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sábado, 7 de enero de 2012

Un hombre con Nick en el alma





El hombre al que le gustaba Nick Drake se encontraba aquella noche rodeado de mar y mostrando una giocondina sonrisa en su desencajado semblante. Tras él, ella le gritaba a su absurda locura tratando de rescatarle de su ensimismamiento fatal. Pero el hombre al que le gustaba Nick Drake no podía ya oir, porque solo escuchaba el dolor de su pena encelada entre formas de mujer. Un paso más. Y otro. Las olas percutían ya en sus muslos, vestidos con los vaqueros de marca italiana. El tacón de sus camperas se hundía en el fondo de arena dificultando el suicida avance. Intentaba no pensar, intentaba no sentir. Había decidido abandonar sus sentimientos en la orilla de su fatal decisión. Por primera vez se creía libre, tal vez porque había resuelto que sería la última. Ella habría de pagar su culpa y el hombre al que le gustaba Nick Drake era el instrumento perfecto para su irreflexiva venganza. Pagaría consigo mismo, llevándose con él el desesparado desgarro de quien tanto había amado. Era cruel, sí, pero ya ni su propia crueldad podía hacerle daño por más tiempo. Había vivido tanto tiempo al amparo voluntario de su figura que se había olvidado de lo que era él, de quien era él. Ella se lo había negado horas antes, le había negado su más preciada categoría, la razón de estar y de ser. Tal vez su coquetería le impidiera darse cuenta del daño que le había hecho. Tal vez sentirse deseada fuera más importante, en ese momento, que todo lo que el hombre al que le gustaba Nick Drake podía sentir por ella. Siempre hay una excusa para cada herida. Y peor aún, siempre hay una excusa para dejar que cicatrice. Pero hay veces en las que dices "¡no!", en las que la sangre te hierve y tomas decisiones extremas. El hombre al que le gustaba Nick Drake tomó la más radical de ellas, la que nunca tendría vuelta atrás…

Habían quedado, como siempre, para iniciar una larga noche de diversión, el preludio de un fin de semana de locura y pasión. Era su vida. Cada viernes se repetía el ritual. Primero un desenfreno sensorial, un cóctel de cena, amigos, alcohol y cocaína. Toda la noche de aquí para allá, en los garitos más de moda e incluso en los más truculentos. El hombre al que le gustaba Nick Drake no tenía límite. Desmedido, no era muy extraño que le acabasen expulsando de alguno de los antros de última hora por meterse un "tirito" en la barra del local. Le daba igual, porque hacía tiempo que todo le daba lo mismo. Era capaz de ver como ella tonteaba con todos, cómo era el objeto de deseo hasta de sus amigos. Se daba cuenta sí y trataba de ocultárselo a si mismo tras cada copa de bourbon, tras cada línea esnifada. Sentía que estaba tocando fondo y aún así era incapaz de reaccionar. Estaba atrapado en su desidia y gozaba maltratándose. Luego conducían por una carretera infernal hasta llegar a su refugio. Allí el hombre al que le gustaba Nick Drake se entregaba a ella con el ímpetu del amante que atisbara su final. Le gustaba desnudarla poco a poco, su sexo contra las nalgas de ella, lamiendo su dorso centímetro a centímetro, saboreando cada poro de su hermosa espalda. Le gustaba percibir los pezones de sus pequeños pechos endurecidos con el tacto de sus dedos y juguetear con ellos hasta arrancarla los primeros gemidos de placer. Le gustaba mordisquear su cerviz mientras ella se levantaba la rubia melena ondulada hasta dejar la nuca expedita para su boca. Le gustaba morderla primero y luego deslizar su lengua hasta el lóbulo de su oreja y comerlo poco a poco a la vez que ella se estremecía de placer. Le gustaba susurrarla al oído lo mucho que le gustaba su cuerpo, con sus manos perdidas buceando nerviosas bajo sus pequeñas braguitas de algodón. Le gustaba meterla mano, sí y restregar su verga endurecida contra ella. Le gustaba oirla pedirle que siguiera, verla girar su cabeza para encontrar su boca para comérsela con ansia. Le gustaba colocar su sexo entre sus piernas y sentir la humedad que rezumaban sus muslos. Le gustaba deslizar su glande descapullado por sus labios encharcados mientras estimulaba su clítoris con una de sus manos. Le gustaba percibir el vaiven de sus caderas, la agitación de su vientre con cada uno de sus besos. Le gustaba terminar de desnudarla mientras se sentían excitados a través de su piel. Le gustaba que ella le tomara de su polla con firmeza y le obligase a sentarse sobre la cama aún sin deshacer. Le gustaba que se la introdujera lentamente entre sus piernas y comenzara a gemir sacudiéndose golosa. Le gustaba que le cabalgara, que se ofreciese gustosa a sus obscenas caricias en sus senos. Le gustaba comérselos con frenesí, chuparle los pezones como si fueran la delicia más exquisita que nunca hubiera probado. Le gustaba ver cómo iba llegando al orgasmo, poco a poco. Le gustaba su pelo en la cara, sus manos en el culo, su polla dentro. Le gustaban las manos de ella rasgándole la espalda mientras hundía su lengua en la garganta. Le gustaba su estruendosa forma de correrse, jadeando, gritando, convulsionando todas las partes de su hermosa anatomía. Le gustaba como ella luego le tomaba su verga con las manos cóncavas y recibía el latigazo de su esperma con los labios entreabiertos.  Le gustaba ver sus ojos verdes resplandeciendo entre sus cabellos dorados contemplándole ahíto. Le gustaba sí. Al hombre al que le gustaba Nick Drake también le gustaban las cosas que ella le hacía y que él le hacía a ella. Le gustaban tanto que era capaz de olvidarse de todo lo que no le gustaba. De todo, incluso de lo que no le gustaba de ella. Así era su vida, la vida que le gustaba, la vida que era más vida porque era más querida y deseada. Y tanto le gustaba que tras un polvo se enzarzaban en otro, y otro más hasta que les faltaba vida para tanto placer.

