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lunes, 15 de diciembre de 2014

UN CUENTO DE NAVIDAD (va por ti, Scrooge)




Exterior día. Amanece en Ciudad. La urbe se va desperezando poco a poco del sueño frío a que la somete cada noche de este invierno. Las ventanas abren sus persianas para dejar pasar la luz que ya asoma en su reinado. Es la vida que se enseña y se muestra en todos sus detalles…

Ernesto se acerca al cristal y mira. Se le ocurre que se encuentra frente un espejo heterodoxo cuya función es reflejar la realidad que hay más allá del mundo que él controla. Tal vez por eso puso su cama delante: para no verse tan solo de Clara cada noche y extender su mirada hacia la distancia física que de ella ahora le separa.

Clara deambula todavía somnolienta por la casa. Hace ya casi un año que se mudó a ella y todavía no ha conseguido hacerla suya. Era una solución rápida a su huida y ahora se siente atrapada en el vacío de sus espacios solitarios. Como cada mañana prepara café para, antes de ir al trabajo, dejarse llevar por el aroma de sus recuerdos con Luis, tan dulces al principio como amargos en el final de su enamoramiento inoportuno.

Luis se limpia el regusto a desayuno que la taza le ha dejado en sus labios, los de la boca que a partir de ese momento no dirán ya más que mentiras, las mismas que utilizó con Clara para llevársela a la cama. Mira cómo se despierta Marta, recreándose en el contraste de su piel morena con el blanco luminoso del enredo de sábanas donde reposa su amante del momento, y piensa que cada vez deja más alto el nivel de la hembra que pasa por su lecho.

Marta remolonea un poco más porque quiere esperar a que Luis se vaya antes de levantarse. Tras tantos meses de ganarse su confianza hoy es el día señalado con el rojo de la pasión en el calendario de su corazón: por fin quedará sola en el lugar donde conseguir los medios necesarios para escaparse con su amada Eugenia a ese rincón del ultramar que ambas sueñan y en el que darán rienda suelta a sus fantasías ahora reprimidas.

Eugenia ha madrugado hoy más de la cuenta. Tiene que terminar hoy más pronto la faena porque Marta le ha dicho que tiene algo urgente que contarle y ha quedado con ella a media mañana en una céntrica cafetería. No puede dejar de pensar en ello mientras sube como una autómata los últimos tramos de escalera. Ni siquiera la repentina aparición de Ernesto en la puerta, apurándose a guardar su arma reglamentaria en la sobaquera, sin que a ella siquiera le hubiera dado tiempo a preguntarle qué tenía que limpiar, pudo sustraerla de imaginarse con Marta solazándose bajo el sol tropical de su escapada.

Exterior día. En Ciudad hace un buen rato que ya es de día, un día frío y soleado como corresponde a todo día de invierno navideño. Sí, es Navidad, ese tiempo en que, a fuerza de hacérnoslo creer, terminamos por admitir que somos esencialmente como no somos el resto del año y nos deshacemos en grandes gestos llenos de hipocresía para redimirnos de nuestra ruindad rutinaria; el periodo en que nos empeñamos en demostrar que nuestro mundo está más cercano al de Dickens en su cuento, o el de Capra en su "Qué bello es vivir", que en la basura de sociedad cainita que construimos día a día con nuestros actos innegables. Navidad… ahoguemos las traiciones, los silencios y las estocadas a quienes tildamos de "amigos" para no reconocer que somos las peores de las hienas.

VOZ EN OFF: "Beau… ¿no estás cargando las tintas en demasía? Recuerda que no todos somos iguales… hay quien trata de alejarse de esos comportamientos y lucha por mantenerse dentro de los márgenes de unos principios que le confieran dignidad como persona. Se tú uno de ellos. Escribe tu cuento, Beau… Pero no te olvides de que es un cuento de Navidad".

La carne es débil, porque el género es humano. De acuerdo. Cambiemos el tono y pintemos de color blanco el sórdido cuento negro del policía solitario, la dama adúltera, el trepa triunfador inmundo, la bella sin alma y la desdichada cenicienta, todos carne de dolor y sufrimiento. Lo que importa es el género humano, por lo menos en estos días. Reorganicemos el relato: cuando alguien escribe un texto se convierte en el único dios de su universo, con mano -y pluma- para cambiar destinos y finales. 

