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viernes, 28 de septiembre de 2012

CIENTO DIEZ Y SEX



Cuando bajaba del autobús siempre quedaba su aroma dentro de ella. Todo el trayecto percibiendo los empellones del deseo furtivo de aquel estudiante cotidiano en la diana de sus nalgas tenía el premio de sentirse hembra. Día sí y día también él la buscaba entre apretones; ella se dejaba encontrar. Luego, el fin de semana, y su cuerpo echaba de menos las jóvenes manos explorándolo temblorosas tanto como él extrañaba su calor de mujer madura en la entrepierna. Eran anónimos amantes transportados en la hora punta de sus vidas.

Hoy llora frente al anuncio de apertura del “metro”: intuye que nunca menor distancia será mayor obstáculo para volver a excitarse con el estudiante… de su anatomía.


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Hace tiempo propuse a mi admirada Susana Moo construir un proyecto de relatos cortos cuyo denominador común fuera el erotismo y la peculiaridad de estar redactados en 116 palabras, ni una más ni una menos. No le pareció mal, pero el caso es que la idea no terminó de cuajar. Ahora, con su permiso, lo retomo porque me parece una bonita forma de alejarme dejando un legado en el que pueda perpetuarme de la forma que más me gustaría: junto a todos los que alguna vez han participado en mi casa, ya sea dejando su comentario o simplemente leyendo mis relatos.

Si se animan, escriban su relato a cientodiezysex@gmail.com e iremos construyendo un blog… juntos. Y si no… pues… espero que la vida no me ahogue y que volvamos a encontrarnos porque pueda dar continuidad a alguno de mis proyectos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

SUCIO IV, 2





Sí nena, por fin estás dentro de tu sueño. Yo te lo regalo porque tú antes me has regalado todo mi onirismo inconfesable. Me miras, primero, pero no puedes evitar centrarte en el paisaje que inesperadamente te circunda. A saber: cuatro machos, bellos y musculados, acarician sus vergas de acero mientras, ávidos de tu carne femenina, te recorren con su mirada. Tienen la cara oculta, porque pensé que no era su faz lo que más te interesaría de ellos. Míralos, nena. Son hermosos, atletas de cuerpos perfectos. Mira sus falos arqueados, cómo adoran sus manos la inmensa dureza de su hombría. Míralos bien, la líbido quemándoles por dentro esperando vaciar su lechoso jugo observando cómo me devoras poco a poco. Contempla impúdica sus glandes encendidos y brillantes, resistiendo recios el frotar fogoso de sus manos. Fíjate en el sordo cascabeleo de los testículos bailando en el frenético ajetreo onanista. Escucha sus jadeos, sus cánticos sexuados resonando a lo largo de la estancia. Morboso ¿eh?Tranquila, nena: no te tocarán. Tan solo te admirarán mientras gimen envidiando que yo sea tu elegido. Pero a ti te gusta su presencia, te excita saberlos entregados a desearte. Sin apartar tu mirada de sus evoluciones buscas mi entrepierna y al sentir tu mano buscando mi erección no puedo ocultar el placer que me produces. Nena, un subidón de adrenalina sacude mi cintura y la curvo hacia delante para notar el contacto con tus dedos. Te tomo del cuello y te beso con gula, barrenando tu boca con mi lengua, sinécdoque anatómico de mi apetito por tu cuerpo. Tú, afanosa, te aferras a mi ariete palpándolo sobre el denim de mis jeans azules. Libéralo, ya, nena. Su hinchazón es tan poderosa que ya empieza a doler la esclavitud de mi bragueta. Parece que entiendes mi mensaje sin palabras y empiezas a desabrocharla, recreándote en la faena. Me encanta que me metas mano y te lo demuestro gimiendo al confluir tu tacto y el tamaño de mi verga. Babeo, lamo tu nariz chata, beso tus párpados, muerdo tus labios. ¡Dios! ¡Cuánto me gustas así, dama y zorra entre mis brazos!

Ahí están todos, luchando por no desbordarse antes de tiempo y poder disfrutar de cómo trabajas mi deseo, de cómo lo empuñas acariciándolo melosa hasta llevarlo a su límite vertical absoluto y entonces engullirlo entero sin remilgos. Sí, nena: tienes una garganta de terciopelo, presta a servir de refugio y arropar a mi músculo enhiesto. Cumplidamente te me comes mientras me aferro a tu cabeza para no perderte ni un instante. Los ruidos de tu gola me enloquecen, tus jadeos enloquecen a nuestros invitados y tu enloqueces con sus gemidos: todo un círculo vicioso. Les miras y pareces quedarte prendada del magnífico espectáculo de sus cuerpos perlados por el sudor de su masturbación constante. Te enciendes y comienzas a lamerme los testículos mientras agitas mi sexo por la base. Casi no soy dueño de mis actos. Estoy a punto de cruzar la frontera del dominio. Comprendo que es ahora el momento de darte otra sorpresa, nena: algo inesperado de lo que esta vez disfrutaremos ambos.

