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lunes, 27 de mayo de 2013

BRITTA (3ª parte)









Sí, Britta disfrutó, por fin, de volver a sentirse feliz, libre de las cargas que ella sola se había autoimpuesto. Daba gusto leerla así. Ni tan siquiera la preocupación que le produjo descubrir que su hermano mantenía un affair con una de las nativas tailandesas a espaldas de su novia -y futura mujer- consiguió ensombrecer ni un poquito la alegría con la que mi amiga nórdica vivió aquellas semanas. Era otra persona y se notaba en sus mensajes, en sus correos. Y yo estaba allí para verla así. Y me hacía sentir magnífico, casi un semidiós, porque era parte del proceso regenarativo de una persona a la que me sentía muy afecto y cuya gratitud me reconfortaba de una manera que ya tenía olvidada por aquel entonces.

Su reconocimiento era para mi como una droga. Me harté de explicarle que no tenía que agradecerme nada, porque así me lo parecía, pero aunque me sentía incómodo con sus halagos mentiría si dijera que no estaba encantado de recibirlos. Ella me llamaba su "medecine-man" y quería, por todos los medios, devolverme de alguna manera un trocito de la felicidad que experimentaba en aquellos momentos. A mí se me ocurrió que la única manera de poder hacerlo era expresando lo que yo significaba para ella a través de su arte. Era algo asequible para su talento. Jamás he pedido a nadie nada que no fuera capaz de hacer, aunque le costase un poquito de esfuerzo. Esfuerzo que, por otra parte, no es tal -por lo menos en mi caso- cuando se trata de dar gusto a quien realmente te interesa. Pero no todos somos iguales, y hay quien se olvida muy pronto de los compromisos a los que voluntariamente se vincula. "Me gustaría que hicieras una fotografía, la que tú quieras, pensando en mí, cuyo encuadre, motivo, luz y color estén seleccionados exclusivamente para que yo vea su resultado a través de tus ojos", le propuse. Le pareció una idea magnífica y me dijo que la haría. "Prométemelo", le escribí para sellar el pacto de honor al que se acababa de comprometer. "I promise you", rubricó.

Y tocó la vuelta a su frío septentrión. Yo confiaba en que el chute de vida tailandés le ayudaría en el reencuentro con el mundo de sus antiguos fantasmas. Britta tenía un auténtico subidón de autoestima. En su aventura asiática había comprobado la extraordinaria sensación de sentirse objeto de deseo (imagínense una hermosa mujer nórdica, bien dotada, con sus ojos y su tez clara -la primera vez que tomo el sol desnuda en una playa tailandesa se achicharró en todas las partes de su cuerpo-, cuyo poderoso físico sobresalía entre la gente y su presencia era motivo de atención permanente. Allí era codiciada, y eso le gustaba. Pero ahora volvía a su lugar de origen, donde era una más, donde no destacaba con tan solo ser como era.

Paulatinamente fue apagándose su euforia. La vida rutinaria fue poniéndola en su sitio de siempre. Al principio le ayudaban las fotografías que había tomado en Tailandia. Estuvo organizándolas durante unas semanas, en lo que parecía un no querer aceptar que aquellos momentos ya pasaron y no volverían a producirse por más que se refugiara en sus imágenes. Es entonces cuando volvimos, tontamente, a volver a disfrutar de nuestros encuentros eróticos.

En efecto: nuestras quedadas volvieron a discurrir por los meandros de deseo y el sexo explícitamente tecleado. Iba a decir que yo me resistí en un primer momento, pero en mi fuero interno se que fue más pose que convicción. No me opuse más que lo necesario para poder creer que yo no fui quien lo inició. La única verdad es que dos no hacen algo si uno de ellos no quiere y ambos nos dejamos llevar hasta donde sabíamos perfectamente que acabaríamos llegando.

Fue entonces cuando Britta me propuso contacto visual. Le hice saber que no sabía el modo de hacerlo, cosa que era completamente cierta, con la esperanza de que no insistiera. Pero insistió y se brindó a enseñarme la manera. Era tremendamente sencillo: tan solo me hacía falta una cuenta hotmail ya que mi portáil venía equipado con una webcam. Le hice caso, pero la primera vez que nos "dateamos" le confesé que estaba muy tenso y que no me apetecía nada que me viera. La verdad era que quería blindar mi imagen, porque ella en aquel momento no sabía cómo era yo físicamente.

Una de las cosas más excitantes de un flirteo a ciegas es elucubrar con el aspecto del otro. El no saber pero querer saber, el será o no será… el fabricarse un partenaire a la medida preocupándote tan solo de construir una imagen proyectada sobre lo que alguien escribe es tan azarante como placentero. A veces puede la ansiedad, pero no quiere hacerse patente. Es un juego apasionante, y yo tenía ventaja con Britta en ese terreno. No la quería perder. Y también, no voy a ocultarlo a estas alturas, tenía cierto temor a que mi realidad física no se ajustase a mi yo imaginado en su mente. Pero ella parecía haber puesto sitio a mis esquivas y empezaba a quejarse de mi absurdo anonimato.

