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miércoles, 7 de diciembre de 2011

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[No saben lo que me cuesta publicar esta entrada. He tenido una fuerte disputa con Miguel al respecto. Tiene razón, sí: soy un pusilánime crónico, que cíclicamente se deja llevar por la astenia vital. No serán ajenas ciertas circunstancias coyunturales. La cercanía de la Navidad ha sido siempre barrunto de dolor emocional. No me gusta, por más que haya efemérides en ella que pudieran ser motivo de alegría. Esa presencia masiva de la oscuridad en el día, el frío, la sensación impostada de la algarabía en las calles… Haré un esfuerzo, porque así se lo he prometido. Y también pensando en ti, que supongo que te sigue interesando mi relato.

Luego es posible que congele de nuevo la narración hasta que haya un sol capaz de iluminar otra vez el interés de mi relato. Con todas estas canas encima y sigo siendo un puto inconstante… No me lo tengan en cuenta, por favor]









(viene de 39)

A través de las paredes podía escuchar los sonidos de sus compañeras en su mutuo frenesí. Gemían, y cada uno de sus quejidos estimulaban la líbido de la solitaria Laura. Comenzó a fantasear con grandes y musculosos falos asediando su sexo, acariciando sus muslos, pugnando por penetrar en su boca mientras recorrían su cuerpo sudoroso, y sus manos cedieron ante las acometidas de su propio deseo. Se desnudó apresuradamente y empezó a acariciarse el cuerpo. Notó la tensión en su cuello, la rigidez de sus atléticos hombros, la tersura de sus pechos, la delicadeza de su aureola, la desazón de sus enervados pezones. Se recreó en ellos, rodeándolos con los dedos, empujándolos con ternura, pellizcándolos mientras se estremecía toda, retorciéndose, alambicando su cintura en espera de que unas manos ajenas la tomaran y taponaran la tremenda herida que rezumaba deseo entre sus ingles. Imaginó apostado en la penumbra el cuerpo viril de un hipotético amante para saciar sus anhelos más primarios. Fantaseó que la observaba presto a saciar su deseo, al tiempo que más allá, pero tan cerca, Claire y Cecile jadeaban como perras en celo. Laura podía imaginarlas lamiéndose, chupándose, sorbiéndose, mordiéndose, comiéndose la una a la otra mientras la excitación aceleraba su pulso. Recordó el consolador de látex negro que le regaló un amigo el día de su cumpleaños. Lo guardaba en el segundo cajón del pequeño sinfonier de su habitación. Fue a cogerlo, y al pasar frente a la puerta contempló a sus amigas en el salón. Se quedó quieta, observándolas. Le pareció un espectáculo fascinante, ambas embriagadas de placer mientras sus bocas se perdían una en el sexo de la otra. Sin dejar de mirarlas abrió el cajón y buscó a ciegas, con premura, dentro de él hasta que encontró el falo artificial. Lo sacó, y con el tacto reconoció las gruesas nervaduras de su textura, su generoso tamaño, la suave rigidez de su materia. Recorrió su tallo, rugoso para producirle más placer. Acarició el poderoso glande sin perder detalle de la incruenta batalla que aquellas dos hembras libraban ante ella, uniendo y separando sus cuerpos para componer inverosímiles posturas. Frotaban sus pechos temblorosos. Restregaban sus encharcadas vaginas, ingle contra ingle, mientras convulsionaban las caderas. Gemían, gritaban, se ahogaban en su propio deseo. Y Laura con ellas. Tomó con firmeza el consolador por la base y deseó hincarlo en el coño de sus amigas, follarlas con el falso apéndice empujado con sus propias manos hasta arrancarles el preciado orgasmo. Fue consciente de que ya no necesitaba fantasear con un hombre. La visión de la excitación de sus amigas le bastaba para sentir su sexo bañado por el flujo de su deseo. Quería verlas. No se atrevía a compartir su orgía. Prefería mantenerse semioculta, guardarse para sí misma. Tanteó bajo su vientre buscándose el clítoris. Estaba embravecido y sobresalía desafiante reclamando sus caricias. Se tocó más abajo y Laura percibió sus gruesos labios abiertos, su vulva totalmente lubricada. Se introdujo el dedo corazón. Suspiró, llena de gusto. Se introdujo también el índice. Gimió, quedamente, y Claire descubrió su presencia. A Laura le estimuló saberse sorprendida. Su amiga la miraba fijamente mientras Cecile le practicaba un ruidoso cunilingus. Gimió de nuevo. La estaba llamando, invitándola a compartir la deliciosa locura de aquel momento. Laura sacó los dedos de su sexo y se introdujo la enorme polla ortopédica. Separó sus piernas y empujó el juguete dentro de sí con certera precisión mientras su cintura se cimbreaba al ritmo que marcaban las penetraciones del artilugio. Miraba a Claire porque Claire la miraba, para que Claire no dejase de mirarla. Volvió a gemir y Claire gimió con ella mientras apresaba la cabeza de su partenaire para que no parase de lamer su coño. Nunca había contemplado a dos mujeres gozar y solazarsese de aquel modo. Le gustaba, sí. Quería observar cada detalle, retener cada momento del éxtasis para recrearlo un millón de veces. Le placía y disfrutaba masturbándose mirándolas. Se agachó ligeramente y separó aún más sus piernas en una apertura imposible. Llevó su mano izquierda hacia su nalga y se la amasó mientras Cecile palmeaba con estrépito el culo de Claire avivando sus gemidos. Laura gemía también. Y Cecile, ahogada entre la gelatinosa esencia de Claire. Tres gimiendo, tres gozando. Laura se introdujo un dedo en el ano a la vez que incrementaba la velocidad de las perforaciones en su coño. Gemía y jadeaba. Y ellas ya gritaban, susurrándose obscenas palabras que las excitaban aún más. Se dispusieron una sobre la otra y volvieron a comerse el sexo, ahora con mayor apremio, con infinita fruición. Sus sonidos eran amortiguados, perdidos entre la carnosidad de sus sexos. Clamaban por llegar al cénit, por alcanzar al orgasmo que acabara con aquella dulce agonía de sus cuerpos. Laura cayó al suelo, incapaz de soportar el equilibrio ante los descontrolados envites de sus manos. Se sabía llegando al anhelado climax. Sudorosa, percibía el olor de su deseo. Salado, marino, ácido, acre. Y entonces escuchó cómo se corría Claire, gritando, y cómo Cecile se deshizo, a la vez, gritando aún más. Y ella también se corrió. Al unísono. De menos a más. Se corrió con un sonido abierto, extendiendo su vibración, monocorde y placenteramente. Miró entre la rendija de la puerta. Sus amigas habían empezado una nueva escaramuza carnal. Ella, satisfecha, decidió quedarse ya al margen e intentar dormir. Se metió en la cama. Estaba cansada, ahíta. Ya no prestaba atención a Claire y Cecile. Pero un sentimiento, desconocido para ella, se erigía morboso de entre sus pensamientos. En su universo sexual se había abierto una nueva puerta. Y Laura comprendió que necesitaba conocer qué había más allá de aquel misterioso umbral.