De entre los titanes surge una nueva presencia, una silueta que avanza con maneras sinuosas, marcando poco a poco cada paso para exhibir con firmeza su rotunda exuberancia. Es una mujer desnuda, una hembra morena racial y cuajada de carnes apretadas, vulva rasurada, senos firmes y caderas de ensueño. Se acerca hasta nosotros como pidiendo permiso para añadirse a nuestro festín. Yo se lo doy, porque sus ojos negros me han dado el santo y seña para entrar en este sueño. Te miro esperando tu anuencia, el beneplácito que confirme que te complace compartirla. Te vuelves y tu mano captura su brazo atrayéndola hasta que vuestros pechos hacen contacto. Empiezas a comerle la boca y vuestras manos pululan sin pausa hasta perderse en el sexo de la otra. ¡Dios, nena! ¡Qué espectáculo!

Dos vestales, dos diosas dispuestas a servirme de delicias, a entregarme solícitas lo mejor de su lujuria desatada. Yo ardo, me abraso mientras contemplo vuestros cuerpos enlazados. Me toco la verga, absolutamente elíptica porque sabe lo que vais a darle en breve. Elucubro en cómo me vendré contra vosotras y cualquiera de las posibilidades me pone al borde del orgasmo: en vuestra cara, en vuestra boca entreabierta para recibir el latigazo de mi esperma, en vuestros pechos, en vuestras nalgas… dentro, fuera de vosotras, pero siempre como receptoras de mi viril fluido. Me miras, nena, mientras tu compañera se agacha para lamer tu perla sexuada, y me invitas a participar de vuestra orgía. Allá voy, gatita…



Para gustos están los colores y yo no se si elegir el blanco o el negro. ¿Me ayudan, por favor? A mí el regaliz me vuelve loco, pero la sofisticación femenina…

sábado, 8 de septiembre de 2012

SUCIO IV (LA VIDA EN ROSA)





Hola, nena. ¿Qué tal estás? ¿Lista para olvidar los sinsabores de la vida y dejar, otra vez, que te penetren mis fantasías buscando el punto G  de tu cerebro? Prepárate, gatita. Quiero sentir la calidez de tu sexo en mis dedos mientras apuro la humedad de tus besos de la comisura de mis labios. Quiero que vuelvas a explotarme entre las ingles, que desgarres de nuevo el silencio con el aria de tu orgasmo y retener esos momentos en mi recuerdo para siempre.

Hoy vamos a jugar un juego nuevo. Vamos a abrir la puerta y dejaremos entrar a que nos miren, que nos vean apurar nuestros jadeos y contemplar el vals de nuestra cópula infinita. Yo se que te gusta, nena. Sentir otros ojos acariciar cada gemido codiciando la fiebre de tu cuerpo. Venga, cielo, acompáñame en esta travesía a las entrañas del sexo más lascivo. Adentrémonos sin dilación en las tierras del placer inconfesable. Acompáñame, amante mía…

Construyamos el escenario idóneo: una estancia iluminada por mil velas aromáticas, un lecho esperándonos abierto y un enorme espejo en el que proyectar las volcánicas posturas de esta orgía imaginada. ¿Estás dispuesta, nena? Pues vamos, perdámonos en la sinrazón atormentada de la impudicia clandestina. Agárrate a mi texto enardecido y dejemos volar nuestras pasiones a través de este tiempo imaginado.

Ahí estamos tú y yo, de nuevo, después de tanto tiempo. Conservamos vivo cada momento del pasado. Nos sabemos entregados, locos por sudar todos los sueños. Te miro fijamente a los ojos, faros que señalizan las lindes de tu cuerpo. Tú me devuelves la mirada y en ella preveo el placer que alcanzaré al perderme entre tus besos. Tus besos, nena. Es fundir tu boca con la mía y una fuerza hercúlea se apodera de mis actos, transitando como un autómata por la senda de tus susurros. Tu boca son mis brazos encordándote para sentir cada parte de tu cuerpo, mis manos bailarinas danzando toda mi excitación cuando te surcan a través de tu vestido. Tu boca es mi lengua jugando entre tus labios, tus labios mordidos por mi boca, mi lengua cabalgando con la tuya en mil húmedas cabriolas. Tu boca es  respirarte y que me comas, el calor de cada beso entre murmullos, el sabor de tu voz cuando pides que te folle.