Es entonces cuando comencé a escribir relatos eróticos. Se me ocurrió que podría trocar su ansiedad por la satisfacción de verse halagada por la pasión de mis escritos. Tras varias intentonas fallidas di por bueno uno que me pareció aceptable. Pero apareció el eterno problema: había que traducirlo. Lo hice yo, macarrónicamente, y supongo que el resultado fue un texto voluntarioso pero muy cutre. A pesar de ello se lo envié acompañado del original en español, como si eso me fuera a resarcir de la chapuza que estaba cometiendo. Una vez más Britta me demostró lo buena persona que era y me disculpó, no sin hacerme ver que no lo entendía muy bien, porque mi esfuerzo la llenaba de orgullo.

Viendo que así podría sortear su empeño en saber cómo era me dediqué a enviarle correos con relatos bilingües del mismo corte: fantasías eróticas con ella. Y además, tal vez agradecido por ceder, empecé a contarle algunas cosas de mi vida. Continuamos encontrándonos en la red durante semanas, casi diariamente. Digo casi porque tan solo los jueves, día que destinaba a pasarlo en casa con sus amigos, librábamos de nuestra mutua compañía.

Por imposible que parezca estábamos cada día más compenetrados y a gusto con nuestro vínculo. Es entonces cuando Britta me propuso un proyecto que me ilusionó tanto que me sentí como un niño al que regalan algo insospechado pero que le vuelve loco. Reconozco que puedo dar la impresión de ser una persona lejana, porque estoy acostumbrado a guardar las distancias como medida de respeto al otro y protección propia. Pero si alguien me gana el corazón… se lo doy todo. No valoro los regalos materiales: tan solo es cuestión de tener poder adquisitivo. Yo mismo soy muy reacio a obsequiar de esa manera. Y si ha de ser así, prefiero las cosas pequeñas pero con un significado especial, aun a riesgo de que el otro no encuentre el motivo que me mueve. Pero ese tipo de cosas, las que se hacen -incluso con tus propias manos- para demostrar la importancia que tienes en la vida de alguien…

Britta me invitó a unirme a un proyecto creativo que estaba pergeñando con un joven artista flamenco. De Flandes, no de los que se están imaginando. Estaban inmersos en un espacio web de colaboración, en el que ella ponía las imágenes y él la música. Se llamaba Frank y era un guitarrista y compositor inquieto y, por qué no reconocerlo, con muy buen gusto musical. A los tres nos unía la pasión por la música y el arte en general. Éramos, por tanto, compatibles: escritor, músico y artista visual. Aquello tenía muy buena pinta y no podía salir mal. Pero la vida nos enseña que, con mayor frecuencia de lo deseado, toda empresa que parece maravillosa y sólida un día, al siguiente se derrumba estrepitosamente con la facilidad de un castillo de naipes al sentir del más mínimo soplo de aire. Yo de eso se un rato largo…


[intento ir lo más deprisa que puedo, pero tengo que cotejar hechos y situaciones… espero poder terminarlo pronto, espero que me de el tiempo. Paciencia. Esta vez prometo acabarlo]

jueves, 23 de mayo de 2013

BRITTA (2ª entrega)








El novio de Britta tuvo que ser, por fin, ingresado en un centro de salud mental. Había caído en barrena y estaba sumido en un proceso brutal de autodestrucción. Ella asumió un sentimiento de culpabilidad que la llevó a una depresión severa. Se empeñaba en ir a visitarle y él, en su alienación, le reprochaba que no había estado a su lado en el momento en que más la necesitó. La machacaba sin piedad. Yo le decía que debía alejarse de él hasta que no se estabilizara, porque al final conseguiría desestabilizarla también a ella. Pero entonces me confesó que el día anterior había roto con él y le había hablado de  otras "relaciones" en la red… posiblemente nuestro incidente. Me pareció un error, pero no creí oportuno decírselo y, además, el daño, fuera el que fuera, ya estaba hecho.

Britta continuó yendo a verle, desoyendo mis consejos. No lo he mencionado hasta ahora: ella era artista, y manejaba muy bien la plástica visual. Cada vez que le visitaba le hacía fotografías. Tenía un blog y las publicaba acompañadas de sórdidos textos que denotaban su miseria  ánimica. Eran muy buenas técnicamente, pero turbadoras y frías: enfermizas, en una palabra. Me las enviaba y a mí me daba repelús de ver a un ser humano hundido, alelado por causa de los tranquilizantes, con el cráneo afeitado, blanquecino y semidesnudo bajo su bata clínica, en aquel entorno aséptico… pero ella creía que así expíaba su sentimiento de culpa en aquel peregrinaje penitente a su particular calvario.

No saben cuántas veces la amenacé con dejar de estar en contacto con ella si no miraba por si misma. Daba lo mismo: era una yonqui de su propia necesidad de limpiar la conciencia. Jamás lo hubiera conseguido. Entonces el destino pareció apiadarse de ella y darle un respiro: le comunicaron que no le permitirían más visitas porque eran "incompatibles con el avance en el proceso de reestabilización del paciente".

