" La voz de Laura le devolvió a la realidad. "¡Ay Miguel, por Dios! Espabila, hombre, que ya hemos llegado. Menudo viajecito, cariño. Es una vergüenza que en pleno siglo ventiuno sigamos teniendo esta mierda de accesos para llegar hasta aquí. ¡Cualquiera diría que estamos en el fin del mundo! Y toda esa cantidad de gente en la carretera podría elegir otro momento para salir de casa. ¡Con lo que odio los atascos, por Dios! ¡A ver, niñas, bajad y recoger los equipajes!" Era Laura, sin duda. Miguel giró su cabeza para contemplarla a través de la ventanilla del poderoso todoterreno. Estaba envidiablemente hermosa, como siempre. Hacía mucho tiempo que se había rendido a la evidencia de que, por más contratiempos que les deparase la vida, nunca podría evitar su atracción. Era el sol de su universo. El astro más luminoso. Y también el más letal. Aquella mujer podía darle vida, pero también eclipsarle y fundir con su energía todas sus ilusiones. Su gracia y su desgracia unidas en el cuerpo que más había deseado jamás. "Hola Miguel, ¿qué tal estás, querido? Has adelgazado. ¿Te cuidas? Seguro que no. Pues tú verás lo que haces, cariño.No me lo digas, no me lo digas, ya sé que es tu vida. ¡Vamos niñas, vamos, que aquí solo se puede parar un momentito!". Entre la arrolladora presencia de Laura y su torbellino verborréico Miguel apenas había reparado en las acompañantes de su ex mujer. No estaba cómodo con su llegada y se le notaba. Cuando Sara, su hija, bajó del coche apreció lo mucho que había madurado su pequeña princesita. El pelo oscuro, la tez morena y la complexión física, más bien delgada, delataban en ella la superioridad de los genes paternos. Miguel se quedó asombrado al comprobar lo mucho que se le parecía aquella mujercita. Sus miradas, a pesar de encontrarse fugazmente, pugnaban por esquivarse perdiéndose en cualquier detalle del entorno. Eran dos extraños por voluntad propia. Ninguno de los dos había querido saber del otro desde el día en que Miguel abandonó a Laura. Y sin embargo ahora se veían en la necesidad de compartir unos días de sus distanciadas vidas. El motivo que había llevado a su hija a querer pasar unos días junto a él era algo que Miguel no acertaba a imaginar, pero estaba seguro de que tarde o temprano lo averiguaría. Por la puerta opuesta apareció la figura de Mónica, su amiga. Laura no había exagerado absolutamente nada en su descripción. Alta, pelirroja y despampanante. Una hermosa joven, promesa de lo que los hombres denominaban mujer bandera. Su mirada apenas había acabado de recorrer su sensual figura  cuando percibió la cercanía de su cuerpo a través de sus otros sentidos. Su fuerte aroma de hembra perfumada era ciertamente embriagador. "Hola. Tú debes ser el profesor, ¿verdad?" le dijo con una voz aterciopelada, cuyo tono parecía modulado para connotar las más sugerentes fantasías. Se acercó aún más hasta colocarse frente a él. Era más alta y su potente físico le dominaba por completo. Le abrazó dejándole sentir la firmeza de sus grandes senos, la calidez de su piel lechosa salteada de pecas. Su tacto le abrumó. Después le colocó un beso en la boca con regusto a deseo. La pelirroja sonrió, sabedora de lo atrevido de su saludo. Miguel se sintió turbado. Una mezcla incendiaria de intuiciones e impresiones inundó su mente. No sabía qué hacer, qué decir. No esperaba verse envuelto en aquella embarazosa situación. Laura le miraba entre sorprendida y divertida, esperando su reacción. Pero fue Sara, para su fortuna, la que entró en escena.



(continuará…)



NO SABES CUÁNTO, MI NIÑA

miércoles, 14 de septiembre de 2011

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 (viene de 33)