Poco a poco nos consumen nuestras prisas. Nos lamemos. Empezamos a ser animales poseídos por la fuerza incontenible del dios Eros. Te despojo de la blusa, recreándome para contemplar tu exquista lencería, zaína como el azabache que adorna tus regios lóbulos de mujer diosa. Paso mis manos por sus copas, seguro de que más tarde beberé de su preciado contenido. Presiento tus hirsutos pezones clamando por encontrarse con mi tacto. Te miro, intenso, y en tu rostro se dibuja una pícara sonrisa que denota que te gusta. Tu nariz se hincha, tu pecho se expande y se me hace presente para que no deje de acariciarlo. Me gusto en el lance y me coloco tras de ti para abarcar ambos frutos con el cuenco de mis manos. Tú, entonces, me ofreces tu cerviz nacarada para que deposite en ella los roces de la carne de mis labios. Lengüeteo juguetón y luego soplo con suavidad para ver cómo levemente te contraes mientras con dulzura exhalas un suspiro. Inclinas la cabeza y yo repito. Ahora hundo mis dientes como si fuera un licántropo insaciable. El aroma de tu piel me embriaga, me estimula hasta convertirme en un sátiro infinito. Llego ávido de ti hasta tu cintura y te quito la falda con premura. Déjame que te vea así, cómo tu figura realza la sugerente lencería que te adorna como una diosa irresistible. No sabes cuánto me provocas, nena. No sabes lo que me enloquece verte así, pero seguro que por el tamaño de mi falo puedes hacerte una idea aproximada.

Raso en tus senos, rosa en tu sexo de muselina, seda en tus piernas de regia mesalina. Eres mi perdición, mi dulce hembra, mi amante bravía. Estás tan hermosa que temo ultrajar la perfección de este momento. Pero el ansia de verte desnuda me corroe y desarma mi laxa voluntad de hombre en celo. La caída de tus pechos es una delicia. Me los ofreces y yo acudo solícito a venerarlos con mi boca, con mis manos, con todo mi rostro restregado por tu torso. Y llega el instante más soñado al retirar parcialmente la tanguita que orna la mediana entre tus muslos. Tu sexo depilado es la mejor de las visiones, la perífrasis carnal de tu yo más exquisito. Con suavidad separo sus labios y presiento su humedad en mi tacto: se me hace la boca agua porque va llegando el momento de catarte. Pero por ahora tan solo besaré sus pétalos, flor mía.

Todo parece discurrir por el sendero otras veces recorrido, pero esta vez, nena, te tengo preparada una sorpresa. Necesito que colabores conmigo y para ello te invito a que permitas que oculte tus ojos de hechicera bajo una satinada pieza de tela negra y así amordazarte la mirada. Tú te avienes, por supuesto, porque sabes que este juego te gustará sobremanera. Te vendo y percibo la inquietud en los movimientos de tu cuerpo. Me tomas de la mano, asiéndote a ella como boya en mar abierto, para no perderse en el océano. Y a mí me gusta, claro. Me gusta pensar que por una vez pueda ser tu referencia, nena, tu cabo para no caer al vacío. Mueves la cabeza, rastreando esos leves movimientos que detectan tus oídos, ese olor a macho que percibes de repente. Te susurro mi deseo hecho salmodia lujuriosa mientras mordisqueo con fruición tu oreja, tu cuello, tus labios, tus pechos… lamo tus pezones con denuedo mientras mis manos te recorren palmo a palmo. Primero en un sentido; luego en otro. Llegan ansiosas hasta el premio de tus ingles, locas por penetrar en el nacimiento de tu esencia femenina, por los juegos previos con el carnoso cancerbero que guarda ese camino. Cuando sientes mis dedos acunarlo esbozas con tu boca un gemido y la estancia se llena de inesperados jadeos. Yergues tu cuerpo: has reconocido el murmullo y enloqueces. Tus pezones se aprietan, se eriza tu piel, tus músculos contraen tu figura haciéndola más esbelta, si cabe. Sonríes, nena, privada de visión y ciega de deseo. Te pregunto si quieres ver lo que imaginas y tú asientes. Tienes la respiración entrecortada, expectante y nerviosa por lo que aparecerá ante tus ojos. Poco a poco, beso a beso, dejo libre tu visión: ahí está tu fantasía, toda para ti. ¿Te la esperabas?