En un principio se lo tomó muy a mal. Pero según fue pasando el tiempo fue haciéndose a la idea de que aquello era una página pasada de su vida. Según me contaba, sus amigos se volcaron con ella. Según me decía, su contacto conmigo le ayudaba mucho. Yo, sobre todo, lo que hacía era escucharla, darle mi opinión y animarla a salir y a estar en contacto con la gente, a conocer nuevas personas. "La mentalidad mediterránea", me decía. Poco a poco fue tomando tono vital. Sus entradas en el blog comenzaron a ser más optimistas y divertidas. Yo me animé y publiqué algún comentario de chanza bajo el alias de "Bob Harris", por la broma iniciática que ambos compartíamos de estar "perdido en la traducción". Me cazó a la primera de cambio: no era muy dificil, porque era un blog muy familiar y no solía tener más de dos o tres comentarios de personas de su entorno.

Tanto le insistía en que tenía que salir de su universo rutinario que un buen día me comunicó que iba a estar todo un mes ausente porque quería visitar a uno de sus hermanos que estaba en Tailandia dando clases. Me pareció una idea genial y así se lo hice saber. Valoró mucho mi opinión: me consideraba una persona muy cabal, racional y un caballero. Era adorable. Le gasté una broma y le dije que estaría muy triste porque me dejaría sin nuestros encuentros en la red. En seguida me contestó que ya lo había pensado y que se había informado de que allí las conexiones en los cibercafés eran muy baratas -sobre todo si tenemos en cuenta que ella vivía en uno de los lugares con la economía más fuerte del mundo-. Le hice saber que era una broma, que no se tomara en serio mis palabras y que lo que tenía que hacer era disfrutar de la aventura de ese fantástico viaje y dejarse de estar pendiente de conexiones vituales. "Yo quiero seguir en contacto contigo, ¿tú no?", me dijo. Evidentemente se lo estaba tomando por donde no debía, pero no quise insistir y le afirmé que yo también quería seguir en contacto. Me explicó sus razones: su hermano pasaba muchas horas dando clases y ella se sentiría muy sola, por lo que necesitaba un bastón, una ayuda, y yo era el más adecuado. ¿Podría negarme?

Aquellas palabras podían sonar tanto a cántico celestial como a una trampa en forma de chantaje emocional. Tenía la sensación de estar perdiendo las riendas de la situación, de que ciertas fronteras comenzaban a difuminar sus límites. No sabía si yo era el capitán Kurtz o las tinieblas del bosque estaban capitaneando mi corazón. Saberme su ayuda me hacía sentir bien, sí; pero darme cuenta de que otro tipo de sentimiento que no fuera la curiosidad -o, por qué no, el morbo- apuntaba en mi interés por Britta me ponía un poco nervioso.

El caso es que planeamos la forma de seguir en contacto en la mayor de las distancias geográficas que dos personas puedan soportar. Teniendo en cuenta la diferencia horaria y los ritmos de su estancia, acordamos una serie de horas para seguir sintiéndonos cercanos. Es lo que ambos queríamos. Es lo que los dos necesitábamos.

Cuando llegó a Tailandia Britta descubrió todo un mundo desconocido y, por  lo que pude colegir de sus palabras, desagradable en un primer momento. Ella venía del silencio, el orden y la placidez nórdica, un universo introvertido y eficazmente racional. El primer contacto con Bangkok fue muy duro. No comprendía cómo se podía vivir así, si aquello era una forma de vida. No voy a extenderme en sus primeras sensaciones pero las resumiré diciendo que si por ella hubiera sido, al segundo día hubiera estado ya de vuelta en casa.

De su estancia les desvelaré que fue una experiencia magnífica. Cuando fue capaz de dejarse llevar por el caos asiático disfrutó de lo lindo. Fue realmente divertido. Como muestra, un botón: conoció, a través de una amiga de su hermano, a un grupo de gente de lo más variopinto, y de entre ellos destacaba un transexual deshinibido y maravillosamente pirado. El caso es que se encaprichó de ella, y le estuvo tirando los tejos durante dos noches seguidas. Britta me confesó que en un primer momento había sentido bastante rechazo por su insistente manoseo, porque no sabía si quien intentaba meterla mano era un hombre o una chica como ella, pero que, por otro lado, le parecía una persona irresistiblemente atractiva. "Déjate llevar, haz lo que realmente te apetezca y disfrútalo", fue mi consejo: el mismo que el de cualquiera con dos dedos de frente que deseara ver feliz a quien le revela con sinceridad sus más íntimas pulsiones.


[irremediablemente me veo obligado a emplazarles a una nueva entrega de este relato. Les pido disculpas…]


martes, 21 de mayo de 2013

BRITTA







- "Preciosos ojos, Britta".  

Un día cualquiera de 2007 yo estaba bajándome música a traves de una aplicación P2P que se llamaba "ssx". Lo hacía a menudo: buscaba lo que me interesaba y cuando lo encontraba me dedicaba a curiosear en la carpeta de quien lo compartía. Aquellos compañeros de hobbie eran tan solo nicks para mí. Nunca había sentido ningún interés en saber nada más de ellos más allá de la música que ponían a mi disposición. Sin embargo, y sin razón aparente alguna, esa vez decidí conocer si había una cara con la que identificar aquel nombre nórdico y hermoso.