Lo que nunca se preguntaba el hombre al que le gustaba Nick Drake es si la amaba, por más que le gustara como mujer. Y lo que nunca quiso preguntar era si ella le amaba… o si él le gustaba como hombre hasta morirse de deseo.

El hombre al que le gustaba Nick Drake se encontraba aquella noche rodeado de mar. Sonreía, sí, porque ya no temía a la perpetua sensación de poder perderla. Había tomado una decisión dolorosa que a él ya no le dolía. Detrás, su nombre gritado en un estertor futil. Pero él solo tenía una canción de su querido Nick en la cabeza y la oía, sereno, entre el coro de olas que penetraban en su cuerpo arrullando su vacío.




[Y a quién no podría gustarle Nick. Una pena que él no se gustara a si mismo. Víctima de fuertes depresiones y sufriendo de insomnio crónico fue capaz de crear un universo sonoro preciosista como pocos. A su muerte su amigo Johm Martyn, otro de los grandes, le compuso una de los epitafios musicales más bonitos. Su música, pergeñada a finales de los 60, es todo un curso de belleza intimista y perfección casi enfermiza. Si no le conocen, búsquenle en alguien de quienes le rodean. Aprenderán a amarle, y estoy seguro de que hasta les gustará. Luego miren de qué color es la luna…]

2 comentarios:

calmA dijo...

Y es que el placer y las preguntas nos llevan casi siempre al éxtasis, a veces mejor desconocer la respuesta.

Se ha salido caballero, con este texto casi apocalíptico, como a ud. le gustan algunos besos, yo le dejo unos cuantos por ahí para que juegue un rato con ellos.
Grande ese Nick Drake, casi tanto como ese hombre al que le gustaba más.

Su Lady clavicúlada.

Beau Brummel dijo...

Perdone que no le haya contestado antes, lady calmA. He estado disperso, gozando de algún exquisito momento regalo del destino que me ha impedido responder sus amables palabras.

Tiene razón: es mejor dejarse llevar y (pre)sentir el éxtasis que conocer ciertas respuestas que nos hunden en el lodo de nuestra infelicidad.

Y muy grande Nick. El otro hombre… simplemente sobrevivió a su tentativa porque una mano mágica alcanzó a sacarle de su tremendo error. Va a ser que tenía mucho por vivir, y sentir… por más que alguna respuesta se le clavase como una daga traicionera en su autoestima.

Besos, con atraso, pero igual de intensos, Lady.