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jueves, 31 de mayo de 2012

SUCIO (3ª parte)




Con mi boca entre tus piernas estás a la merced del capricho de mi lengua. Estás lista para sentir su cosquilleo. La recibes con un murmullo prolongado y melodioso, onomatopeya del placer que te recorre internamente. Dices "sí", "así" y me pides más. Sabes que voy a darte todo. Todo hasta saciarte, nena. Hasta la misma vida si fuera necesario.

Si me ordenas que te ame te amaré hasta que las llagas de tu ausencia me laceren. Porque tú, licantrópica vestal de mi deseo, vampirizaste mi alma con el dulce veneno inoculado por tus ojos de hechicera. Me miraste y ya fui tuyo, para ti hasta que me quede un segundo de existencia, hasta que el hálito postrero exhale mi última gota de energía. La energía que pongo en lamer la savia que rezuma la flor de tu gineceo femenino, la organza que viste el camino alentado por tu gemir precipitado. Te bebo como un perro sediento, hollándote con suavidad al penetrar tus "¡ay!" con el músculo oral por excelencia. Dame ritmo, nena, que voy a cantarte por suciedades y tú vas a corearme con tus "quejíos". Y que me gustas así, entregada al capricho de mis fauces.

Voy a devorarte, nena. Te paladeo poco a poco. Eres bocado de los dioses. Tan sabrosa como la sazón de tus caderas de hembra prodigiosa. Te gusta, sí, te está gustando mi manera de catarte. Me sabes excitado, con el miembro agitándose celoso por no ser él quien horade tu entrepierna. Eres el placer en tu sonrisa. Te miro de reojo para contemplar tu semblante enardecido. No quiero soslayar ni un detalle del paisaje volcánico que vislumbra mi mirada. Tienes los ojos cerrados, para que no se te escape ninguna fantasía y poder gozarlas todas. ¿Qué imaginas, nena? Quizás ese macho poderoso que turbaba tus adolescentes noches estivales, cuando te acostabas desnuda fantaseando con tus dedos emulando el asedio de los falos que adivinabas bajo las cinturas apretadas de los bañistas de las playas de tus sueños. Ese sátiro fornido que tomaba tus muñecas para forzarte, embrutecido, mientras tú le esperabas negándole impostora. Abierta como ahora, aguantando los empujes de mi boca, los mordiscos calculados de mis dientes en tu perla clitoriana. ¡Qué bien sabes, nena! Sabes a las especias milenarias que dan gusto a placeres desbocados. Sabes y conoces el secreto de este juego. Yo agito mi lengua y tú agitas tu flexible anatomía. Y cabeceas, negando, dicendo "no pares".

No voy a parar y tú lo sabes. Es la recta final, tu respiración me lo adelanta. Sudo. Soy un galeote bogando en el mar de tus gemidos. Los sonidos de tu agonía me espolean. Nacen de ti para obligarme a darlo todo de mi parte. Retrepo con mis manos para pellizcarte los pezones y noto las contracciones de tu vientre. Pequeños movimientos que denotan tu venida. Tranquila, nena. Que no te pierda el ansia. Disfruta todo lo que quieras, que aún me quedan fuerzas para hacerte volar en el firmamento de tus sensaciones más lascivas. Por un momento cancelo el meloso cunilingus y con mis dedos acaricio la milhoja de tu sexo rasurado. Lo contemplo con un nudo en la garganta, comprendiendo lo que Stendhal experimentaba al contemplar una obra bella. Estas hermosa reclamándome de nuevo, tomándome la nuca con tus manos para colocarme tus labios silenciosos en mi boca mientras, despacio, contorsionas tu cuerpo con suaves balanceos.

Vamos allá, nena. Voy a anclarte bien con mis brazos enlazados en tu vientre, que ya llega el maremoto. Abre las aletas de tu nariz griega, boquea rápido para inspirar el vayven de tus jadeos. Arría las pestañas de tus ojos, que llegamos a buen puerto. Tu vulva busca mi roce, insaciable. Y mi lengua te encuentra, derviche girando genital y ensimismada. Sucio, nena. Sucios movimientos alocados en tu sexo. Sucias caricias bucales. Sucios lamidos entre la humedad salina y resinosa. Ahogo un murmullo y tu lo oyes. Te contraes toda para expandirte pronto en un grito abisal y enloquecido. Serás la soprano de un aria enardecida, subida en lo más alto de la escala musical de tus orgasmos. Ya llegas. Ya vienes. Te curvas, te tuerces, te enroscas… vas al vacío. Te quedas suspendida, por un momento, sintiendo el vértigo anhelado. Puedo verte, preparada para proyectar en el espacio todo el placer madurado en este encuentro, macerado entre tus muslos trabajados por mis manos. Y, de repente, te presentas tonante voceando tu clímax rasgado con estrépito. Ahora sí, ahora eres la emperatriz de mi suciedad más querida, la que me provocas al pensarte para mí, mi zorra ansiada. Bramas desaforada, poseída por el fuego de las imágenes que mi relato dibuja en tu inconsciente.