Allí estaba ella: una sonriente y lucida jovencita en blanco y negro, dueña de unos labios carnosos y una mirada que me cautivó desde el primer momento. Sentí el impulso de decírselo por el chat del programa, pero no me atreví. Nunca lo había hecho y, pobre inocente, me pareció que era iniciar un camino que no tenía muy claro hacia donde me conduciría. Era tarde: dejé bajando las canciones que había seleccionado y me fui a la cama. En esa época, igual que ahora mismo, dormía muy mal. Estaba pasando por una recaída en un mal del que no logro deshacerme porque, desgraciadamente, solo está dentro de mi cabeza. De madrugada me desperté y para evitar el vértigo me levanté a evadirme de mis propios pensamientos. Me acerqué al ordenador y empecé a enredar. Me acordé de la carita de Britta. Volví a abrir la imagen de su avatar y me dediqué a mirarla. Era muy expresiva, mucho. Una especie de lolita picarona y mujercita dulce realmente atractiva. Una fisonomía diferente y exótica. Volví a sentir la necesidad de decirle lo que me sugería su fotografía. El impulso era muy grande. Dudé. Dudé más. Me di cuenta de que quería hacerlo. Quizás aquello fuera una nueva aventura para quien, como yo, estaba desde hacía años carente de cualquier tipo de aventuras. Volví a dudar, pero ya había comenzado a teclear el mensaje en mi torpe inglés colegial. Tenía el corazón acelerado. Tan solo tenía que apretar el "enter"… y, cerrando los ojos como un niño temeroso, lo apreté.

Me quedé esperando una consecuencia inmediata de mi acto. En vano: pasaron los minutos y media hora más tarde me di cuenta de que no pasaría absolutamente nada. Me fui a dormir, más tranquilo, cansado y habiéndo conseguido espantar los fantasmas que me aterraban en noches como aquella. Me metí en la cama riéndome de mí mismo, de mi ingenuidad a pesar de tantos años de existencia. De algo había servido la experiencia, pues.

Pasaron los días. Yo seguía descargando canciones y canciones, por aquí y por allá. Hacía colas y colas de peticiones de archivos y para bajarlos dejaba el ordenador conectado, sin apagarlo en ningún momento. Más de una semana después de mi mensaje a Britta apareció, una mañana, su respuesta. Me sorprendió porque ya había olvidado el incidente. Pero allí estaba:

-"Gracias. La gente me lo dice a menudo".

Era una contestación aséptica. Me pareció la típica contestación de cortesía, esas que todos utilizamos alguna vez para ser amables con quien nos hace un cumplido, pero que no da pistas de si admite una continuación de la conversación o, simplemente, son una forma no agresiva de cerrarla.

Quienes me conocen saben de mi pasión por los fenómenos comunicacionales entre las personas. Me gusta, quizás hasta límites enfermizos, analizar las situaciones, la morfología de los mensajes; si son verbales las inflexiones de la voz… ese tipo de matices son, a menudo más importantes que lo formalmente expresado. En la vida he descubierto muchas mentiras, o medias mentiras, de ese modo: lo que se dice por dejar de decir, es más importante que lo que oyes o lees. Los actos hablan, y con más contundencia que miles de frases en discursos vacíos e inconsistentes por más que te regalen los oídos con sus palabras.

El caso es que allí había una respuesta. Eso, en casos así, es un punto de partida. Britta no me conocía de nada, y si no hubiera querido saber absolutamente nada más de mí (o se hubiera sentido incomodada por mi mensaje) no habría tenido por qué contestame. Pero, evidentemente, lo hizo.

Me pasé un par de días dándole vueltas a si debía seguir la cadena de mensajes. Nunca antes había hecho algo parecido. Había, sí, participado en foros de debate, pero jamás había chateado. No conocía los protocolos, no sabía nada de ese mundo. Era, pues, una experiencia nueva para mí, con toda la carga de atracción que todo lo novedoso conlleva. Y al final, sucumbí a la curiosidad.

-"Pero yo no soy como el resto de la gente, Britta".

Era una provocación, la de quién tiene que hacer creer que pisa firme porque en realidad está lleno de temor e indecisiones. Un paso al frente revestido de templanza y de carácter para enmascarar lo que ocurría dentro de mí, mi lucha interna.

Y resultó. Inmediatamente apareció otro mensaje.

-"Y ¿qué tienes tú de especial?"

Tenía razón: yo no tengo nada de especial. Nadie lo tiene. Solo somos especiales a los ojos de otros, en su forma de percibirnos. Y siempre depende de las circunstancias. Solo se nos ve "especiales" en una primera fase, en la del conocimiento, la de la admiración o el "enamoramiento". Todos hemos sido especiales para alguien en un primer momento, despertando su interés, para luego decaer a la normalidad o, lo que es peor, al olvido o al repudio. Y seguramente siendo la misma persona, comportándose de igual manera. Era, pues, consciente, del órdago que había lanzado y, como buen jugador de mus, no podía echarme atrás. Tenía que ser especial.