Por eso, y por la potestad que la escritura me confiere, sentencio a Luis a no sorprender a Marta robándole y, por consiguiente, no tener que enfrentarse a ella y acabar con su vida; a Eugenia a no tener que soportar el desgarro de saber la muerte de su amada mulata; y a Clara a reflexionar sobre lo que un comportamiento caprichoso e inmaduro puede llegar a desencadenar y a Ernesto a entender que sus demonios no viven fuera, sino dentro de si mismo.

Mis personajes son ahora libres para reescribir su microhistoria. Vuelven a poder demostrar si son carne o género, si han aprendido a ver la proyección de sus actos en los demás o los demás son tan solo un espejo donde continuar mirándose como ególatras para ser los únicos reyes del tinglado. Solo les pido que no me dejen en mal lugar y demuestren, una vez más, que los cuentos navideños no son ridículamente cursis y, sobre todo, mentira de mentiras.

¡Ah! Se me olvidaba: pasen una muy feliz Navidad y hagan todo lo posible para que sea también buena para quienes les aprecian y les quieren.

Mi beso para uds, queridas y queridos  ;)







(nota del autor: este texto está escrito "del tirón" y tal y como ha salido va a quedar publicado. Espero que no haya muchas agresiones a la ortodoxia sintáctica. Y, si las hubiera, seguro que uds. tendrán a bien perdonarlas. Es Navidad, tiempo de ser buenos… y buenas ¿recuerdan?)


jueves, 27 de noviembre de 2014

LADY LUCK / 3





-Vamos en tu coche. Es mejor que conduzcas tú.
-¿Te pasa algo? Te noto un poco raro esta noche BeBé ¿Estás bien?
-Sí, mujer… Estoy bien, no te preocupes.

eFe me miró fijamente, como si quisiera ver más allá de lo que sus ojos le mostraban. Buscó en su bolso las llaves. Las tomó y bajamos al garage. Abrió el portón trasero de su monovolumen. Revolvió en su interior hasta encontrar un paquete que contenía una bolsa de plástico. Dentro, unas deportivas cómodas. Me miró de soslayo y se dispuso a cambiárselas por los excitantes zapatos de tacón de aguja rojos que llevaba puestos como complemento al vestido en que enfundaba su cuerpazo.

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No se por qué pero me acordé de Pierce, de su teoría de la relación triádica: tres miembros vinculados en una relación de igual a igual. Signo, objeto e intérprete. Iconos, índices y símbolos. Aquellas deportivas significaban tanto la comodidad como un indicio de infidelidad en si mismas y un símbolo del engaño que venía perpetrando mi hermosa impostora. Cuántas veces habría salido eFe de casa arreglada formalmente en perfecto estado de revista para calzarse, luego, esas deportivas que le proporcionaran la libertad para moverse con soltura en otros lugares. Cuántas coartadas habrían caminado sobre sus suelas… Esta noche sería su último servicio. Observé a eFe en su peculiar trasiego. Era una mujer realmente elegante. Sus piernas eran un primor para la vista de un hombre. Para mí lo eran. Largas y estilizadas. La vida no la había maltratado estéticamente. Tal vez aquellos hombres que habían pasado por su vida, y de los que tanto despotricaba, no habían sabido hacerla feliz, pero los disgustos no habían dejado ningún rastro en su preciosa anatomía. No tuve la suerte de conocer a eFe en sus años juveniles, pero había visto muchas veces las fotografías que ella conservaba de esa etapa de su vida y, como si hubiera hecho un pacto con el mismo Lucifer, aquellas instantáneas mostraban a una eFe de menor edad, pero luciendo las mismas piernas cuya piel mis manos habían visitado tantas veces. Ella sabía del tesoro sobre el que caminaba y no perdía ocasión de mostrarlas con orgullo. A mí me volvían loco. Sobre todo en ese momento en que las desenvainaba del envoltorio de la seda de sus medias. De repente me di cuenta del motivo por el que la semiótica de Pierce me asaltó en ese momento por sorpresa: yo era un mero significante y eFe era mi significado, un significado con bellas piernas que se me escapaba corriendo impulsada en las atléticas zancadas de sus deportivas femeninas.

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-Dime la verdad BeBé… a ti te pasa algo ¿verdad?
-¿Tienes tú algo que contarme, eFe?

