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miércoles, 17 de abril de 2013

NO ES QUE YA NO LE GUSTARA




Fuego y agua, en ese orden: ¡cómo olvidar-lo!




No es que ya no le gustara la manera en que la follaba. Seguía siendo un loco. Salían por la noche y todavía la tentaba con sus manos. Salían y hablaban de cualquier frusilería, de pie, junto a la barra de cualquiera de los concurridos garitos de una ciudad cualquiera, para no escucharse, para mirarse y recibir los apretones de otros cuerpos y confundirlos con los suyos. Salían porque les gustaba sentirlos, sentirse, sus manos clandestinas excitándoles furtivas. No es que ya no le gustara cómo la follaba, no. Estaba loca porque llegara el momento en el que había de liberar su hermosa verga, palpitante bajo la ropa interior, y admirarla sacudiéndose enervada, bum-bum, al ritmo de sus acelerados latidos. Las pupilas dilatadas, las aletas de su nariz obturadas y apremiantes, la boca entreabierta esperando el momento de paladear el hermoso falo… No es que no le siguiera gustando el modo tan galante que tenía de ponerla a cuatro patas y darle caña con la barra de su hombría. Si temblaba solo con notar sus manos restregadas en su sexo humedecido, solo con oírle embrutecido susurrarla las palabras más obscenas adelantando lo que iba a hacer con ella, de ella y para ella. "Voy a correrme en ti como un perro, mi putita". "Voy a comerte el coño como si no hubiera otra noche como esta". "Cómo te pone mi polla, ¿eh gatita?". Sí que le ponía, sí. Le ponía como loca verla perderse entre los labios de su vulva, para luego aparecer impregnada de si misma, viscosa y jadeante, repitiendo esa imagen con la cadencia de un polvo memorable. Le ponía saberse penetrada por el músculo más bello y tieso de su macho más hermoso. Le ponía comprobar su curvatura de acerado alfange recorrida por su lengua, sorprenderse con la dureza de su empalme, con el centelleante brillo del descomunal glande encendido por el bombeo, bum-bum, de la sangre contenida. Le ponía contemplar el incontrolado riego de su esperma cuando se venía contra ella, sobre ella, en toda ella. No, no podía negar que le gustaba la manera en que él la follaba. Tras cada combate gozoso entre sus cuerpos le decía, sudorosa, que era único, su único, sabiendo que era una mentira piadosa. No era único, ni tampoco suyo. ¿Acaso eso importaba? No a ella; eso era lo importante. Él bastante tenía con intentar gustarle cuando la penetraba entre sus nalgas poderosas, exquisita grupa de mujer madura curtida en el gym que queda cerca de su casa. Y uno y dos, y arriba y abajo, series esforzadas como coitos con la nada. Todos los cuerpos, jóvenes y tersos, y ninguno como el suyo, trabajado por los sueños y miradas de mil amantes anhelados. No es que ya no le gustara la manera en que la follaba porque era tierno y a la vez salvaje. La tomaba sin mesura, apretándola los muslos mientras taladraba su coño bañado en el ansia de su boca delicuescente, de sus dedos horadantes, de su miembro enhiesto. preparado solo para ella. Dentro, fuera; dentro, fuera. "Sí, sí, así mi barrenero, así". Y él, proletario del turno de su celo, empujaba y empujaba para conseguir el premio de su reconocimiento laudatorio. Todo para su hembra, para verla gemir colmada de caricias y lamidos. Era imposible que no la gustara el modo en que él la degustaba, poco a poco, manteniendo suavemente el increscendo necesario para el clímax, antes de follársela embravecido con el cascabeleo de sus testículos tamborileando en el nacimiento de su sexo. Le gustaba, cómo no, escuchar su piafar de semental equino justo antes de deshacerse entre sus ingles, derramando el albo zumo masculino en sus adentros más profundos., rebosando la incontinencia de su boca del deseo. Y luego abrazarse a él, prendida en sus espaldas, besándole el velludo torso, lamiéndole los labios para llevarle a una nueva embestida que prolongara hasta el infinito sus orgasmos. No es que ya no le gustara la manera en que la follaba… y sin embargo no podía sustraerse a pensar si había alguna otra mujer que compartiera su mismo gusto, el que sentía con la manera en que él, su amante, tenía de follarla cada vez que se veían. Y eso sí que ya no le gustaba…




4 comentarios:

XIII dijo...

Qué rápido se nos cruzan los cables a veces. Curioso lo que sí y lo que no...

Un abrazo milord

Beau Brummel dijo...

Tiene ud mucha razón, mi numeral amiga. Hay cosas que nos gustan para nosostros solos… ¿Egoismo? ¿Inseguridad? La posesión es así de irracional: las personas nos pertenecen pese a ser entidades autónomas. Hay propiedades que son muy privadas…

Besos impares, Lady Treece, y gracias por su comentario, escrito con esas manos tan hermosas ;) de palabras y fantasía.

Liba dijo...

Y perder la magia del post coito por pensar que lo ajeno nos pertenece.

Memorable polvo, Lord... Si el Señor de este castillo folla como escribe prometo apuntarme al gimnasio... ;)

Besos de sal... Volveré...

Liba dijo...

Sigo dando vueltas por estos pasillos, Lord... Y usted, ¿dónde anda?

Un beso clandestino.