Afortunadamente soy rápido en los procesos argumentales y es dificil que no salga airoso cuando de crear un argumentario se trata. Ahora tenía que enfrentarme a un reto mayúsculo, por cuanto tdo lo que dijera había de hacerlo expresado en un idioma ajeno, en el que me manejo con mucha torpeza. Tenía que crear y traducir y ese reto me ponía más aún que la invitación al juego de mi joven partenaire nórdica.

Estuvimos chateando más de una hora sobre cosas inanes, nos intercambiamos los correos y nos despedimos. Yo estaba bastante eufórico. Me gustaba el juego. A media noche volví a conectarme. Ella me vio y me buscó. Poco a poco fuimos subiendo el tono de nuestras palabras. Yo malamente en inglés, pero ella sabía guiarme y entenderme sin problema aparente. En un momento determinado me preguntó:

-"Está tratando de flirtear conmigo, Señor"

Yo le respondí de inmediato:

-"Por supuesto que sí, Señorita. Y pretendo conseguirlo"

Fue el comienzo de lo que podríamos denominar como sesión de "cibersexchat". Todo muy explícito, muy espontáneo. Me pareció diferente y no me disgustó, a pesar de que tenía que estar continuamente con el traductor de google como ayuda. En realidad nos montamos un trío. Uds ya me entienden.

Al siguiente día me sorprendió ver un correo suyo en mi mail. Decía así:

"Im not use to men flirting with me on the internet, and im very flattered that you are. However i dont think that i can continue flirting with you... I have a boyfriend and it made me feel a bit weird the other night. I never meant for you to get the idea that i can do that again, and im sorry if you did. And maybe... im sorry to say, the age feels a little strange. That you are in about the same age as my dad, and my two brothers. Suddenly i see you more as a father figure than anything else. Do you understand what i mean? Im not uncomfortable with you flirting with me, but i dont think i can flirt back. I hope that its OK anyway and that you still want to be my friend. I like to talk about life and art and music with you".

(En mi defensa diré que su padre era relativamente joven y casado con su madre en segundas nupcias, no es que yo fuera un vejestorio).

Soy una persona que admiro, sobre todo, valores como la honestidad y la sinceridad. No tolero el engaño, sobre todo cuando no hay razón para él. He llegado a no preguntar ciertas cosas por temor a que quien ha de responderlas no me cuente la verdad. Prefiero seguir sospechando que comprobar que quien tenía por sincero es un auténtico farsante. Si la verdad duele, la mentira, en mi mundo, mata.

En este punto he de decir que, desafortunadamente, tengo un radar especial para la mentira. No se por qué, pero suelo quedarme con detalles, dichos, palabras, actos, que, sin razón aparente en ese momento, se quedan grabadas en mi memoria. Luego, de repente, se activan, se unen y me dan una secuencia consecutiva de hechos que llevan a una verdad que en muy contadas ocasiones no se confirma. No se crean que es una ventaja: antes bien, es una auténtica desgracia. Recuerden el dicho: ojos que no ven, corazón que no siente.

Pero también es cierto que suelo dar a quien me engaña una segunda oportunidad, sobre todo si es capaz de pedir perdón. Esta es otra de las actitudes que más valoro de las personas: su capacidad para disculparse. Alguien que se equivoca y no se disculpa es, por muy duro que parezca, un auténtico miserable. Y créanme que estamos rodeados de gente así. Hay muy pocas personas capaces de entonar el mea culpa con todas sus letras. Yo me he encontrado con pocos casos, y eso que no me duelen prendas en ser yo el primero en pedir disculpas -aunque no tenga por qué- para allanar el terreno y que no sea considerado como un acto de vasallaje. La mayoría opta por hacer tabla rasa y actuar como si no hubiera pasado nada. Eso, para mí, es perder muchos puntos. Generalmente te la vuelven a meter doblada a la primera de cambio, pero tú ya estás sobre aviso y ya la herida escuece menos.


¿Y por qué estas "morcillas", dirán uds? Muy sencillo: porque en esta historia que les cuento tales consideraciones son de vital importancia para comprender mi manera de proceder y, sobre todo, para que sepan como me conduzco en la vida, por principios y por convicción.

El caso es que la sinceridad de Britta, en forma de remordimientos por nuestro ciberaffair, me ganó. Le contesté que no tenía inconveniente en estar regularmente en contacto con ella para hablar, tan solo, de la vida, el arte y la música. Era una persona interesante y a pesar de nuestra diferencia de edad, sosteníamos una dialéctica muy enriquecedora. Por mi parte no quería más que se sintiera a gusto consigo misma, por más extraño que me resultara su forma de ver las cosas.

Seguimos quedando para chatear e intercambiar opiniones sobre lo divino y lo humano, siempre con el traductor por testigo. Yo me divertía y ella parecía que también lo hacía. Un día la encontré enigmática y, por más que intenté levantarle el ánimo, un poco triste. Me envió un correo explicándome la razón: su chico la había llamado amenazándola con autolesionarse y ella no le había hecho caso. Horas después había cumplido su amenaza y estaba en un hospital tras un intento de suicidio.