Contrajo su rostro. Tensó su cuerpo. Probablemente se estaba dando tiempo para calcular cual era la mejor de sus posibles respuestas. eFe era una maestra en el arte del escapismo. Tantos años de convivir con el engaño le habían proporcionado la técnica necesaria para eludir las situaciones comprometidas. Pero, al contrario, no tenía ningún inconveniente para ser directa cuando era ella quien buscaba tus explicaciones. Yo lo sabía bien, puesto que en alguna ocasión fui el objetivo de sus inquisiciones. Fue un error de esos que todos cometemos alguna vez en nuestra vida, saldado con una confesión sincera y sin ambages. Una actitud que eFe exigía a los demás tanto como incumplía para si misma. Por eso no podía esperar que lo que saliera pronunciado por su boca fuera una declaración sincera, sino un subterfugio para salir airosa de este brete inesperado para ella. Hubiera sido una estupidez por mi parte conociéndola. No, simplemente no esperaba la verdad. En cualquier caso yo ya la conocía por más espinosos que me fueran sus detalles.



EL SON…

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LADY LUCK / 2





-BeBé, eres…

¡Ah, la liturgia de los puntos suspensivos! En una pausa suspensiva cabe todo un universo de posibilidades. En su caso cabía todo un calendario lleno de meses de engaño solapado, todo un contenedor de halagos repleto de cientos de cumplidos destinados a hacer diana en mi ego, un planeta entero de falsedad y embaucamiento traicionero. Todo en el pequeño lapso que marcan tres puntos, uno tras otro y tras el otro, uno más. Tres puntos, tres, seguidos y no en raya…

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Me gustaba el ritual que sucedía a nuestros polvos. Me gustaba ver el resplandor de su mechero iniciando los cigarrillos que habitaban en aquellos labios que antes se habían ocupado del gozo de mi sexo. Me gustaba contemplar la metáfora etérea del humo blanquecino que ahora penetraba en esa boca que antes había regado con mi esperma. eFe lo sabía, y se recreaba sin recato en el acto fumatorio. Cada bocanada era un tributo a la pasión que habíamos derramado, momentos antes, cuerpo a cuerpo. Inhalar y exhalar, embocar, encender, consumir… y luego, una vez acabado, tirarlo… Quizás fuera yo su cigarrillo humano y, como tal, me había llegado ya el momento de ser la teba que se arroja por contener lo más dañino y despreciable del tabaco. Por eso iba a recrearme hasta el último detalle en los últimos pitillos de mis últimos momentos en su boca. La vi buscar el paquete a tientas entre la penumbra agitada por el movimiento de su cuerpo proyectado en las paredes de la estancia. La vi encontrar el producto de su deseo desgranando el haz de filtros con sus dedos. La vi extraerlo con delicadeza y llevárselo a los labios. La vi entreabrirlos, tras lubricarlos con el suave repaso de su lengua, y tensar el orbicular para sujetarlo con firmeza y sin morderlo. La vi prenderlo. La vi succionar con deleite, la cabeza del cigarrillo encendida en volcánicas idas y venidas de sus dedos. La vi alejarlo y atraerlo a la humedad del estoma placentero mientras el humo describía oníricos perfiles con el humo que ilustraba sus palabras. Pero yo no la escuchaba: tan solo la veía y admiraba la fálica fantasía originada en aquel cigarro, juguete del gozo de su boca.

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-No llegamos, Nena. Vamos tarde, como siempre.
-No me agobies cariño. ¿Qué mas da? El Casino no va a moverse de su sitio.
-No, pero la suerte no espera eternamente y me da que no es la mejor noche para tentarla.
-¡Ay BeBé! No te deja la condición ¿eh?

Tenía prisa por llegar cuanto antes al final de mi destino. Para eFe yo era una etapa con la caducidad impresa en neón fosforescente. Yo mismo lo veía al colocarme la pajarita de raso negro frente al espejo. "Se acabó", pausa, "se acabó", pausa, "se acabó", pausa… en una sucesión continuada de fogonazos cegadores que me seguían allá donde mirara. Y como mirara donde mirase solo veía oscuridad, era imposible no ver el maldito luminoso que actuaba como un spoiler despiadado del fin que me esperaba. 

-¿Es que no vas a acabar nunca de arreglarte?
-¿Y eso? ¿Vas a ponerte borde a estas alturas BeBé?

