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domingo, 15 de enero de 2012

Rayzel y el navegante griego



[Hay mujeres para querer, para mimar, para disfrutar de su sonrisa, para admirarlas cuando andan, para embelesarse con su voz.

Hay mujeres para enloquecer, para soñar junto a ellas y no desear abrir los ojos nunca porque son sensuales, hermosas, pasionales… exquisitas, inteligentes, decididas, aventureras… tiernas y seguras aunque seguramente sean frágiles por dentro como el terciopelo de sus nombres.

Hay mujeres con las que el destino te obsequia tras habértelas hurtado durante toda tu vida, aunque solo sea en el reflejo engañoso de este mundo virtual y paralelo a nuestra verdadera existencia.

Hay mujeres-mujer, que portan su esencia femenina expandiéndola generosamente entre quienes tenemos la fortuna de saber reconocerlas.

Hay mujeres cuyas lágrimas deberían tornarse en el castigo lacerante de quien las haga sufrir.

Sirva este relato, que un día me atreví a escribir para que una mujer así lo continuara, para rendir el homenaje que merece quien con tanto mimo ha mantenido un blog donde la exquisitez de sus propuestas ha encendido la imaginación de quienes hemos visitado su vergel y soñado con ser mirados por sus bellos ojos verdes.

A Lady Rosaida, a quien supongo pasando algún duro lance, para que vuelva pronto a embelesarnos con las narraciones de su delicioso Jardín. Y que la primera de las historias de su retorno sea el complemento y terminación de esta que hoy propongo. Así sea, bella dama.]








"Érase una vez un aguerrido aventurero marino, nacido Eutiques y apelado de Ática por proceder de esa región griega, que en uno de sus múltiples viajes recaló en un exótico país de legendarias riquezas y cuyo gobierno estaba a cargo del Sultán Ayman Al-Akram, llamado así por su reconocida generosidad para con su pueblo. El citado Sultán, al saber de la llegada del marino griego mandó a buscarle con premura, pues sus heróicas andanzas eran bien conocidos por él y Ayman Al-Akram gustaba de agradar a cuántos visitantes ilustres llegaban a sus dominios.

Cuando Eutiques fue informado del interés del Sultán Al-Akram por conocerle no dudó un solo instante en satisfacer la requisitoria del gran señor y una vez que se hubo engalanado para mostrarse aseado y elegante ante su anfitrión, accedió a acompañar a los guardias hasta el magnífico Palacio donde residía Ayman. Tan popular era el griego que allá por donde caminaba despertaba la admiración de quienes le reconocían si eran hombres, y las pasiones si mujeres, pues de él se decía que era navegante tan bravo como fogoso y desprendido amante.

El Sultán había dispuesto un grandioso banquete en su honor, con abundancia de suculentos manjares, los mejores músicos para amenizar el festín y las más bellas bailarinas para estimular la sensualidad de los que a él asistían. La llegada de Eutiques fue saludada con sonoros toques de fanfarria para que nadie quedase sin conocer su asistencia. Comenzaron los fastos entre risas y brindis en honor de tan ilustre invitado. Los manjares corríán de mano en mano y los licores de boca en boca.  Cada comensal, venido de los más remotos confines del reino del Sultán, era atendido por una odalisca, a cual más hermosa. Pero de entre todas destacaba la de Eutiques,  sin duda la más bella entre las bellas sirvientes del Palacio. Su vestido rojo, bordado con miles de pétalos de rosa, se le ceñía al cuerpo resaltando sus poderosas caderas para deleite del bravo marino. Eutiques aprovechaba cada servicio de la odalisca para inspirar el sensual aroma que desprendía hasta el punto de sentirse más embriagado por el olor de la mujer que por los licores que ella le servía. Tanto le enervaba su presencia que el marino, aunque fuera parco en palabras, se atrevió a preguntarle su nombre.

-Mi señor, mi nombre es un nombre prohibido para los labios de los hombres. Pedidme lo que querais, pues estoy aquí para serviros en cuanto os guste pedir, pero no me obliguéis a revelaros mi nombre pues la criatura humana que lo pronuncie sufrirá un terrible castigo durante el resto de sus días.

Tal explicación no satisfizo al marino, acostumbrado a enfrentarse a las más arriesgadas empresas, y prometióse a si mismo averiguar el nombre de la mujer más preciosa y sensual que sus ojos habían visto hasta entonces. Tras los postres de exóticos frutos el Sultán Ayman dispuso que las bailarinas deleitasen a los asistentes con sus atrevidas evoluciones. La odalisca de Eutiques se unió a ellas, y le dedicó al de Ática una excitante danza, contoneando sus caderas y cimbreando su pecho casi hasta conseguir hipnotizar la voluntad del marino griego. Espoleado por la incendiaria visión femenina, Eutiques, hombre rudo, la tomó por la cintura y con un violento movimiento intentó poseerla allí mismo.

-Esperad, mi señor. Seamos cautos, pues aquí, en presencia de todos, no podría mostraros las mejores de mis artes. Acompañadme hasta un lugar más apartado que el sultán ha dispuesto para que tengamos placentero acomodo. Seguidme y os llenaré de un placer jamás imaginado por hombre alguno.

Como es natural, el marino griego no pudo resistirse a la petición y se dejó conducir por su hermosa sirviente. La odalisca le llevó a través de largos y perfumados pasillos, hasta llegar a un recinto suntuosamente decorado, donde cientos de mullidos almohadones constituían un tálamo infinito.

-Es aquí, mi amo y señor. Una estancia dispuesta para solaz de fogosos amantes. Soy tu esclava. Haz de mí lo que desees y dime lo que te satisfaría que yo te hiciera para que pueda complacerte sin demora.