Britta mantenía una relación tormentosa con su novio. Según me contó era un chico algo mayor que ella, con un carácter introvertido, que tenía problemas de autoestima porque, a pesar de ser ingeniero, tenía que trabajar en una categoría laboral de la que se avergonzaba. Pero, además, guardaba un "secreto" real que era particularmente autodestructivo y que, en aras de la más elemental ética, uds comprenderán que yo no pueda ni quiera descubrir aquí.

Sí, poco a poco Britta fue confiándome todo su mundo, a pesar de que yo le advirtiera que no me sentía cómodo porque no estaba dispuesto a un intercambio quid-pro-quo. Las relaciones interpersonales, sean del tipo que sean, funcionan cuando se establecen unas normas básicas y se respetan por ambas partes. Cuando no es así, se jodió el Perú, Zavalita. Que yo conociera por su boca ciertas intimidades de ella parecía hacerla sentir segura, y, a pesar de que a mí me produjera cierta confusión, eso me confortaba. Yo no se si a uds les pasa, pero yo siento una especial satisfacción al ver que soy útil a las personas a las que me considero afecto.


[esto se me está alargando más de la cuenta y, aunque no lo quería así, me veo obligado a escribirlo en dos partes]

viernes, 17 de mayo de 2013

SU PRIMER PLACER (III)



Nuestros ojos son ventanas por las que penetra la realidad exterior



En efecto: aquella prenda negra y satinada despertaba una curiosidad especial en "Tino", una sensación más profunda y excitante que el resto de su lencería. Intuía que le gustaría, aun más, ver a la joven y deseada interina vestida con ella. En su universo infantil habían instalado la idea de que que el negro era el símbolo del duelo y la muerte. Sin embargo las fantasías que su subconsciente elaboraba a partir de la oscura saya femenina en forma de imágenes eran extraordinariamente poderosas, llenas de un morbo inexplicable y novedoso que él todavía no podía identificar como tal. Y en su interior había anidado una sensación irrefrenable: tenía que ver, como fuera, a Abelina, zaino anhelo, enfundada en la combinación de raso negro.

Tino no era un muchacho especialmente diligente a la hora de acometer las empresas propias de los muchachos de su edad. Era un inconstante nato, capaz de empezar algo con ímpetu inusitado para luego decaer en el empeño hasta olvidarse por completo de la empresa. Sin embargo el sentimiento de querer conseguir ver el cuerpo femenino de Abelina lucido con la morbosa saya le hizo pergeñar decenas de planes para recrearse con el espectáculo tantas veces soñado. Todos eran irrealizables, pero el solo hecho de imaginarlos le hacía vivir momentos de verdadera turbación en sus instantes solitarios.

La búsqueda de placer es un camino de intuiciones en el hombre, y nuestro pequeño preadolescente no era una excepción. Ajeno todavía a las prácticas onanistas ortodoxas, había hallado, a base de iniciáticas maniobras de tanteo, una fórmula mínimamente aceptable para procurarse placer y descargar la tensión que le ahogaba cuando su mente reproducía las imágenes de mujeres desnudas que habitaban en las fotos de los ilbros de arte de su padre: se encerraba en el water y se dedicaba a aplicarse el dentífrico mentolado en los genitales para sentir el frescor de su acción en ellos; luego se tocaba suavemente, mientras jugaba sincopadamente con el esfinter anal, cerrándolo y abriéndolo, para observar el balanceo de su pene arqueado por la gracia de la excitación que él mismo se producía. Todo acababa cuando, por fin, percibía el calambre tan buscado y placentero, llegando a veces incluso a caerse del intenso gozo que le embargaba tal maniobra.

Día a día iba haciéndose a la idea de que nunca podría conseguir su ansiado objetivo. No encontraba forma alguna de llevar a cabo alguno de sus descabellados planes. En su inocente infantilismo ideó hacer una "mirilla" en la puerta de Lina con el berbiquí de su padre, pero lo único que consuguió fue perforarla con un agujero casi imperceptible por el que era imposible ver algo. Cuando "Tino" daba su sueño por perdido ocurrió lo que suele acontecer cuando las cosas han de realizarse en esta vida. Un golpe de suerte, un giro de los acontecimientos, vino a dar nuevas alas a sus fantasías voyeuristas. Un buen día su madre le comunicó que cambiaban de domicilio para ir a vivir a un piso más grande y confortable. Allí, entre otras cosas, dispondría de un aseo para él solo y eso significaba que podría entregarse a sus manipulaciones placenteras sin el agobio de que le tocasen en la puerta apremiándole para que saliera y dejara el water libre. Pero, además, Tino se percató muy rápidamente de las ventajas que para sus aspiraciones libidinosas presentaba la especial configuración del nuevo hogar: el cuarto de baño de Abelina quedaba contiguo al suyo, separado por un angosto patiejo interior al que el jovencito podía acceder, dado que era un primero, con solo deslizarse desde la ventana de ventilación de su aseo hasta llegar a la de su nurse.