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Nunca se sabe con certeza cuando empiezas a acabarte para alguien. En mi caso tal vez el inició fue un día que salió de casa sin que estuviera programado, o un día de esos que, sin tener que salir de casa, comenzó a perderse entre los lugares de la red que me hacían competencia. El caso es que cuando te llega el momento el inicio es lo menos importante. Lo importante es estar preparado para aceptarlo. Yo lo estaba. De la misma forma en que un artificiero se protege con un traje de plomo cuando va a manipular un artefacto explosivo, o de un bombero que se adentra en el fuego con un traje ignífugo. Hay que minimizar los posibles daños: es lo que mandan los manuales en las situaciones de alto riesgo para las personas. Y una relación de sentimientos es siempre una situación continuada de alto riesgo. Allí estábamos, eFe, mujer fetiche de la suerte, y yo dispuestos a interpretar nuestro propio "grande finale". Solo teníamos que esperar que la orquesta terminase de afinar sus instrumentos, la tramoya estuviera bien dispuesta y el resto del elenco diera el do de pecho en esta ópera bufa que mi fatum femenino me había preparado. Por eso tenía que estar listo…



viernes, 31 de octubre de 2014

Lady LUCK






Cuando me levanté, desplumado y sin blanca, de aquella mesa de Bacarrá, creí que mis días de juego se habían acabado. Siempre he dicho que un hombre ha de saber cuando ha de retirarse, y esa vez estaban muy claros los designios del destino. No me quedaba nada, todo lo había perdido en la peor racha que recuerdo haber tenido en mi vida. Incluso Lady eFe, mujer fetiche de mi ludopatía nocherniega, decidió cambiarme por un mindundi, jugador de tres al cuarto -o peor aun: de tres en raya-, y dejarme tirado como un perro apaleado en la cuneta en que se tiran los despojos sentimentales que son prolapsos y excrecencias, apéndices de los días que se niegan, tras vividos. 

-¿Vas a dejarme, entonces?
-Por supuesto que sí. No soy de las que dilapido mi tiempo con absurdos perdedores. Te dejo, sí.
-¿Así?
-Y peor si tú me obligas.
-Pero tú me dijiste…
-No seas ridículo BeBé. No lo estropees ahora.

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Una serie de ochos continuados contra la constancia del siempre nueve. Sospeché de aquel otro jugador al que Lady eFe hacía ojitos desde el primer momento. Sospeché aun antes de percatarme del significado del sms avisado que encontré en la pantalla del móvil de mi amante de azares y fortuna. "Esta noche partidita de tres en raya. Deshazte rápido de él. Vamos a desplumar al pollo". Estaba claro que yo era ese pollo al que iban a desplumar, pero no iba a darles el gustazo de ser ellos quienes lo consiguieran: yo mismo me haría el harakiri en una sucesión suicida de apuestas que ya conocía perdidas de antemano, porque mi mano siempre sería peor que cualquier mano de sus manos.

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-¿Qué vestido me pongo, Cariño?
-Ese rojo ceñido que no deja duda alguna de las formas de tu cuerpo, querida. Y, por favor, póntelo a pelo: que se note bien dónde apuntan tus pezones.
-¿Te refieres a este?

Salió del vestidor con su cuerpo apretado por el rojo y la sonrisa desatada entre sus labios. Descalza y con los zapatos de aguja bermellones en sus manos. Estaba divina. Sus ojos brillaban sabiéndose excitantemente lujuriosa. La miré con la pausa de quien va a recrearse por última vez con lo que sabe que se acaba. Aquella delicia había sido mi deleite, sí. Y por eso podía reconocer, bajo el tejido carmesí que lo cubría, cada detalle de su esbelta anatomía: los pechos elegantemente caídos por el peso de los años, la silueta exquisita trabajada en horas de gym aeróbico, las caderas marcando el territorio de su pelvis, las nalgas apretadas de yegua dispuesta a recibir el azote de una buena verga masculina…

-Estás preciosa, eFe.
-¿De verdad lo piensas BeBé? Mira que tenemos un ratito todavía…
-Pues no lo malgastemos y vivámoslo como si fuera el último.
-Qué melodramático eres Bebé…