Te corres despacito, oxímoron lingüístico, acentuando la prosodia en cada espasmo, repitiendo mi nombre mordido entre susurros…


…pero todavía no he terminado. Déjame que siga jugando, que hoy estoy en racha y quiero hacer saltar la banca de tu azar concupiscente…


(dedicado a Lady XIII, para que la presión no le ciegue el conocimiento. Y a ti, porque tu conocimiento abrió de par en par los ojos de mi pasión)




OTRAS 10 CANCIONES MÁS

jueves, 17 de mayo de 2012

SUCIO (II)




Bien nena, la situación es esta: tú marcando el norte del deseo y yo navegando en manual por el húmedo sur de tu imperial morfología, mientras me aplico, con la lengua, a surcar tu epitelio femenino. Trazo el rumbo con cuidado: no quiero todavía provocar el maremoto de tus oceánicos orgasmos. Me pides candela. Pero yo, gatita, yo marco el tempo de esta apetitosa sinfonía. Yo tengo la batuta, ¿recuerdas?, y tú interpretas la impúdica melodía. Nota a nota, sincopada y jadeante. Allegro ma non tropo, pero llegaremos al allegro prestissimo… con fuoco.

El fuego de tu cuerpo, nena. Ese fuego incombustible que me quema poco a poco llevándome hasta el éxtasis de tu celestial infierno. Y yo sucio, con mi tacto perfilando los límites de tu sexo, surfeando el suave oleaje de tu pubis depilado. Llego con los dedos y aparto con delicadeza el encaje del tanguita. Ahí está la seda de tu vulva, la senda de mi verga, la boca que silente espera ser besada por mis labios. Deslizo mi mano buscando su hálito tórrido y viscoso, signo inequívoco del deleite que recorre tu interior, y es tu sexo el que, solícito, me encuentra. Eres hembra en felina compostura, loca por sentirme en tus entrañas. Preparo el corazón para horadarte con el dedo y el otro corazón palpita enloquecido. Bum-bum, bum-bum, bombeando dulces latigazos de placer que cimbrean la dureza de mi falo agigantado. Te agitas quedamente, liberando un mordido quejidito de tu boca. Yo no aflojo: te permito el contacto de tus nalgas con mi verga y al sentir el beneplácito de las contracciones de tu vientre entro a profanar tu esencia con la daga de mi dedo. Lo acusas. Un suspiro nacido de tu lujuria reprimida. Esperas más. Me esperas, nena, ronroneándome golosa, deseando solazarte, tan bella como obscena, entre mis brazos. ¡Bendita emperatriz concupiscente! Te veo abrirte, sudorosa, provocándome con el crepitar de tu apetito de bocado masculino. ¡Excitate, nena! Soy todos los hombres que has deseado en tu vida, soy cada uno de sus cuerpos musculados imaginándolos en el mío. Soy una turba de falos acosando tu insaciable lujuria. Escúchame susurrarte sucio y empalmado. Nena, eres tan deliciosa… Sí, lo eres, hermosa como una puta enamorada, liberada y ardiente como un polvo veraniego retozado entre la arena de una playa solitaria. Nena, nena, nena… alambica tu figura al compás de mis caricias. Así, nena, siguiendo el dictado de mi dedo, el corazón que apunta al centro de tu vulva. Comienzas a bailar la danza pélvica, el ritmo que te pone embravecida y me lames la mordaza de mi mano. Gimes y te contoneas. Y buscas mi fantástica erección para tenerla aprisionada. Y me introduces tu mano por la oquedad de mi disfraz para sacarla entera. Está espléndida, ¿verdad?, justo en el punto que a ti más te gusta: al dente… de tu boca. Me estremezco y emito un murmullo placentero. Así, nena, toma mi alfange arqueado y empúñalo con tiento, que no quiero irme en un descuido. Mímalo que aún te ha de dar mucho de lo que te place. Mécelo con destreza, prodúceme ese hormigueo que me vuelve una bestia incontenible. Te lo acercas a tu coño, que ya es gruta resinosa rezumando la miel de tu lujuria. Poco a poco, nena. Haz que me inunde poco a poco del calor de tu deseo. Primero el glande, abriendo el camino sin retorno. Y luego te deslizas hasta el fondo hasta solapar tus nalgas con mis ingles. Te obligo a que te agaches y tomo tus cabellos como bridas. Soy el auriga de tu celo, nena. Emprendamos la marcha hasta el destino jadeado, chasqueando tu trasero con mi polla, azotándolo mientras te penetro desbocado. Márcame el trote con tus gritos, pide que acelere mi cadencia. ¡Dios, nena! ¡Dios! Ningún humano ha probado placer tan divino como el de tu cuerpo en el mío. Sudas. Sudo. Gimes. Sucio, nena y tú me sientes, canalla, viril y solo tuyo. Me pides y te doy. Y quiero morir por darte todo. ¡Nena, nena, nena! Vas a matarme de placer. Voy a morirme entre tus piernas… No, espera: quiero ver cómo agonizas tú primero. Voy a comerte despacito hasta que te deshagas en halagos. Sí, nena. Tú primero, que es así como me gusta.

