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viernes, 30 de diciembre de 2011

En cada tañido, el color de tu mirada






Y en cada uva, la textura de tus labios. Y entre mis labios, el recuerdo de tu boca. Y dentro de mi boca, tu nombre silenciado. Y en tu nombre, el aroma de tu cuerpo. Y en mi cuerpo, el recuerdo de tus manos. Y en mis manos, el perfil de tu cintura. Y en mi cintura el deseo de tu sexo. Y en tu sexo… las caricias de mi lengua. Y en mi lengua, el ritmo de tus nalgas. Y en tus nalgas, los embates de mi polla. Y en mi polla, el calor de tu garganta. Y en tu garganta, el sabor de mi deseo. Y en mi deseo, toda, tú, mi amante más amada.

Labios, boca, nombre, aroma, cuerpo, recuerdo, manos, cintura, deseo, sexo, caricias, lengua, nalgas, polla, garganta, sabor, deseo… Te he pedido, en secreto, y esta vez te cumplirás entre mis brazos.

Si lo hay, ¿quién quiere conocerlo?

lunes, 26 de diciembre de 2011

De felicidades y confesiones de un seductor becario






"La felicidad es como una gota
De rocío sobre un pétalo de una flor
Brilla tranquila

Después ligeramente oscila
Y cae como una lágrima de amor"
 (Tom Jobim, "A Felicidade")



Una querida cómplice me ha mandado un precioso correo en el que me desea Felicidad y, de repente, caigo en la cuenta de que tal vez nos pasamos la vida tratando de encontrar el sentido de las grandes palabras, de encorsetar desde nuestro egoísmo el significado de los grandes conceptos. "La" felicidad, el antonomásico categórico. Presumiendo de canas y a menudo se me escapa que "la" felicidad no es más que la suma de pequeños instantes placenteros que burlan la cautela de cualquier tipo de programación emotiva por mucho que pongamos en ello todo nuestro esfuerzo. Las cosas ocurren, y tal vez seamos felices o infelices en virtud únicamente de la actitud con la que logremos ser capaces de admitirlas. Eso es lo difícil, sí: encarar los acontecimientos tal y como se presentan y no como nosostros esperábamos que se desarrollaran. Hace poco estuve a punto de estropear uno de esos momentos y no me lo hubiera perdonado nunca. "Es la felicidad la que te encuentra a ti", decía mi querida cómplice. Cierto. Un solo ejemplo: solo pude ser feliz aquella tarde cuando disfruté sin ansiedad del corto, pero intenso, tiempo que su vida permitió compartir en la intersección con la mía. El tiempo que ella pudo dedicarme sin que estar juntos hubiera sido jugar a la ruleta rusa con el revolver del destino cargado con más de una bala alojada en su tambor suicida.

Pero tal vez esto que escribo sea tan solo una excusa para devolver en forma de agradecimiento parte de lo que debo a algunas de uds por su afecto y connivencia cuando he necesitado de sus consejos, experiencias… o intercambiar fantasías por correo. Ninguna me conoce, y aún así he recibido tanta atención y cariño que muchas veces he de contradecir a los que atacan a este medio -e incluso a este género, el erótico- de simpleza o superficialidad de quienes a él nos entregamos. Yo mismo he ido rompiendo, destrozando uno a uno muchos de los prejuicios que tenía antes de descubrir lo maravillosas que son algunas de uds. Lógicamente van a permitirme que no de nombres, más que nada porque de sobra se reconocerán entre estas líneas y eso es lo verdaderamente importante. Además, a todos nos han enseñado que señalar está muy feo, aunque sea con el dedo con el que se digita el cariño.

Este año que se me va me ha traído momentos que no voy a olvidar jamás. Imposible hacerlo, porque han sido de una intensidad tal que no podía haberla experimentado ni en el mejor de mis sueños más a gusto soñados. Yo tenía una vida, pero me han dado otra diferente, apasionante, tentadora y estimulante. Adictiva, sí, y por eso peligrosa. Una amiga muy amada me decía hace unos pocos días que estoy loco. Es posible, pero solo esa locura me ha permitido salir del vórtice que estaba absorbiendo las últimas esperanzas juveniles de mi vida. Esa amada amiga es la única que en la vida real sabe que yo soy ese becario seductor que navega bajo el pabellón del más grande de los dandys que en el mundo han sido, y algún día terminará de explicarme por qué le parece tan acertada la elección de mi nick, por qué mi estilo le gusta tanto y otras cosas que ella sabe que me gusta oir de su boca y tan difícil se hace poder escucharlas. Sí, ha sido un año muy reconfortante. Gracias a uds, a personas anónimas que más allá de su personaje me han mostrado que son de carne y hueso. Gracias a la querida amiga que no dudó en ayudarme a cruzar el Rubicón de mi deseo, explicándome lugares, maneras e incluso confesándome algún secretillo que me unirá a ella para siempre. 