Me miró intrigada, pero enseguida se mordió el labio quedamente con ese tic que delataba su ansiedad por sentirse húmeda y que yo tan bien conocía. Deslizó su mano izquierda por mi nuca para llevarme con firmeza hasta su boca. La derecha ya buscaba sin recato el preciado bien que escondía mi bragueta. Su lengua encontró a mi lengua en el mismo momento en que sus dedos hicieron presa en la izada incipiente de mi falo. eFe sabía muy bien cómo llevarlo al punto al dente de dureza. Mordisqueaba todos mis labios mientras asía con firmeza el acero de mi polla. Sabía cómo excitarme y mantenerme preparado para el momento deseado. Era buena, muy buena, y yo no tenía más que dejarme llevar y olvidarme por completo de que iba a ser la última vez que vertiera mi viril lactosa en el recreo de su cuerpo y sus orgasmos…


Ya lo dice la voz…

lunes, 13 de octubre de 2014

TRECEDELDIEZDEDOSMILDIEZ (Mi querida resilencia)

Así era el frontispicio de Brummell Manor aquel primer día. 




Resilencia, recuerdas? :) pues eso, que con ganas todo se consigue.




Fechas… somos seres que caminan por la vida agotándose en sus plazos, carne de caducidad entrante. Una etapa sucede a otra y en cada una hay personas, sentimientos, aventuras, ilusiones, todas propias por reconocibles e inherentes en el tiempo de su desarrollo. Segmentos de nuestro pasado, algunos grabados de alegría y otros que nos gravan con dolor y con tristeza.

Aunque lleno de la heterodoxia más rabiosa para lo afectivo, confieso que con la edad he aprendido lo importante de la liturgia de las fechas y los plazos. Soy un funcionario de mis días y me gusta estar atento a las efemérides que dan sentido a mi vida. Reconocerlas es un tributo obligado de cariño. Los olvidos son un síntoma evidente de desidia, o, lo que es peor, de afán de zaherir. Cada uno sabe cómo y porqué obra como obra.

Un trece de octubre comencé esta aventura. Tenía que ser esa día. Hay fechas que te persiguen para clavársete en el alma cada año. Un trece de octubre comencé a entenderme para ajusticiar al yo intransigente que me había impedido entender a quien me había dado la vida. Un trece de octubre comencé una catársis necesaria para reencontrarme con quien también soy, y ya no puedo ocultar por más tiempo.

Hace cuatro años…

Buscas un nombre, buscas un perfil, buscas un estilo, buscas qué decir… ¿qué se busca en realidad?

Buscas una realidad que no te maltrate como lo hace lo tangible. Buscas cariño, reconocimiento, estima. Buscas, pero ¿qué encuentras?

Hace cuatro años que inicié este viaje y en él me he encontrado de todo: risas y lágrimas, afectos y puñaladas, colores y negruras, amistad y traición, luz y decepción, alegrías y miedos. Hay quien se ha subido y quien se ha bajado voluntariamente de mi vida. Seguramente, y como es lógico, lo positivo sería impensable sin lo agrio, por eso arrepentirme de algo conllevaría renunciar a lo bueno que cualquiera de mis errores haya podido generar. En cualquier caso no tengo poder para retroceder en el tiempo y remediarlos.

Hace cuatro años que experimente por primera vez ese venenillo de publicar y sentir la ansiedad de la espera de comentarios, de ver quien llegaba y qué opinaba…

Hace cuatro años ya y aquí sigo para contarlo. Y, afortunadamente, hoy siento que no lo siento y que ha merecido la pena esta deriva.

Resilencia… Sirvan estas líneas, incoherentes pero sinceras, para agradecer que me hayas enseñado lo que significa esa palabra.


Beau Brummell
Brummell Manor, 2014 / 10 / 13

miércoles, 1 de octubre de 2014

UNA HISTORIA COMO OTRA [(DE) (UNA)] CUALQUIERA






-Dime, ¿te has tirado a mi mujer?

Tenía un revolver en la mano. Tenía veneno en su mirada y pólvora en su alma. Tenía toda la ira de un hombre herido cargada en su venganza y esperaba percutirla con la confesión escupida de mi boca. Pero mi boca no estaba para confesiones. Estaba seca, a pesar de toda la sangre que manaba de mi maltrecha dentadura. Aquel maldito animal me había dado una monumental paliza. Quería acabar conmigo, sin duda. Acabar conmigo para terminar con la rabia de su despecho. Pero antes quería oírme y ese era mi salvoconducto para permanecer en este lado de la vida. Le miraba. Le veía sosteniendo el arma que acabaría con mis días. Le veía apuntándome con la impaciencia de quien quiere comprimir el tiempo en un segundo. Le veía y sabía que estaba sentenciado. Le veía y me daba cuenta de que no había esquiva posible en mi respuesta. Estaba en un callejón sin salida, acorralado con un monstruo transido de la peor de las enfermedades afectivas: los celos.