"Lo siento, señor, se equivoca de nuevo. Ya le he dicho que no me llamo así. No conozco a nadie con ese nombre y empiezo a estar cansada de oirlo. Yo soy Marayssa, la escort por la que ud ha pagado esta noche. ¿O es que no lo recuerda?" le dijo con desdén. "Vamos, Eva Luzia, basta de este absurdo teatro", le espetó él. "He pagado por tu tiempo, sí. Es mío, sea Sellman o no. Y ahora quiero ser Miguel", continuó. "No, no se equivoque. A ud le da igual ser Miguel o no. Lo que quiere es que yo sea Eva Luzia", le interrumpió ella. Tenía razón. No se trataba de qué rol interpretase él, sino del que deseaba que adoptase ella. "Pero tú eres Eva Luzia. Deja ya de fingir ser quien en realidad no eres", trató de razonar Miguel con contundencia. "¿Y tú cómo sabes quién soy yo? ¿Cómo sabes que ahora no soy realmente yo, que quien tú crees que soy no es más que una simple impostora?", se defendió la mujer alzando el tono de la voz. De repente Miguel pareció contrariado. Jamás se le había ocurrido pensar que la bella mulata que conoció en la playa no fuera la verdadera Eva Luzia. ¿Y si tuviera razón? ¿Y si el de voraz depredadora sexual fuera su verdadero yo? ¿Cambiaría algo las cosas? No, eso a él daba igual. No era eso lo que había venido a averiguar. O tal vez sí. Empezaba a sentirse confundido. Sus sueños no estaban planificados para que le condujesen a esta absurda encrucijada. Tenía que volver a hacerse con el mando de aquella situación. Él había pagado…"Sí, entérate, entérate bien. Se acabó. Quiero estar con ella. Ahora. ¡¡Ya!!", dijo  encorajinado mientras se recuperaba de sus propios pensamientos. Eva Luzia intentó serenarse. Era perfectamente consciente de que estaban en un hotel y no quería que aquella situación derivara en una batalla de reproches a voz en grito entre ambos. Su trabajo se desarrollaba en lujosos hoteles como ese y no le convenía que la discusión fuera a mayores y manchase su impoluta reputación de "acompañante" discreta. Respiró profundamente y se dio unos segundos para decidir cómo abordar la situación. Realmente no conocía lo suficiente a aquel hombre como para calcular hasta donde podían llegar sus reacciones. "Está bien, Miguel. Tú ganas. ¿Qué es lo que quieres?", le preguntó. Un alud de razones inundaron su mente: te quiero a ti, pensó. Quiero tu sonrisa sincera, quiero el cuerpo bronceado que admiraba en las tardes de sol y mar. Quiero tus confidencias, tus miradas. Pero su boca solo pudo articular lo que parecía una orden: "quiero a Eva Luzia. Quiero estar con ella". Miguel la cogió por la cintura y volvió a intentar atraerla hacia si. Ella se dejó hacer, esperando que fuera el preludio de un nuevo polvo. No fue así. Miguel la acariciaba con un tacto exento de cualquier atisbo de deseo. Era un tacto sincero e inocente, como si fuera un niño quien deslizase las manos sobre su piel. Era lo más parecido al cariño que alguien le había manifestado en mucho tiempo. Sintió un escalofrío. ¿Placer? Sí. Y recuerdos, demasiados, demasiado reales. Tuvo miedo, el mismo miedo que antes se había instalado en Miguel. Súbitamente se separó de él, como si hubiera despertado de un sueño mal soñado. Le rechazó. Dió un paso atrás, evitando el contacto. Se esforzó por mostrar la más adusta de sus miradas y, con voz imperativa, dijo: "déjeme Mr. Shellman. No quiero continuar este juego. Lo siento. Su tiempo se ha acabado". Miguel intentó replicar sus palabras, pero se arrepintió al comprobar que su decisión era inapelable. Cedió asintiendo con su cabeza. Sabiéndose ganadora, Eva Luzia fue vistiéndose con majestuosa serenidad hasta componer la imagen de la diosa de la belleza que acostumbraba exhibir. Cuando acabó se dirigió a la puerta, la abrió y se giró un instante para ver la soledad del hombre que dejaba tras de sí. Parecía complacida, aunque minutos después, en el ascensor, una lágrima acabó por delatar su tristeza. 



(continuará…)



¡¡¡¡!!!!

jueves, 8 de septiembre de 2011

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(viene de 32)