Ahora que releo lo escrito me doy cuenta de que es hora de darlo por terminado antes de que siga transgrediendo la primera de las leyes que me obligué a cumplir para no aburrir a quienes lean lo que escribo: nunca hablar en primera persona. Les dije que no me gusta la Navidad, por diferentes motivos. Lo que nunca cuento es que al final me dejo llevar por la melancolía de estas fechas y acabo siendo demasiado vulnerable. Me doy cuenta de que quiero a más gente de la que he estado dispuesto a admitir que quiero. Y no solo eso, sino que la necesito más cuanto más pasan los años. Yo no era así. He ido de "sobrao" durante la mayor parte de mi vida, ocultando muchos de mis verdaderos sentimientos por un pudor adolescente y estúpido. Desde hacía mucho tiempo las lágrimas no asomaban por mis ojos, ni en situaciones en las que eran la mejor terapia para descargar toda la tenebrosa oscuridad que cegaba mi vida. Hoy, sin embargo, me descubro emocionándome con el solo recuerdo de mi mano acariciando tu brazo, mientras me siento seguro bajo la cálida defensa de tu imponente silueta. Ella. Siempre ha sido una "ella" el motor que ha renovado mis emociones. ¿Podría ser feliz tan solo con saber que soy importante en su mundo? Quizás, pero ese noble y minimalista concepto no excluye la esperanza de alcanzar la felicidad de forma más prosáica, dedicándome a beber entre sus labios el lascivo licor de mis deseos. Soy humano y no un asexuado espíritu angelical, por supuesto.

Y aquí llega la moraleja, epítome o resumen de tanta perifrástica narrativa: me hago viejo, cana a cana, día a día, pero este año he comprobado que la felicidad que más quiero y necesito bien vale una locura… para enloquecer juntos.




[Hoy les propongo construir un relato a partir de unas canciones de Paul Weller. Háganse a la idea de que se trata de un puzzle de sentimientos musicados y elaboren su propia narración si lo desean y si no, espero entretenerles con el mío. Allá va:

Un hombre, con evidentes cambios de carácter, pero un hombre de palabra. Una mujer y siempre que hay una mujer hay una flor y, más que una flor, todo un vivero de recuerdos implantados en el corazón que derriban aquellos muros que parecían infranqueables. Todo tiene un precio…y si lo pagas, tienes ventaja para conseguir la felicidad. Un pensamiento…y un objetivo final…escrito en lo más alto: en el cielo de nuestro destino.]



martes, 20 de diciembre de 2011

miércoles, 7 de diciembre de 2011

40

[No saben lo que me cuesta publicar esta entrada. He tenido una fuerte disputa con Miguel al respecto. Tiene razón, sí: soy un pusilánime crónico, que cíclicamente se deja llevar por la astenia vital. No serán ajenas ciertas circunstancias coyunturales. La cercanía de la Navidad ha sido siempre barrunto de dolor emocional. No me gusta, por más que haya efemérides en ella que pudieran ser motivo de alegría. Esa presencia masiva de la oscuridad en el día, el frío, la sensación impostada de la algarabía en las calles… Haré un esfuerzo, porque así se lo he prometido. Y también pensando en ti, que supongo que te sigue interesando mi relato.

Luego es posible que congele de nuevo la narración hasta que haya un sol capaz de iluminar otra vez el interés de mi relato. Con todas estas canas encima y sigo siendo un puto inconstante… No me lo tengan en cuenta, por favor]









(viene de 39)