-Dímelo ya, hijo de puta: ¿te la has follado? Sí, te la has follado ¿eh? Vamos puto imbécil…

Dicen que cuando sabes que vas a morir ves tu vida pasar en pocos segundos. Dicen eso, pero yo no la vi. Lo único que vi es a aquel marido despechado intentando ajustar cuentas con su propia vida. ¿Qué le había llevado hasta mí? ¿Habría llegado ya a los otros? ¿Sería yo el primero de la lista o ni siquiera me otorgaría tal privilegio? Obviamente no creí que fuera buena idea preguntarlo en aquel momento. Me pierden los buenos modales y no era cuestión de quedar para el recuerdo como un maleducado curioso a la hora de palmarla. 

Su mujer… una pieza de cuidado, sí. Una de esas mosquitas muertas cuyo aspecto de dama culta y refinada acaba por destapar a una señora zorra sin escrúpulos. Así gustaba de verse en sus fantasías: una chica buena que termina siendo la más perra de las perras con los hombres. Una hembra en cuya lucha por su macho era capaz de cualquier cosa. Una especie de adúltera libertina y justiciera. Yo, y otros tantos como yo, no había sido sino un mero instrumento para cumplir su venganza contra el hombre que, creyéndolo de su propiedad, había osado preferir a otras que ella consideraba inferiores. Eran una pareja de las que ni contigo ni sin mí. Tal para cual. Supongo que habría sido así desde los inicios de sus inicios. Supongo que llevarían años poniéndose los cuernos sin piedad y jugando a llorarse simulando que eso les dolía. Supongo, porque con ella no hablé nunca de eso. Y si alguna vez lo hice preferiría no recordarlo.

La conocí un mal día, porque cualquiera de los días que te lleven hasta donde yo estaba ahora es un día nefasto. La casualidad me llevó a ella. En mis ratos libres tengo un hobbie y alguien me dijo que era muy buena en ese campo. Lo era. Manualidades. El caso es que nos pusimos en contacto y una cosa llevó a la otra. Nos dejamos llevar. Flirteamos. Teníamos la química adecuada para acabar retozando en el primer rincón vacío de curiosos. O con ellos, quien sabe. El morbo era un componente fundamental en nuestros encuentros. Éramos dos desinhibidos buscando razones. A mí me pareció que ella era una magnífica razón para encontrarme. A ella le pareció que encontrarme podía ser una magnífica razón para haberme buscado de la forma en que lo hizo. Mi perfil era idóneo para tocarle las pelotas a su marido. Nos liamos, claro. Yo lo tenía muy claro: me gustaba y punto. Y lo que más me gustaba era que ella lo tenía tan claro como yo. Nada de romances, nada que pudiera limpiar el sucio sentimiento que nos llevaba hasta lo más profundo de nosotros. Follamos, sin más intención que disfrutarnos. O eso creía yo. Pero un día ella pronunció el conjuro para malograr nuestra relación pecaminosa. Un te quiero salió de su boca y se instaló en mi alma. Y de follarnos pasamos a jodernos. Y de disfrutarnos a sufrirnos.

Pasamos unos buenos meses juntos. Sexo explosivo, atrevido. Juegos sin más límite que llevarnos al orgasmo más salvaje. Sin concesión alguna. Solo tras corrernos nos permitíamos algún momento de ternura. Nos fuimos acostumbrando. Nos gustaba sentirnos el uno para el otro. Yo sabía que no era el único. Ella necesitaba más. Había tenido el detalle de decírmelo. No me importó en ningún momento. Yo no quería ser su novio, ni casarme con ella. No quería más vínculo que a qué hora y en qué sitio. Me daba igual compartir su infidelidad con uno o con mil más. Tan solo quería que en mis turnos fuera solo mía. Tan solo tenía que ser consciente de que no podría estar disponible para mí cuando yo quisiera. Yo tampoco lo estaba para ella y por eso ninguno de ambos iba a hacer ningúna escenita de celos. Éramos mayores de edad, responsables de nuestros actos y estábamos ávidos de gozarlos. Nuestros "actos", digo. Todo era perfecto. Tanto que solo podía ir a peor.