ESTO ES LO QUE NECESITO; AQUÏ ESTÁ A QUIÉN NECESITO, PORQUE TE HABRÄS DADO CUENTA DE QUE NO SOY UN HOMBRE DE HOJALATA

6 comentarios:

Princesa dijo...

Pues nada querido, cuando brille el sol volverá a excitarnos tan magistralmente bien.
El relato de hoy apasionante...

Un beso querido y no se pierda demasiado.

VESTA dijo...

Le diría que no espere a la llegada del sol… debería calentarnos el invierno con sus magistrales relatos… excitarnos y llevarnos al puro estado del deseo…
Besos Milord….

Shang Yue dijo...

sus amigas libertinas le están calentando demasiado los cascos, monsieur
por favor, siga los consejos de Miguel, y salga a divertirse




(querido señor, le propongo un verano astral, encontradizamente comme il faut, ya me encargaré yo de adelantar todos los relojes para salir juntos de este lío de fechas…)
http://www.youtube.com/watch?v=DMCKbIvWhQY&feature=related

Madreselva dijo...

El deseo es inexplicable la mayoría de las veces pero esperemos que Laura encuentre las respuestas que desea.
En breve vuelve la luz caballero...todo pasa.
Besos

Anónimo dijo...

Se acaban de fundir los plomos de mis clavículas.
Le he dicho alguna vez que es ud. único en casi todo? y mi alma gemela musical en la virtualidad?, pues eso.

Besos crepitando por el aire
calmA

http://youtu.be/Uj2by-JQV0o

jUliet dijo...

http://youtu.be/XJp2QESDtWU