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lunes, 15 de diciembre de 2014

UN CUENTO DE NAVIDAD (va por ti, Scrooge)




Exterior día. Amanece en Ciudad. La urbe se va desperezando poco a poco del sueño frío a que la somete cada noche de este invierno. Las ventanas abren sus persianas para dejar pasar la luz que ya asoma en su reinado. Es la vida que se enseña y se muestra en todos sus detalles…

Ernesto se acerca al cristal y mira. Se le ocurre que se encuentra frente un espejo heterodoxo cuya función es reflejar la realidad que hay más allá del mundo que él controla. Tal vez por eso puso su cama delante: para no verse tan solo de Clara cada noche y extender su mirada hacia la distancia física que de ella ahora le separa.

Clara deambula todavía somnolienta por la casa. Hace ya casi un año que se mudó a ella y todavía no ha conseguido hacerla suya. Era una solución rápida a su huida y ahora se siente atrapada en el vacío de sus espacios solitarios. Como cada mañana prepara café para, antes de ir al trabajo, dejarse llevar por el aroma de sus recuerdos con Luis, tan dulces al principio como amargos en el final de su enamoramiento inoportuno.

Luis se limpia el regusto a desayuno que la taza le ha dejado en sus labios, los de la boca que a partir de ese momento no dirán ya más que mentiras, las mismas que utilizó con Clara para llevársela a la cama. Mira cómo se despierta Marta, recreándose en el contraste de su piel morena con el blanco luminoso del enredo de sábanas donde reposa su amante del momento, y piensa que cada vez deja más alto el nivel de la hembra que pasa por su lecho.

Marta remolonea un poco más porque quiere esperar a que Luis se vaya antes de levantarse. Tras tantos meses de ganarse su confianza hoy es el día señalado con el rojo de la pasión en el calendario de su corazón: por fin quedará sola en el lugar donde conseguir los medios necesarios para escaparse con su amada Eugenia a ese rincón del ultramar que ambas sueñan y en el que darán rienda suelta a sus fantasías ahora reprimidas.

Eugenia ha madrugado hoy más de la cuenta. Tiene que terminar hoy más pronto la faena porque Marta le ha dicho que tiene algo urgente que contarle y ha quedado con ella a media mañana en una céntrica cafetería. No puede dejar de pensar en ello mientras sube como una autómata los últimos tramos de escalera. Ni siquiera la repentina aparición de Ernesto en la puerta, apurándose a guardar su arma reglamentaria en la sobaquera, sin que a ella siquiera le hubiera dado tiempo a preguntarle qué tenía que limpiar, pudo sustraerla de imaginarse con Marta solazándose bajo el sol tropical de su escapada.

Exterior día. En Ciudad hace un buen rato que ya es de día, un día frío y soleado como corresponde a todo día de invierno navideño. Sí, es Navidad, ese tiempo en que, a fuerza de hacérnoslo creer, terminamos por admitir que somos esencialmente como no somos el resto del año y nos deshacemos en grandes gestos llenos de hipocresía para redimirnos de nuestra ruindad rutinaria; el periodo en que nos empeñamos en demostrar que nuestro mundo está más cercano al de Dickens en su cuento, o el de Capra en su "Qué bello es vivir", que en la basura de sociedad cainita que construimos día a día con nuestros actos innegables. Navidad… ahoguemos las traiciones, los silencios y las estocadas a quienes tildamos de "amigos" para no reconocer que somos las peores de las hienas.

VOZ EN OFF: "Beau… ¿no estás cargando las tintas en demasía? Recuerda que no todos somos iguales… hay quien trata de alejarse de esos comportamientos y lucha por mantenerse dentro de los márgenes de unos principios que le confieran dignidad como persona. Se tú uno de ellos. Escribe tu cuento, Beau… Pero no te olvides de que es un cuento de Navidad".

La carne es débil, porque el género es humano. De acuerdo. Cambiemos el tono y pintemos de color blanco el sórdido cuento negro del policía solitario, la dama adúltera, el trepa triunfador inmundo, la bella sin alma y la desdichada cenicienta, todos carne de dolor y sufrimiento. Lo que importa es el género humano, por lo menos en estos días. Reorganicemos el relato: cuando alguien escribe un texto se convierte en el único dios de su universo, con mano -y pluma- para cambiar destinos y finales. 

Por eso, y por la potestad que la escritura me confiere, sentencio a Luis a no sorprender a Marta robándole y, por consiguiente, no tener que enfrentarse a ella y acabar con su vida; a Eugenia a no tener que soportar el desgarro de saber la muerte de su amada mulata; y a Clara a reflexionar sobre lo que un comportamiento caprichoso e inmaduro puede llegar a desencadenar y a Ernesto a entender que sus demonios no viven fuera, sino dentro de si mismo.

Mis personajes son ahora libres para reescribir su microhistoria. Vuelven a poder demostrar si son carne o género, si han aprendido a ver la proyección de sus actos en los demás o los demás son tan solo un espejo donde continuar mirándose como ególatras para ser los únicos reyes del tinglado. Solo les pido que no me dejen en mal lugar y demuestren, una vez más, que los cuentos navideños no son ridículamente cursis y, sobre todo, mentira de mentiras.

¡Ah! Se me olvidaba: pasen una muy feliz Navidad y hagan todo lo posible para que sea también buena para quienes les aprecian y les quieren.

Mi beso para uds, queridas y queridos  ;)







(nota del autor: este texto está escrito "del tirón" y tal y como ha salido va a quedar publicado. Espero que no haya muchas agresiones a la ortodoxia sintáctica. Y, si las hubiera, seguro que uds. tendrán a bien perdonarlas. Es Navidad, tiempo de ser buenos… y buenas ¿recuerdan?)