lunes, 22 de septiembre de 2014

LA DILETANTE LUZDIVINA






Ahí la tienen, haciendo sus abluciones bucales y gargarsmos matinales que le permitirán estar presta para la prueba. Se llama Luzdivina, gracia de sus padres, y es una alumna aventajada del Aula Bel Canto, gracias a su prodigiosa voz de soprano. A tenor de los entendidos será una "prima donna" excelsa e innigualable. Y no piensen que en ello no tedrá que ver su espléndido cuerpazo. Es la envidia de sus compañeras y el sueño de los hombres que tienen el privilegio de contemplar su belleza, acrisolada entre sus curvas femeninas. Miren la "prieta" oscuridad de sus cabellos, sus expresivos ojos de azabache -que a veces, en impostada travesura, oculta bajo el artificio de unos iris verdes que relucen como gemas sobre el moreno cutis de su cara-, la sucinta extensión de su esquiva naricilla, sus carnosos labios rojos sobre el suave mentón que jalona un exquisito cuello. ¿Lo ven? Una cara hecha para seducir, para refulgir entre millones. Y no se pierdan el resto de su anatomía. Tengo razón, ¿a que sí? Esos hombros que enmarcan la espalda ligeramente masculina, la perfecta simetría de sus perfectos y torneados pechos, ni grandes ni pequeños, la exacta proporción de las caderas, la exquisita prominencia de los glúteos, la estilizada longitud de sus piernas… Sí, es una dama primorosa, tan elegante en sus ademanes como grácil cuando se mueve. Un regalo de los cielos. Ya lo preconizó Don Licinio, su pediatra, cuando empezó a desarrollarse:

-Joder que mala suerte la mía. Ahora que te están creciendo las tetitas, Luzdivina, y te vas a poner como un queso, tienes que pasar a las manos del médico de cabecera. ¡Cómo va a ponerse el hijoputa!

Nunca estuvo más certero, en lo semántico, el bueno de Don Licinio, porque la magnífica muchacha pasó en seguida por las manos del Dr. Mínguez, quien nada más verla le pidió que se desnudase para reconocerla. Cosa que Luzdivina permitió sin poner reparo alguno, por más que lo que a él la llevara fuera una afección faríngea que le impidiera llegar a las octavas que su profesora le exigiera. No en vano siempre tenía presentes las palabras que un día le dijera su confesor tras exponerle el tan enigmático, para ella, afán de muchos de los varones que la rodeaban por palpar su apretado trasero: "Luzdivina, muchacha, tú tienes un don que habrás de compartir con el resto de los hombres. Para eso te hizo el Señor tan perfecta. Ea, ven que te bendiga". Y bien que lo hizo, sí, con suaves caricias, primero, que fueron increscendo a medida que el confesor iba perdiendo el aliento y mostrándose cada vez más sudoroso, para luego bendecirla propiamente con las húmedas secreciones del hisopo que blandía con agitados golpes manuales. "Bendita seas, Luzdivina", jadeaba en un éxtasis que parecía no ser de este mundo. Y Luzdivina, criatura servil y predispuesta, recibía con denuedo aquella lluvia de gozo cálido y humano. "El cielo que gotea su blancura beatífica, jovencita. Puede ser un hecho milagroso", le explicaba el cura mientras retiraba su otra mano de la entrepierna femenina. Y, así, todos los jueves milagro. 

La verdad es que nunca pudo imaginar todo lo que le iba a deber al Dr. Mínguez nuestra querida Luzdivina. Seguramente el motivo que la ha llevado hasta conseguir la gran oportunidad de la que hoy goza se la debe a aquel oscuro médico de la Sanidad pública que la mostró el poder de conocer los secretos del cuerpo de los hombres. ¡Ah el Dr. Minguez! ¡Qué apropiada es a veces el destino al nombrar a las personas! Bernardo Mínguez, doctor en medicina y varón con una verga que hacía honor a su apellido, un falo descomunal para aquel ser de mediana estatura y no muy agraciado físicamente. "El hombre más vale bien dotado que bello" era su lema. Y cuando alguna mala mujer trataba de reirse de él llamándole feo, él se defendía con un resabio muy particular: "para guapo, mi aparato, chata". Era cierto:  la minga de Bernardo era cosa realmente primorosa, un falo bien talludo rematado por un caperuzón acharolado y reluciente cuando estaba duro y empinado.