A través de las paredes podía escuchar los sonidos de sus compañeras en su mutuo frenesí. Gemían, y cada uno de sus quejidos estimulaban la líbido de la solitaria Laura. Comenzó a fantasear con grandes y musculosos falos asediando su sexo, acariciando sus muslos, pugnando por penetrar en su boca mientras recorrían su cuerpo sudoroso, y sus manos cedieron ante las acometidas de su propio deseo. Se desnudó apresuradamente y empezó a acariciarse el cuerpo. Notó la tensión en su cuello, la rigidez de sus atléticos hombros, la tersura de sus pechos, la delicadeza de su aureola, la desazón de sus enervados pezones. Se recreó en ellos, rodeándolos con los dedos, empujándolos con ternura, pellizcándolos mientras se estremecía toda, retorciéndose, alambicando su cintura en espera de que unas manos ajenas la tomaran y taponaran la tremenda herida que rezumaba deseo entre sus ingles. Imaginó apostado en la penumbra el cuerpo viril de un hipotético amante para saciar sus anhelos más primarios. Fantaseó que la observaba presto a saciar su deseo, al tiempo que más allá, pero tan cerca, Claire y Cecile jadeaban como perras en celo. Laura podía imaginarlas lamiéndose, chupándose, sorbiéndose, mordiéndose, comiéndose la una a la otra mientras la excitación aceleraba su pulso. Recordó el consolador de látex negro que le regaló un amigo el día de su cumpleaños. Lo guardaba en el segundo cajón del pequeño sinfonier de su habitación. Fue a cogerlo, y al pasar frente a la puerta contempló a sus amigas en el salón. Se quedó quieta, observándolas. Le pareció un espectáculo fascinante, ambas embriagadas de placer mientras sus bocas se perdían una en el sexo de la otra. Sin dejar de mirarlas abrió el cajón y buscó a ciegas, con premura, dentro de él hasta que encontró el falo artificial. Lo sacó, y con el tacto reconoció las gruesas nervaduras de su textura, su generoso tamaño, la suave rigidez de su materia. Recorrió su tallo, rugoso para producirle más placer. Acarició el poderoso glande sin perder detalle de la incruenta batalla que aquellas dos hembras libraban ante ella, uniendo y separando sus cuerpos para componer inverosímiles posturas. Frotaban sus pechos temblorosos. Restregaban sus encharcadas vaginas, ingle contra ingle, mientras convulsionaban las caderas. Gemían, gritaban, se ahogaban en su propio deseo. Y Laura con ellas. Tomó con firmeza el consolador por la base y deseó hincarlo en el coño de sus amigas, follarlas con el falso apéndice empujado con sus propias manos hasta arrancarles el preciado orgasmo. Fue consciente de que ya no necesitaba fantasear con un hombre. La visión de la excitación de sus amigas le bastaba para sentir su sexo bañado por el flujo de su deseo. Quería verlas. No se atrevía a compartir su orgía. Prefería mantenerse semioculta, guardarse para sí misma. Tanteó bajo su vientre buscándose el clítoris. Estaba embravecido y sobresalía desafiante reclamando sus caricias. Se tocó más abajo y Laura percibió sus gruesos labios abiertos, su vulva totalmente lubricada. Se introdujo el dedo corazón. Suspiró, llena de gusto. Se introdujo también el índice. Gimió, quedamente, y Claire descubrió su presencia. A Laura le estimuló saberse sorprendida. Su amiga la miraba fijamente mientras Cecile le practicaba un ruidoso cunilingus. Gimió de nuevo. La estaba llamando, invitándola a compartir la deliciosa locura de aquel momento. Laura sacó los dedos de su sexo y se introdujo la enorme polla ortopédica. Separó sus piernas y empujó el juguete dentro de sí con certera precisión mientras su cintura se cimbreaba al ritmo que marcaban las penetraciones del artilugio. Miraba a Claire porque Claire la miraba, para que Claire no dejase de mirarla. Volvió a gemir y Claire gimió con ella mientras apresaba la cabeza de su partenaire para que no parase de lamer su coño. Nunca había contemplado a dos mujeres gozar y solazarsese de aquel modo. Le gustaba, sí. Quería observar cada detalle, retener cada momento del éxtasis para recrearlo un millón de veces. Le placía y disfrutaba masturbándose mirándolas. Se agachó ligeramente y separó aún más sus piernas en una apertura imposible. Llevó su mano izquierda hacia su nalga y se la amasó mientras Cecile palmeaba con estrépito el culo de Claire avivando sus gemidos. Laura gemía también. Y Cecile, ahogada entre la gelatinosa esencia de Claire. Tres gimiendo, tres gozando. Laura se introdujo un dedo en el ano a la vez que incrementaba la velocidad de las perforaciones en su coño. Gemía y jadeaba. Y ellas ya gritaban, susurrándose obscenas palabras que las excitaban aún más. Se dispusieron una sobre la otra y volvieron a comerse el sexo, ahora con mayor apremio, con infinita fruición. Sus sonidos eran amortiguados, perdidos entre la carnosidad de sus sexos. Clamaban por llegar al cénit, por alcanzar al orgasmo que acabara con aquella dulce agonía de sus cuerpos. Laura cayó al suelo, incapaz de soportar el equilibrio ante los descontrolados envites de sus manos. Se sabía llegando al anhelado climax. Sudorosa, percibía el olor de su deseo. Salado, marino, ácido, acre. Y entonces escuchó cómo se corría Claire, gritando, y cómo Cecile se deshizo, a la vez, gritando aún más. Y ella también se corrió. Al unísono. De menos a más. Se corrió con un sonido abierto, extendiendo su vibración, monocorde y placenteramente. Miró entre la rendija de la puerta. Sus amigas habían empezado una nueva escaramuza carnal. Ella, satisfecha, decidió quedarse ya al margen e intentar dormir. Se metió en la cama. Estaba cansada, ahíta. Ya no prestaba atención a Claire y Cecile. Pero un sentimiento, desconocido para ella, se erigía morboso de entre sus pensamientos. En su universo sexual se había abierto una nueva puerta. Y Laura comprendió que necesitaba conocer qué había más allá de aquel misterioso umbral.


ESTO ES LO QUE NECESITO; AQUÏ ESTÁ A QUIÉN NECESITO, PORQUE TE HABRÄS DADO CUENTA DE QUE NO SOY UN HOMBRE DE HOJALATA