(continuará…)

miércoles, 15 de mayo de 2013

ESA COSA LLAMADA AMOR (Teoría de conjuntos)









[adenda 15/5/2013]

"Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro t...odo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor".

(La balada del café triste / Carson McCullers)




…Tonia ama a Félix. Le gustó desde que le conoció. Su ironía, su capacidad creativa, su ingenio la tienen subyugada. Le admira y pondría la mano en el fuego a que él la corresponde. Félix, sin embrargo, la desprecia porque cree que es claramente inferior a él. Félix ama a Dora. Piensa que tiene un cuerpazo que quita el hipo. Es una mujer de bandera y no para de maquinar cómo podría conseguir echar un polvo con ella. Le pone mucho y está seguro de que ella no va a rechazarle. Dora tiene para sí que Félix es un pedante engreído. Dora ama a Javier, o más exactamente su estatus y su poder adquisitivo. Se emperifolla cada día especialmente para él, para seducirle, porque sabe de sobra que sus encantos son irresistibles para los hombres y él caerá como todos los demás. Javier ve en Dora alguien superficial y demasiado preocupada por la estética. Javier ama a Tonia. Cree que no puede haber mejor mujer en el mundo para él y para su proyecto de vida familiar. Cada vez que piensa en ella se le acelera el corazón, como un adolescente, y ha decidido decirle claramente lo que proyecta a su lado. Pero Tonia dice que Javier es un cursi trasnochado y ama a Félix…

Todos aman y son amados. Un amor contrapeado, imposible, no correspondido. Un amor distinto en cada caso: idealizado, lascivo, interesado, inocente… pero todos emanados de la naturaleza humana y tan reales como la vida misma. Es evidente que hay una cosa que todos convenimos en llamar amor, pero cada uno la siente de manera diferente. Y yo me pregunto: ¿para qué sirve el amor si no cumple estríctamente la propiedad  de la correspondencia biunívoca?





Ahora, un poquito de publicidad





Y, luego, un regalo musical


viernes, 10 de mayo de 2013

SU PRIMER PLACER (II)



La mujer desada, a veces obetivo tan lejano…



El gozo de "Tino" se desvaneció demasiado pronto: su padre arregló ese mismo fin de semana la cerradura averiada. El chico vio así clausurada de nuevo la puerta a ese mundo impensable días atrás, y que tanto le marcaría de por vida. Había asomado su precoz curiosidad a una dimensión infinita y extrañamente irresistible. Ahora veía a "Lina" con otros ojos y, para su desazón, recibía sus caricias con otra receptividad más profunda. Cada vez que ella le abrazaba sentía el mismo cosquilleo entre sus piernas, el mismo estremecimiento que experimentó al verla penetrada por su hombre aquella noche.

Un día que Abelina había salido a los recados, "Tino" entró en su habitación. Lo hizo poseído por la necesidad de indagar en la intimidad de la mujer que, en secreto, estaba comenzando a anhelar. Verse en el entorno en el que se desarrollaban sus citas clandestinas le estimulaba. Se acercó  a la cama donde la había contemplado gozar de aquella manera tan salvaje y bajo la almohada encontró la combinación que tanto le gustaba. Raso y rosado encaje. Cerró sus ojos y la recordó llena de su cuerpo, ceñida a su silueta joven y tersa, dejando percibir la hirsuta presencia de sus empezonados pechos de hembra deliciosa. Se la acercó a la cara para aspirar su olor, ese olor que desde siempre le gustaba tanto como ahora le turbaba en sus noches solitarias. Era un olor lechoso, tierno y adictivo; un olor que tenía tatuado en el subconsciente viril que empezaba a surgir en él. La olfateó como un animal, buscando intuitivamente el rastro de una llamada que no podía negarse a responder. Se acarició la cara con ella y comenzó a sentir la erección en su bragueta. Quería impregnarse de aquella esencia y que permaneciera en él ya para siempre. Se quitó la camisa y restregó la saya por su aniñado torso una y otra vez. Le gustaba esa sensación de caricia impostada. Se estaba excitando como nunca antes lo había hecho. Sintió el impulso de desnudarse por completo, por dejar su sexo libre y sentir la suave fricción de la prenda femenina en él. Se frotaba con ímpetu. Comenzó a sudar. Le gustaba tanto tocarse con la delicada textura que había estado en contacto con la piel deseada que muy pronto su pene adquirió una rigidez casi dolorosa. Pero "Tino" ya no podía parar. Se lo envolvía, se lo pasaba por los pequeños testículos, lo colgaba de su rigido músculito… y cuanto más lo hacía más excitado estaba. Hasta que de pronto sintió un pequeño escalofrío, un calambre espasmódico bajo su vientre, y de su sexo surgió un líquido semitransparente y pegajoso. Era su primer onanismo inducido por la evocación de su primer deseo inconsciente. El primero de una serie interminable que ya no podría abandonar jamás.