(continuará)


¿Te gusta estar entre la espa(l)da y la pared?

martes, 9 de septiembre de 2014

CORAZÓN II




(viene de aquí)



El reloj no corre. El tiempo se me antoja atorado para impedirme tu llegada. Tomo el mando y busco en la pantalla un algo con el que olvidarme de este ansia que me consume. Me ahogo. La intensidad de mi impaciencia sube y me desborda. Una mirada aquí y otra allá, intentando descubrirte en algún lugar de la habitación en que te espero. Suena el timbre de mi móvil. Es tu número, Niña. Eres tú.

Si me hubieran dicho que iba a volver a jugar a este juego lo habría negado, contundente. No buscaba ir a corazones, sino ligar jugada en diamantes, tréboles o picas. Había tenido ya lo mío tras perderme en fullerías que nunca supe dominar. La impericia del novato al que ofrecen un poco de suerte impostada y cree que no va a perder nunca. Invencible en camas que me succionaron cada segundo de alegría. ¡Pobre estúpido arrogante! Salí malparado, sí. Me lo tenía merecido. Nunca hay que olvidarse de lo que en realidad somos. En este mundo solo se puede ser víctima incruenta o la rapaz depredadora que de ti se alimenta. Eso es lo que aprendí de quien logró reinventarse a costa de mis ilusas esperanzas. Eso digerí y somaticé tras admitir que había sido un imberbe primavera en un mundo de voraces vampiras de cariño. Si me hubieran dicho que aquella imagen tuya iba a cambiar el color de mi mirada…

Aún puedo verme contemplándote. Ni siquiera hoy podría explicar el magnetismo que sentí al verte. No sabía, entonces, lo hermosa que tú eres. Eso me lo descubriste después, como si primero hubieras querido cerciorarte de que yo no era tal y como ciertamente parecía. Eso me lo mostraste poco a poco, calculando cada paso, en una cuenta atrás hasta el cero que hasta aquí nos ha traído. Apostaste por mí todo, y con un guiño me animaste a seguirte en el envite. Y yo, empedernido jugador y perdedor de lances atrevidos, te seguí seguro de mis cartas, las que tú me habías dado.

Me coloco frente al espejo intentado evaluarme como hombre. Soy maduro, ya otoñal, y tú tan espléndida y femenina… y joven. ¿Qué te ha llevado a desearme, a dejarme entrar en ti y hacerme el Señor de tus pensares? ¿Cómo me imaginaste? Y ahora, aunque ya sabes cómo soy… ¿te decepcionaré? Estoy nervioso. Nervioso como en cualquiera de mis citas cuando era adolescente. Nervioso por, quizás, no ser quien tú mereces. Nervioso, Niña, pero lleno de deseo en esta espera que me embarga y que me lleva hasta el premio de tu cuerpo.

- "Dime Cielo"
- "Corazón, mira… llego en diez minutos"

sábado, 30 de agosto de 2014

sábado, 19 de julio de 2014

AGOSTO [VIENES… Y DE MÍ YA TE ESTÁS YENDO]

Búscame en cada guijarro, en cada concha, en cada huella de la playa…




Agosto que me llegas,
que me llevas al principio de mis días
cuando aun no había más que nada
y de la mágica nada naciente, al fin me hiciste.

Agosto, mes de soles
de caricias como rayos en mi rostro
de un tiempo que me deja una vida disipada
y, ahora, las señales inclementes de tu paso cada año.

Agosto de mar y arena
de noches agitadas de lunática locura
piel curtida y broncíneas aventuras
jugadas a copas, bastos o, de nuevo, a corazones.

Agosto, por fin en mi defensa
aunque hoy me separes más de lo que quiero
a esa Niña que me diste, la que en mis pupilas se refleja
coloreando de cielo azul y besos amarillos mis mañanas.

Agosto, mes seco de calores
mas de húmedas fantasías todo ahíto 
en las que me veo a unos iris verdes otra vez rendido
pero esta vez seguro de que su mirada no es engaño.

Agosto, viejo amigo,
camarada de lágrimas, risas, fiestas y sorpresas
tiempo que en mi vida siempre es fugazmente pasajero
porque compañero vienes… y de mí ya te estás yendo.