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lunes, 22 de septiembre de 2014

LA DILETANTE LUZDIVINA






Ahí la tienen, haciendo sus abluciones bucales y gargarsmos matinales que le permitirán estar presta para la prueba. Se llama Luzdivina, gracia de sus padres, y es una alumna aventajada del Aula Bel Canto, gracias a su prodigiosa voz de soprano. A tenor de los entendidos será una "prima donna" excelsa e innigualable. Y no piensen que en ello no tedrá que ver su espléndido cuerpazo. Es la envidia de sus compañeras y el sueño de los hombres que tienen el privilegio de contemplar su belleza, acrisolada entre sus curvas femeninas. Miren la "prieta" oscuridad de sus cabellos, sus expresivos ojos de azabache -que a veces, en impostada travesura, oculta bajo el artificio de unos iris verdes que relucen como gemas sobre el moreno cutis de su cara-, la sucinta extensión de su esquiva naricilla, sus carnosos labios rojos sobre el suave mentón que jalona un exquisito cuello. ¿Lo ven? Una cara hecha para seducir, para refulgir entre millones. Y no se pierdan el resto de su anatomía. Tengo razón, ¿a que sí? Esos hombros que enmarcan la espalda ligeramente masculina, la perfecta simetría de sus perfectos y torneados pechos, ni grandes ni pequeños, la exacta proporción de las caderas, la exquisita prominencia de los glúteos, la estilizada longitud de sus piernas… Sí, es una dama primorosa, tan elegante en sus ademanes como grácil cuando se mueve. Un regalo de los cielos. Ya lo preconizó Don Licinio, su pediatra, cuando empezó a desarrollarse:

-Joder que mala suerte la mía. Ahora que te están creciendo las tetitas, Luzdivina, y te vas a poner como un queso, tienes que pasar a las manos del médico de cabecera. ¡Cómo va a ponerse el hijoputa!

Nunca estuvo más certero, en lo semántico, el bueno de Don Licinio, porque la magnífica muchacha pasó en seguida por las manos del Dr. Mínguez, quien nada más verla le pidió que se desnudase para reconocerla. Cosa que Luzdivina permitió sin poner reparo alguno, por más que lo que a él la llevara fuera una afección faríngea que le impidiera llegar a las octavas que su profesora le exigiera. No en vano siempre tenía presentes las palabras que un día le dijera su confesor tras exponerle el tan enigmático, para ella, afán de muchos de los varones que la rodeaban por palpar su apretado trasero: "Luzdivina, muchacha, tú tienes un don que habrás de compartir con el resto de los hombres. Para eso te hizo el Señor tan perfecta. Ea, ven que te bendiga". Y bien que lo hizo, sí, con suaves caricias, primero, que fueron increscendo a medida que el confesor iba perdiendo el aliento y mostrándose cada vez más sudoroso, para luego bendecirla propiamente con las húmedas secreciones del hisopo que blandía con agitados golpes manuales. "Bendita seas, Luzdivina", jadeaba en un éxtasis que parecía no ser de este mundo. Y Luzdivina, criatura servil y predispuesta, recibía con denuedo aquella lluvia de gozo cálido y humano. "El cielo que gotea su blancura beatífica, jovencita. Puede ser un hecho milagroso", le explicaba el cura mientras retiraba su otra mano de la entrepierna femenina. Y, así, todos los jueves milagro. 

La verdad es que nunca pudo imaginar todo lo que le iba a deber al Dr. Mínguez nuestra querida Luzdivina. Seguramente el motivo que la ha llevado hasta conseguir la gran oportunidad de la que hoy goza se la debe a aquel oscuro médico de la Sanidad pública que la mostró el poder de conocer los secretos del cuerpo de los hombres. ¡Ah el Dr. Minguez! ¡Qué apropiada es a veces el destino al nombrar a las personas! Bernardo Mínguez, doctor en medicina y varón con una verga que hacía honor a su apellido, un falo descomunal para aquel ser de mediana estatura y no muy agraciado físicamente. "El hombre más vale bien dotado que bello" era su lema. Y cuando alguna mala mujer trataba de reirse de él llamándole feo, él se defendía con un resabio muy particular: "para guapo, mi aparato, chata". Era cierto:  la minga de Bernardo era cosa realmente primorosa, un falo bien talludo rematado por un caperuzón acharolado y reluciente cuando estaba duro y empinado.


(continuará)


¿Te gusta estar entre la espa(l)da y la pared?

martes, 9 de septiembre de 2014

CORAZÓN II




(viene de aquí)



El reloj no corre. El tiempo se me antoja atorado para impedirme tu llegada. Tomo el mando y busco en la pantalla un algo con el que olvidarme de este ansia que me consume. Me ahogo. La intensidad de mi impaciencia sube y me desborda. Una mirada aquí y otra allá, intentando descubrirte en algún lugar de la habitación en que te espero. Suena el timbre de mi móvil. Es tu número, Niña. Eres tú.

Si me hubieran dicho que iba a volver a jugar a este juego lo habría negado, contundente. No buscaba ir a corazones, sino ligar jugada en diamantes, tréboles o picas. Había tenido ya lo mío tras perderme en fullerías que nunca supe dominar. La impericia del novato al que ofrecen un poco de suerte impostada y cree que no va a perder nunca. Invencible en camas que me succionaron cada segundo de alegría. ¡Pobre estúpido arrogante! Salí malparado, sí. Me lo tenía merecido. Nunca hay que olvidarse de lo que en realidad somos. En este mundo solo se puede ser víctima incruenta o la rapaz depredadora que de ti se alimenta. Eso es lo que aprendí de quien logró reinventarse a costa de mis ilusas esperanzas. Eso digerí y somaticé tras admitir que había sido un imberbe primavera en un mundo de voraces vampiras de cariño. Si me hubieran dicho que aquella imagen tuya iba a cambiar el color de mi mirada…

Aún puedo verme contemplándote. Ni siquiera hoy podría explicar el magnetismo que sentí al verte. No sabía, entonces, lo hermosa que tú eres. Eso me lo descubriste después, como si primero hubieras querido cerciorarte de que yo no era tal y como ciertamente parecía. Eso me lo mostraste poco a poco, calculando cada paso, en una cuenta atrás hasta el cero que hasta aquí nos ha traído. Apostaste por mí todo, y con un guiño me animaste a seguirte en el envite. Y yo, empedernido jugador y perdedor de lances atrevidos, te seguí seguro de mis cartas, las que tú me habías dado.

Me coloco frente al espejo intentado evaluarme como hombre. Soy maduro, ya otoñal, y tú tan espléndida y femenina… y joven. ¿Qué te ha llevado a desearme, a dejarme entrar en ti y hacerme el Señor de tus pensares? ¿Cómo me imaginaste? Y ahora, aunque ya sabes cómo soy… ¿te decepcionaré? Estoy nervioso. Nervioso como en cualquiera de mis citas cuando era adolescente. Nervioso por, quizás, no ser quien tú mereces. Nervioso, Niña, pero lleno de deseo en esta espera que me embarga y que me lleva hasta el premio de tu cuerpo.

- "Dime Cielo"
- "Corazón, mira… llego en diez minutos"