Y así pasaba aquellos días el pequeño "Tino": buscando la manera de deslizarse sigiloso hasta la habitación de su precoz hembra deseada, loco amante impúber entregado al vicio de bucear en el cajón donde Abelina guardaba toda su lencería, plegada y aromática. Era tanto el placer que le producía sentir el roce de los delicados tejidos en su cuerpo desnudo que aquella habitación le parecía lo más parecido al paraíso. Se vestía con las combinaciones de la chica, dejando que el cosquilleo del raso sobre su miembro erecto le condujese hasta el calambrillo gozoso que marcaba el húmedo ifnal de su aventura imaginada. Tenía especial predilección por una saya negra, que, sin saber por qué, despertaba en él mayor excitación que el resto: recrear a la nurse, en su calentura, vestida de azabache sobre su piel perlada y blanquecina le producía un éxtasis indescriptible.


(continuará…)

viernes, 3 de mayo de 2013

SU PRIMER PLACER (I)



En la niñez está el origen de todas nuestras fantasías



Se llamaba Abelina. Había venido a sustituir a Juana, la interina que ayudaba a su madre a hacer llevadero el hogar en que vivía el púber Ernesto. "Tino" le llamaba ella, con la dulzura con la que una joven nombra a un niño al que acepta como parte de si misma, con la presunción de una maternidad que la vida le entregará más pronto que tarde. "Tino", y su nombre sonando en aquellos labios prominentes y carnosos era la más bella de las músicas cantadas. Luego ella le abrazaba, acurrucándole entre la almohada de sus pechos confortables, y el aspiraba con intensidad el olor limpio y fresco de su cuerpo a través de la bata de trabajo. Era un abrazo tierno y honesto, diferente al abrazo que recibía de su madre o de sus tías. Era un abrazo del que emanaba un cosquilleo placentero que le recorría todo el cuerpo, un abrazo del que no quería despegarse, un abrazo mullido y abierto a una emotividad encontrada de matices y umbral de sensaciones más profundas. "Lina", la decía el pequeño Ernesto apocopando el nombre de su joven aya, primera hembra ya cuajada que merecía la atención del precoz "Tino". Porque ella, aun sin saberlo, le había abierto las puertas de una dimensión tan desconocida como, a la postre, se le revelaría placentera.

Abelina era ángel protector de día y visita de novio a hurtadillas cuando los padres de Ernesto salían a cenar con sus amigos. Le abría la puerta caminando de puntillas por la casa y luego ambos se encerraban en la intimidad de su habitación un buen rato mientras "Tino" escuchaba los sonidos sordos que surgían de la batalla sudorosa de sus cuerpos. Los quejidos entrecortados, el crujir de los muelles de la cama, los besos ocluídos por palabras inaudibles, los grititos silenciados por la lengua de otra boca… todo un mundo acontecido al otro lado de una puerta que lindaba justo al lado de la curiosidad de un preadolescente ávido de vida. Demasiada tentación para no ser vencida. Demasiada curiosidad para dejar de ser saciada.

Y así Ernestino volaba a inciertos paraísos, noche de viernes sí y noche de viernes también, haciéndose el dormido hasta que escuchaba el mutis etéreo de "Lina" hasta la entrada para franquear el paso al amante de sus viernes. Algo brotaba dentro de él al percibir la entrega de ambos cuerpos. Algo turbador e irresistible, una llamada interior y abisal que no le dejaba más que prestar atención a lo que, tras los muros de su cuarto, sucedía entre los dos jóvenes. El afán de conocer fue inundándole las noches y sus días. Tenía que saber qué pasaba y un día la fortuna le sirvió en bandeja la respuesta a tanta intriga acumulada: el pestillo de la habitación de Abelina dejó de funcionar un viernes por la tarde impidiendo que la puerta se cerrase por completo y al albur de una mano que quisiera entornarla para ver lo que allí había… y ocurría.

Y ocurrió que, aun sabiéndose vulnerables, el ímpetu de aquellos jóvenes amantes fuera más fuerte que su prudencia, y se entregaran a los mismos juegos placenteros que practicaban cada viernes, sin imaginar que los ojos de "Tino" les contemplaban expectantes al otro lado de la rendijita que quedaba abierta gracias a la disfunción de la falleba. Y ocurrió que "Tino" asistió al ritual de los amantes entregados al deseo extasiado por las sensaciones que en él le producían. Percibía, azorado, la calentura de su nurse, enfundada en aquella combinación que el niño había visto tantas veces colgada en el tendedero. ¡Qué diferente se le hacía ahora, convada perfilando su silueta femenina y dejando entrever los afilados pezones de su nurse! Contempló cada una de las fases del ritual: los besos ardientes, el discurrir desazonado de las manos sobre el cuerpo del otro, la búsqueda apresurada de cada zona hasta encontrar cada objetivo, los preliminares lúbricos y lubricantes y, al fin, la poderosa penetración de aquella hermosa verga recibida con halagos entre las piernas de Abelina. Vio el traca-traca sonoro de la cabecera de la cama, el sonido chirriante del somier metálico, la vio a ella tensa y jadeante, a él en frenética entrega y luego, por fin, exhausto mientras ella le besaba satisfecha. Y le gustaba verlo, agazapado en la penumbra sintiendo el hormigueo cálido en su músculo incipiente…


(continuará…)