Por un instante permanecieron quietos. Era la calma tras la tempestad del coito. Dos seres inertes. Tan solo sus vientres, agitados mientras recuperaban la normalidad de la respiración, delataba que en ellos había vida. Apenas unos minutos antes habían estado poseídos por una actividad frenética, buscándose, encontrándose el uno al otro, y sin embargo ahora un muro de silencioso mutismo les alejaba pese a la cercanía de sus cuerpos. Miguel extendió su brazo, y con su mano trató de atraerla hacia si. Ella se resistió. Le buscó el miembro. Estaba semierecto, pero el glande había perdido ya la dureza que le permitiera predecir que volvería a barrenar de nuevo en busca del tesoro femenino. Trató de reanimarlo jugueteando con él, llevándoselo a sus pechos. Luego lo intentó besándolo y lamiéndolo provocativamente. Pero Miguel se encontraba saciado de sexo. Estaba ahíto de su cuerpo y ahora quería su alma, su tiempo, sus palabras. Eva Luzia redobló sus esfuerzos para volver a excitarle. Nunca había sido un problema para ella volver a poner a un hombre en el punto necesario para poder seguir disfrutando de él. Porque bien se diría que fuera ella la que más difrutase con sus clientes. Por eso era la mejor, la más deseada. Sabía hacer sentir a sus acompañantes que era una muñeca sometida a sus deseos. Todos se quedaban prendados de sus convulsos orgasmos, de su hermoso cuerpo al retorcerse entre los jadeos. Les pedía más y ninguno era capaz de escatimarle el placer de volver a correrse con ella, sobre ella, ante ella. Su belleza parecía resplandecer más tras cada polvo, como si su cuerpo vampirizase la satisfacción de quienes la follaban. Era la diosa de las putas, la más puta de las diosas que un hombre pudiera soñar. Y sin embargo ahora no conseguía volver a excitar a su macho. Contrariada, dejó de manipularle la entrepierna. Levantó la cabeza y cruzó su mirada con la de Miguel. Intentó descifrar en sus ojos el enigma de su frialdad. Tras unos instantes supo que no habría más respuesta que la de su cuerpo silente. Decidió romper la sorda tensión de aquel momento. "¿Esto es todo Mr. Sellman? Ha pagado ud por más. ¿Es que no va a aprovecharlo?" le dijo desafiante. Miguel permanecía impasible. No quería, no podía, dejar entrever la batalla que se libraba dentro de si. Necesitaba saber por qué le atraía tanto aquella mujer, pero temía mostrarse débil una vez más. O tal vez temiera la respuesta. La de ella, la de él, la de ambos. Había llegado hasta ese momento, tan deseado, y era incapaz de abarcarlo en toda su extensión. Estaba varado en sus propios miedos, víctima de su repentina indecisión. Dejó que su instinto le sacara de aquel túnel. Mecánicamente alargó de nuevo su brazo y buscó con su mano el tacto de la mujer. Esbozó una caricia sobre la hermosa piel morena, sonrió y pronunció su nombre: "Eva Luzia"


(continuará…)




*este tema lo escuché por primera vez un verano de aquellos maravillosos 70, gracias a la generosidad de un amigo que me dejó el LP "Nicely Out of Tune", del grupo Lindisfarne. Le hacía gracia que me gustase una canción tan melancólica y dedicada al invierno en pleno veranito. Ahora, vuelvo de mi verano y me encuentro con  la triste noticia de que ya no podrá reirse nunca más de mis incongruentes gustos. Este invierno no habrá para él más canciones porque aquella mierda que creía que le procuraría la felicidad eterna ha terminado por consumir sus días. Ojalá ahora seas feliz para siempre, amigo.






