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miércoles, 6 de febrero de 2013

Un brazo y más allá…


"Shame", una reflexión sobre el interior de nuestra intimidad



A Miguel le llamó la atención el atractivo tono de su piel. Era un brazo hermoso: terso, estilizado y bien formado. Mientras observaba su enigmático ir y venir pensó que le gustaría saber a quién pertenecería. Repasó mentalmente el vecindario, pero no encontró a nadie que pudiera ser la afortunada dueña de aquella perfecta metonimia  femenina. El brazo volvió a aparecer en escena para cerrar el armario y entonces Miguel pudo ver con claridad el perfil de una espalda  plena de sol que culminaba en una larga pierna, prieta y torneada, cuyo dintel era una nalga en la que el bronceado había dibujado la silueta de la braguita de un sugerente bikini. Una sacudida de placer recorrió el cuerpo de Miguel. Repentinamente se sintió absolutamente despejado y atento a lo que estaba contemplando. La consciencia de la desnudez de la mujer penetró con fuerza dentro de él y quedó paralizado esperando ansioso las evoluciones de la insospechada y placentera visión. Apoyado en el alfeizar de su ventana no era consciente de que él también estaba desnudo hasta que sintió cómo su miembro tropezaba en su bombeo con el frío cristal del cuarterón inferior que la remataba hasta el suelo. Estaba excitado, mucho, y sintió la fuerza de su erección como hacía años que no la sentía. Posiblemente desde que empezaron a ir mal las cosas con su exmujer. La recordó jóven y desnuda: el azabache de sus cabellos sobre su generoso pecho envuelto en la seda y el encaje de la lencería con la que tanto le gustaba exhibirse para jugar con él. Sabía que ese recuerdo estimularía aún más su frenesí y no lo evitó. Laura era una hermosa jóven cuando la conoció. Hembra de hechuras rotundas, bien formada y elegante. Bella e inteligente, apenas le quedaban, entonces, dos cursos para acabar la carrera de Derecho con extraordinaria brillantez. Nadie comprendía el motivo por el que aquella "diosa", capaz de sobresalir en cualquier disciplina, había sido capaz de prendarse de un bohemio de incierto futuro como Miguel. Él tampoco y en su inconsciencia se dedicó a consumirla poco a poco hasta que ella, cansada madre y hembra harta de sus desplantes, decidió un día no ocultarse más tiempo los amoríos de Miguel con Olga, una prometedora modelo publicitaria de rubia melena, voluptuosas medidas y escasas ideas. Les pilló en la cama, porque así lo quiso: él lamiendo como un perro los senos de ella, mientras la modelo le cabalgaba enloquecida, entre gritos y jadeos, a punto de romperse en el estruendo de su orgasmo. En su propia casa, en su misma cama. Hacía ya cuatro años de eso. Cuatro años sumido en una degeneración lenta y autodestructiva, buscando sexo fácil ventajista, aprovechando su estatus de profesor madurito e interesante entre las jovencitas a las que impartía clases en la universidad. Y ahora estaba allí, solo, desnudo, noctámbulo y erecto ante la visión de una extraordinaria hembra, mujer antonomásica con la que venía soñando desde sus primeras poluciones adolescentes.

(continuará…)