Eutiques sintió tal arrebato al escuchar los apremios de aquella mujer que no pudo menos que aferrarse a su cuerpo para saciar su deseo con el sabor de sus labios. Entregado en el néctar de su boca, volvió a preguntarle su nombre, pues quería proclamarlo al viento cuando fuera a venirse contra sus caderas.

-Dime tu nombre, mujer, para esculpirlo con las embestidas de mi ariete entre tus nalgas.

-No, mi señor. Ya te dije que no es nombre que pueda exhalar ninguna garganta de varón so pena de ser castigado con la ira de Alá.

-¿Qué clase de dios permitiría la contemplación y el disfrute de un ser como tú, negando poder nombrarte? Dímelo al menos para conocerlo, y yo te prometo nunca utilizarlo para llamarte. Soy tu amo. Te lo ordeno.


Ante tal imperativa orden la mujer no tuvo más remedio que ceder y confiar su nombre ante quien le era preceptivo obedecer sus deseos. Entonces habló:

-Mi nombre es Rayzel, mi señor.

Al escucharlo Eutiques percatose de que era el nombre más bello que jamás escuchó y se sintió transportado entre sábanas de pétalos de flor hasta un paraíso cubierto de millones de rayos de sol, mientras que los tallos se enredaban por entre sus piernas hasta rodear su sexo. Abrió los ojos y allí estaba ella, Rayzel, la mujer del nombre prohibido, recorriendo con su boca cada poro de su piel.

-Mi señor Eutiques, mi loado amo, ¿cómo os gustaría que os sirviera? ¿Os gustaría cabalgarme como una yegua mientras me conducís tomando como bridas mis cabellos?

Y mientras esto decía, Rayzel comenzó a desnudarse con inusitada sensualidad. Cada pétalo de su vestido parecía introducirse por su vulva, incrementando la voluptuosidad de su silueta y el tamaño de sus pechos. Con sus brazos le abarcó el torso y tras besarle hundiendo su lengua entre los labios del hombre se separó de él para ponerse en cuadrúpeda postura.

-Vamos, mi señor. Posad vuestra cálida lengua en mi sexo hasta que la ambrosía de mi cáliz se derrame entre mis muslos y entonces lubricad con ella mis secretos orificios para que los embates de vuestra verga y vuestros dedos se conduzcan francos hasta lograr mis gemidos.

Y de la boca de Eutiques salió una enorme lengua, que con extrema dulzura se aplicó a recorrer los pliegues de su flor secreta, libando el sabroso elixir que destilaban las profundas carnosidades de la mujer. Reconoció en su salazón la familiar esencia de todos cuantos mares había surcado y cada lamido era motivo de los más profundos suspiros de Rayzel. Así se entretuvo el marino hasta que la odalisca le invitó a cambiar de tercio.

-Esperad, mi señor. Juguemos a un juego en el que ambos podamos colmar nuestros deseos. Cubramos nuestros ojos con esas telas y entreguémonos a la pasión de nuestras fantasías escuchándonos, oliéndonos sin vernos.


Cegaron entonces su visión con los exóticos retales y así se entregaron al gozo del nuevo juego, dedicándose con inusitada fruición a disfrutarse tan solo percibiéndose por todos los sentidos menos con el que precisaban sus iris de jóvenes amantes. Y fue así como la bella Rayzel, la del nombre prohibido para los labios de varón alguno, le mostró un mundo de placeres desconocidos hasta entonces para el rudo marino."

(continuará, seguro que sí…)



6 comentarios:

Amanteceres dijo...

la seducción se impregna en todas las pieles y el deseo las une.

Un texto exquisito. Felicidades.

Un beso desde mis Amanteceres.

Beau Brummel dijo...

Quiero agradecerle de todo corazón su comentario, Lady Amanteceres. Este texto es un remedo de relato cuyo estilo está torpemente plagiado de la forma de escribir de mi apreciada Lady Rosaida, y me hubiera parecido tremendamente injusto que no hubiera merecido la atención expresada de nadie de los que pasan por aquí en un momento u otro.

Que le haya complacido el comienzo de esta historia es mérito exclusivo de la bella Jardinera y ojalá que si lo lee le sirva para que levante un ánimo que presumo afectado por algún contratiempo de la vida… y que espero pasajero.

Besos y mi agradecimiento más sincero por sus palabras, Lady.

Madreselva dijo...

No sigo su espacio pero sí leí en algunas ocasiones sus relatos y cierto que son magníficamente buenos, sí esperemos que vuelva pronto.
Un maravilloso homenaje a tan bellos ojos, caballero.
Besos azul como el infinito mar.

Beau Brummel dijo...

En efecto: bellos ojos, cuya luz supongo que alumbrará a una bella persona.

Gracias por gustarle mi homenaje, Lady Madreselva.

Besos de índigo azul, cercano y misterioso.

Rosaida dijo...

Muchas gracias, mi querido Beau. Es Usted un caballero, desde los pies hasta la cabeza... un grandísimo caballero.

Me ha encantado su homenaje, aunque no creo ser merecedora de tan brillante joya. Acepte mi humilde agradecimiento que se lo hago llegar desde lo más profundo de mi corazón.

Un beso muy sentido, mi querido Señor Brummel.

Beau Brummel dijo...

Sí que lo merece, Lady Rosaida. Por muchas razones que podría pero, con su permiso, no voy a enumerar.

Acepto gustoso su agradecimiento… y encandilado su sentido beso

Millones de besos, mi Deliciosa Lady.

[grandísimo, desde los pies hasta la cabeza… benditas "figuras" literarias ;)]