lunes, 5 de septiembre de 2011

DESAYUNO CON DI…AMANTES




Exterior día. Magnífico, por cierto: luminoso y azulado. El hombre espera inquieto a que ella acuda a la cita. Está justo en el lugar acordado. Jamás había estado allí y nunca se había visto así, flirteando con el lado más clandestino de sus ya irrefrenables fantasías. Desasosegado, contempla su entorno intentando en vano que finalice la espera. Se siente observado y se defiende mimetizándose como si su presencia obedeciera a alguna de las banales situaciones que nos ocupan cada día. Piensa qué actitud adoptar ante ella, pero se percata de que ni siquiera conoce cómo es ella en realidad. ¿La reconocerá? Seguro que sí. ¿Y ella a él? ¿Le defraudará su aspecto? Gira sobre si mismo, intentando un torpe bailoteo. A Ted Danson le quedaba "niquelao" en "Fuego en el cuerpo". Pero él no es ni tan apuesto, ni tan flexible, ni tan bailarín como el actor. Golpea una colilla con su pié. ¿Debería haberse puesto los zapatos? Le sudan las manos, las mismas manos que anhelan poder aprehender alguna parte de la anatomía de la mujer. Mira la calle, los peatones, los coches, el semáforo. Alguien se acerca. No es ella. Introduce una mano en el bolsillo del pantalón y toca el teléfono móvil. Lo saca y hace como que busca un número. Vuelve a guardarlo. Otra persona, y otra más. Intenta relajarse. Piensa en los días anteriores, pero se encuentra esperando el momento que vive ahora. Las personas somos seres hechos de tiempo. Ocurrente. Sonríe y se dice a si mismo que tiene que desarrollar esa idea. Somos tiempo, sin duda. Nuestro físico lo confirma. Levanta la mirada instintivamente y la adrenalina golpea en su pecho. Es ella. Respira. Tiene que dominarse. La mira. Ve cómo se acerca. Su forma de andar le parece extraordinariamente sensual. Es más alta de lo que había imaginado, pero infinitamente más hermosa de lo que la había soñado. Esbelta y racial. Su ropa, ajustada, dibuja el perfil de una silueta extraordinaria. Llega esbozando una sonrisa de complicidad. Se sabe atractiva. Sin duda la evidente admiración de muchos hombres la han convencido de que lo es. Él lo piensa también. Y piensa que el tiempo ha hecho un excelente trabajo en su cuerpo. Probablemente había sido una joven bella, pero los años han matizado esa belleza combinándola con el porte de una hembra regia, convirtiéndola en una dama ciertamente exquisita. Se saludan y él queda prendado de sus ojos. Quiere admirarla de nuevo, ahora con más sosiego, para impregnarse de cada detalle de su cuerpo, pero su voz le envuelve en una invitación para desayunar juntos. Comienzan a caminar y él, discretamente, trata de capturar cada textura del aroma de la mujer. Huele bien, muy bien. Huele a sol, arena y sales: a noches desveladas por el ansia de encontrarla; huele a labios besados a escondidas, a sexo planeado en la soledad de tantos días esperando poder probar la tersura de sus piernas. Le huele a placer, sí, gozoso y complaciente. Llegan. Se sientan. La falda queda recogida mostrando los torneados muslos. Él quiere mirarla toda, abarcarla entera con su mente. Entonces la voz de la mujer le hipnotiza y le transporta a través de sus deseos, de sus tristezas, de sus vivencias y de sus infiernos. La vida comprimida en dos horas. Él busca su mirada. No es ajeno al contorno de sus perfectos pechos bajo el tentador escote. Ni de la delicada piel de sus brazos. Sin embargo prefiere capturar sus iris de jade y fotografiarlos en su memoria para degustarlos cuando ya no esté con ella. La escucha con atención. Su voz, siempre y para siempre su voz, le guía y él se deja llevar. Está tan a gusto que intuye que le dolerá volver a la realidad de saberse lejos de ella. Aunque todavía no sabe cuánto. La cita se consume. Lo cotidiano les aborda sin contemplación alguna. Es la vida. Somos tiempo. Tiempo para hacer cosas, para llegar a alguna parte, en algún momento. Un hombre y una mujer, aquí, ahora. Dos vidas encontradas en dos horas de sus respectivos tiempos. Pero se rebelan. El regalo de estar juntos les sabe a poco. Ella regatea al tedioso deber y propone al hombre extender un poco más su compañía. Deambulan buscando el camino más largo hacia su despedida. Él lo agradece. Camina junto a ella embriagado. Su cuerpo le turba. Quisiera tocarla, besarla, olerla…y no dejar nunca de escuchar su voz. ¿Y ella? ¿Qué piensa? Él le dice que le parece una mujer hermosa. Torpemente, piensa. Le gustaría ser Ted Danson para bailárselo con gracia. No. Le gustaría ser Ned Racine y que ella fuera su Matty Walker para follarla apasionadamente contra el asfalto de la calle por la que caminan. La desea tanto que planea un nuevo encuentro futuro. Una locura que un hombre, anodino y otoñal como él, solo debe intentar con una mujer excelsa. Intentan regatear al destino y alargan un poco más el momento de decirse adiós. Unas calles más y el tiempo, implacable, acaba por capturarles. Ahora sí. Toca rendirse. El final, agónico. Él se queda sin iniciativa. Quiere abrazarse a ella, refugiarse en su potente físico. Quiere sentirse hombre con ella. Quiere arrancarle una promesa de futuro, pero no sabe. Se besan, formalmente, como si quisieran reprimir el fuego que les consume al saberse tan cerca. Van a separarse y quizá su empeño de volver a estar juntos vuelva a cercenarse de nuevo. Él se deja llevar y se vuelve buscándola. Quiere tocarla. Es torpe. Hace muchos años que no sabe lo que es seducir. Somos tiempo, claro. En años, en días, en minutos. En dos horas, inacabables y maravillosas. Porque aunque se acaben pueden ser recordadas en un bucle proyectado hasta el infinito. Estamos hechos del mismo material intangible que acabará con nuestra vida y por eso podemos manipularlo a nuestro antojo, imponiendo nuestros deseos. Siempre hay tiempo si estamos decididos a tenerlo, a tenernos como si su paso no fuera más que una contingencia anécdotica subyugada al placer de dejarnos llevar por lo que realmente deseamos. Lo hay. Tiene que haberlo.

Exterior día. Un hombre y una mujer se despiden en algún lugar de sus respectivos tiempos. Parece una despedida normal y corriente, pero él ha conseguido deslizar su brazo a través de la cintura de ella. La mujer le ha ofrecido sus labios y el hombre, torpe, casi ha conseguido besarla…



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