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jueves, 28 de marzo de 2013

MALDITO FINAL ME HAS DADO (Someone like you)









En toda su larga carrera de forense no recordaba un caso como el de aquel hombre. Su torax estaba absolutamente lacerado, probablemente por el sometimiento a una agresión brutal y desmedida. Su semblante era la viva imagen del dolor. El rictus dibujado en sus labios apretados parecía querer sellar su boca e impedir que de ella escapara el sonido del sufrimiento que anidaba en su interior. A prioiri y sin utilizar bisturí alguno podía afirmar que el horror era parte del tejido epitelial de los últimos días del hombre. Ni siquiera el hábito de haber tenido que explorar miles de cadáveres evitaban que sintiera un estremecimiento ante lo que ahora tenía ante sus ojos. Se preguntaba qué pudiera producir a nadie esa clase de final tan espantosamente traumático. O todavíá aún peor: quién fuera el monstruo capaz de castigar a otro de esa manera tan cruel.


Comenzó el ritual. Se ajustó los guantes de látex e inició la exploración. Primero visual, narrada en tiempo real a su viejo dictáfono. Fue pormenorizando todo cuanto sus ojos apreciaban en su frío compañero de recinto. El menudeo de los rastros del óbito siempre le producía una extraña sensación. Alguedónica, la denominaban los psicólogos: una sensación donde el placer de ir desentrañando los secretos de una vida que ya no era, se confundía con el dolor por conocer las miserias de lo ajeno. "¿Y si yo terminase así, en manos de un extraño que pretenda profanar mis últimos momentos?", se preguntaba entonces. Luego tomó su instrumental para penetrar en las entrañas del hombre. Le abrió con respeto: iba a introducirse en su pasado inmediato para obtener la sorda confesión de lo ocurrido, tatuada en los más secretos rincones de su cuerpo.

Nada más internarse en la anatomía oculta de aquel cuerpo se percató de un hecho insólito: carecía de corazón. En su lugar encontró una esfera incandescente y azulina que pareciera tener vida propia, a juzgar por los movimientos que el falso órgano producía. Se acercó para contemplar con precisión lo que nunca antes había contemplado: era un asombroso magma palpitante de palabras que se sucedían como queriendo adoptar la morfología de los sentimientos humanos. Atónito, dio dos pasos hacia atrás para tener una perspectiva más clara del fenómeno que tenía ante si. Un hombre sin corazón. ¿Habría vivido siempre así o fue esa la causa de su muerte? Y si hubiera tenido antes el órgano vital, ¿quién había colocado esa especie de alma léxica que ahora ocupaba su lugar? Miró a un lado y a otro de si mismo, como buscando a un inexistente testigo que pudiera asegurarle que lo que estaba viviendo era real, que no era una alucinación fruto de alguna alteración transitoria de su mente. Pero allí no había nadie más que él y el enigmático ser que yacía, esperando contarle su sórdida historia inscrita entre huesos y tendones, en decúbito supino sobre la mesa de exploración que el forense tan bien conocía.

Tomó aire despacio y lo expulsó más despacio aún, tal y como le habían enseñado en las clases de relajación y autocontrol a las que había acudido cuando tuvo aquella serie de ataques de pánico al cumplir los cuarenta. Miró de nuevo al pecho abierto del cadáver y constató que allí seguía el misterioso resplandor zarco y palpitante. Se acercó decidido, como tratando de no mostrar el desasosiego del que estaba siendo presa. Aquella sustancia ignota parecía estar requiriendo imperativamente su atención. Cuando volvió a mirarla comenzó a refulgir, destelleando en compases blanquecinos como si fueran pulsos vitales. Podía escuchar su ritmo sordo, una serie binaria repetida sin descanso, una suerte de sístole y diástole no escuchada por oído humano alguno hasta entonces. Poco a poco la hipnótica cadencia fue poseyendo su mente, acompasándose suavemente al palpitar de su propio corazón. Las palabras que antes había intuido escritas en la viscosidad etérea del ente azulino ahora se le representaban dentro de su propio cerebro. Podía oírlas, escritas en una voz ajena y, sin embargo, tan familiar que hubiera creído escuchadas desde siempre. Era el inicio de un relato…


6 comentarios:

belkis dijo...

A sus pies, maestro!
¡Qué grande eres! Original, creativo, misterioso, interesante, subyugante.....ains, ¿quieres acostarte conmigo? jejejeje ;)
Enhorabuena, un relato genial que le deja a una la mente, el corazón y el cuerpo...con ganas de más.

Beau Brummel dijo...

Le agradezco mucho sus palabras, Lady Belkis. Son un cumplido muy estimulante. Ocurre que la última persona que me ponderó tanto hoy me niega la palabra, sin que yo sepa qué hice para merecer tal desprecio.

Espero que siga ud teniendo ganas de más, y más… incluso de acostarse con este humilde escribidor ;)

Besos.

belkis dijo...

Sr. Brummel: mi palabra, mi sexo y mi amistad no son algo que yo ofrezca a la ligera, luego lo niegue, luego lo vuelva a ofrecer...
Para mí son cosas muy valiosas como para ir jugando con ellas.
Gran escribidor, matizaría yo.

Beau Brummel dijo...

Perdone si le he ofendido, Lady Belkis. No era mi intención hacerlo con mi comentario…

Y comparto absolutamente sus palabras: la amistad, la palabra dada y el sexo son lo más importante que pueda ofrecerse a una persona.

Besos, Lady.

belkis dijo...

No, en absoluto. No ha habido motivo para la ofensa

i am (Vicky) dijo...

Recuerdo un viejo dicho que decía algo así como... “Háblame de lo que la vida te ha enseñado y te seré un oyente fiel”

Un buen principio para lo que promete ser una interesante historia mi querido escribiente. Continúe Ud. con el relato y, aunque de sobras sabe que el éxito o el fracaso de lo que escriba no está en su mano, espero... y deseo, que su buen hacer se confirme en las mentes y en los corazones de quienes lo leamos.

Once upon a time... one kiss