Y me acoplo con mi boca a tu flor plena de tu escarcha lubricante, separando , exquisito, cada pétalo carnoso con mi lengua. Gozarás te lo prometo. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad gatita linda? Gozarás, minina mía. Gozarás hasta maullarme como nunca.


10 CANCIONES MÁS

miércoles, 9 de mayo de 2012

SUCIO




Sucio, nena. Me siento sucio. Envilecido buscando los resquicios de tus besos en mi boca, cobijado tras el silencio pegajoso de la noche. Sucio de tanto sobar el recuerdo de tu cuerpo sudoroso resbalando entre el vello de mi pecho. Sucio, sí, llevado de la mano de tus labios cuando me suspendes en el vacío que presiente la sacudida de mi sexo al contacto con tu lengua. Así me siento ahora, nena y tú estás tan lejos que te perderás el volcánico desparrame de mi esperma masculino. Sucio…

Escucha, nena: vamos a jugar a un juego. Vístete con esa lencería sugerente que tan bien te queda y ponte cómoda. Imagínate mi voz, profunda y varonil, desgranando una a una estas palabras, penetrando en tu cabeza hasta hollar el neocórtex. Relájate mientras me enfundo en el látex negro de seductor enmascarado que no esconde la intención de mi contexto. Ya llego hasta tu lado, sigiloso para frotarme contra ti, furtivo y depravado. ¿Me sientes? No te des la vuelta. Voy a tapar tu boca con mi mano mientras con la otra recorro el perfil de tu silueta. ¿Te gusta? Sí, claro. Te gusta sentir ese desasosiego del qué-me-pasará-ahora. ¿Qué voy a hacerte? Tú ya lo sabes. Mi mano en tu pecho, amasándolo. Es tan delicado… Lo tomo por la base, lo aprieto repetidamente y busco su cima. Tu pezón me espera y cuando lo alcanzo emites un gemidito que te delata. Sí, te está gustando. Y a mí que a ti te guste tanto. Me recreo palpando su dureza consistente, resistiéndose a la presión de mis dedos juguetones. ¿Te gusta? Ese ronroneo es un sí, ¿verdad? Sí, lo es…

Vamos, sigamos con el juego. Estoy tumbado justo tras de ti. Tú no puedes verme, pero puedes sentir la calidez de mi aliento en tu cerviz. Mi mano ahogando tus gemidos; la otra dedicándose a tus senos y mi boca haciéndose presente en tu nuca. ¿Qué voy a hacerte ahora? ¿Lamerte? Sí. Empezaré en el cuello y deslizaré mi  lengua por la línea dorsal  de tu espalda. Te advierto que va a erizársete la piel de la sensación tan placentera. Ya sabes que soy un maestro con la boca. ¿Lo sientes? Te lamo y te estremeces. Ahora soplo con suavidad para admirar cómo se contrae cada poro de tu piel suave. Despacio, sí. Empiezo a estar muy excitado. Quiero acercarme para que sientas mi sexo entre tus nalgas, pero todavia no… todo a su tiempo. Veo que te has puesto mi lencería favorita. Tu recreación de solícita nurse es realmente deliciosa. Voy a abandonar el norte de tu anatomía para dedicarme al sur, que, nena, tiene una pinta estupendísima. Levanto la faldita y mis dedos enloquecen con el tacto de tus glúteos. Son tersos porque tu madurez es exquisita. Aparto el lindero de la ínfima tela del tanguita que separa ambos lados de tu sabrosa retaguardia. ¿Estás lamiendo los dedos que flanquean tu boca? ¡Extraordinario! Te gusta que te goce así. Te gusto sucio, nena, jadeando ansioso comiéndote la oreja. Y tú me gustas a mí así, rendida a mi voluntad acanallada.

¿Quieres que siga? Solo lo haré si me lo suplicas… hazlo, anda: pídemelo porque yo no deseo otra cosa más en el mundo, gatita mía.