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miércoles, 4 de marzo de 2015

"V" DE… VANIDAD

Eva de fuego, carne de lava y de magmáticos deseos sexuales…




Se llamaba Vanidad. Estaba apostada en un recodo de esos senderos de la vida que se vuelven tan abruptos como hostiles. Hoy estoy seguro de que no era a mí a quien esperaba, pero también puedo afirmar que yo no le parecí mal como alimento para su ego maltratado. Vanidad ya no era joven. Había consumido esa mera circunstancia temporal hacía años, los mismos que ahora comenzaban a pesar y a pasar factura en su presente. Pero eso, ahora, es tan solo su problema porque dudo que quiera compartirlo con nadie, y me temo que mucho menos conmigo.

Eva, Vanidad, trabajaba de nueve a dos en un tedioso trabajo de oficina. El modo en que Eva y yo nos conocimos es totalmente irrelevante, pero, a efectos de hacer grande esta historia, pongámosle que fue debido a que estábamos predestinados a hacerlo. Ya saben, nuestras pieles se llamaban a gritos en silencio y esas cosas tan bonitas que se escriben para dignificar un poco lo que no es más que el dejarse llevar por el instinto de lo que se sabe animal y placentero. Pues eso: que estábamos hechos para darnos una alegría tarde o temprano, y sucedió que nos buscamos la manera de regalarnos nuestros cuerpos.

Nos conocimos, sí. Y nos gustamos. Era la premisa previa. Siempre la pongo como condición de dar un paso más allá, no sea que por correr se de un traspiés, un mal paso, que de al traste con todo lo soñado. Departimos confidencias una tarde impregnada de miradas que buscaban el más allá de las palabras. Desgranamos avatares y ocurridos. Descorrimos mil tupidos velos que entre nosotros ya no tenían sentido y descontamos los minutos que restaban hasta el gran asalto a nuestras fantasías anheladas.

Follamos. Entregados sin ambages, en un frenesí concupiscente sin medida. Follamos, sí. Follamos hasta sudarnos en caminos de sal por los que conducir nuestras lenguas llenas de deseo. Follamos tras lamernos como perros hambrientos y nos llenamos de esas babas ricas que presagian un placer indescriptible. Su sexo era sabroso como pocos y el mío rezumaba a macho que reclama su ración de hembra ardiente. Y follamos, claro que sí. Follamos jadeando, trémulos y agitados. Follamos entre susurros que se hacen gritos imparables por un coito incontinente y placentero. Follamos desnudos de prejuicios, entregados a los juegos más lascivos. Follamos comiéndonos las horas, con el corazón acelerado y la sangre bombeada a través de venas y de arterias. Follamos como solo follan los amantes sin prejuicios, los hedonistas que no esconden la veneración que sienten por el vicio carnal en grado extremo. Follamos como bestias que buscan expiar sus culpas de personajes vacíos de alma. Follamos con clímax desgarrados, con eyaculaciones compulsivas, con felaciones ahogadas y mordidos cunilingus. 

Follé con Eva. Y con Vanidad, que iba con ella. Los tres en aquella apretada cama, tras darnos los mejores orgasmos de aquel día. Parecíamos entendernos casi sin escuchar nuestras mentiras. Nos daba igual traicionarnos o querernos, pero sabíamos de sobra que estábamos más cerca de acabarnos que de mantener cualquier vínculo de aprecio que dignificara nuestro encuentro clandestino. No podíamos decepcionarnos con sentimientos ni promesas. No podíamos caer en ninguna de las odiosas desviaciones afectivas que tanto afirmábamos repugnar. No podíamos.

Pero me equivoqué. Yo sí podía.

Pasó el tiempo y quise volver a ver a Eva. Mas Vanidad la había poseído por completo, convirtiéndola en un ser egocéntrico y altanero, sabedora de su ascendencia sobre mis ganas de ella. Esquivaba mis llamadas y obviaba mis mensajes. Pagaba con silencio cualquier intento de acercamiento que propusiera. Me despreciaba desde una posición de superioridad incontestable. Pasamos a ser dos polos opuestos en una historia interminable. Yo mostraba pasión y preocupación por ella; ella demostraba de facto que no me necesitaba para nada. Pero, queridos y queridas, eso era lo lógico: yo era humano y ella tan solo una replicante, un ser hermoso, ególatra y absolutamente carente de algún tipo de empatía. Vanidad, dije que se llamaba. Y eso era por algo, y no solo porque así la bautizara el padre y hacedor de sus días…



¡Música, maestro!…

10 comentarios:

Haydeé dijo...

Tengo que empezar por la canción porque tantas y tantas veces la he tenido retenida en la boca... tantas y tantas veces ha salido de los labios en un grito y precedida de una carcajada... me trae mucho recuerdos, me trae a la mente el recuerdo de alguien que ya no está... de mi amiga... ay...

Resert...

Ahora... tus letras... Eva... esa vanidad tan extrema y que de seguro al final le pasó factura, porque aquí se cuenta el encuentro, el culmen del deseo de dos personas que se dejan llevar por el instinto, que es lo que en verdad nos mueve... nos cuenta de que al final él se colgó de ella, como tantas veces pasa... quedar prendado de quien no se debe... preocupación, ganas de verla y ella pasando, allí subida en lo alto de su nube de vanidosa seda...
Si pudiera mirar por una bola de cristal diría que luego Eva, tal vez, fue la que se colgó de quien no la hizo caso, porque por más vanidad que se tenga siempre encontramos quien nos mida con el mismo rasero (se dice así no?)...

Como siempre tus relatos hacen pensar y sacar elucubraciones...

Hoy la música me tocó la fibra...

Besinos Sir...

Alma Baires dijo...

Lo he leído y releído... una y otra vez... y pienso.

Supongo que entregarse a lo carnal, a las ganas, a lo instintivo... es natural, predecible si se quiere. Pero ¿qué sucede cuando uno entrega un pedazo de su alma ...cuando deja de lado los escudos y derrumba las murallas? ...creo haber conocido algún hermano mellizo de Vanidad.

Pero ya no importa ...también dicen que lo que no te mata, te refuerza, o te enseña a no dejar los escudos y construir las murallas más altas.

Mi reverencia Sir, como siempre.

Beau Brummel dijo...

Pues la verdad es que gusta pensar así, Lady Haydeé. La carne es débil y dicen que la venganza se sirve fría, aunque sea a manos de terceros. Pero, la verdad es que ni se cómo han acabado los días de Eva Uve ni, lo que es más importante, ello me quita el sueño. Es posible que haya encontrado la horma de su zapato… o no, que la vida me tiene enseñado que ese tipo de personas tienen suerte y siempre dan con buena gente y no con quien merecen ventilarse los cuartos. Pero tampoco es menos cierto que lo mejor de este tipo de historias es saber que te las has quitado de encima.

Y me alegro de que mi selección musical le haya pintado una sonrisa (más si es una carcajada). Supongo que será por lo ridículo de alguien a quien recuerda. La verdad es que la vanidad acaba haciendo seres patéticos a las personas que la padecen. Es una penosa forma de ensuciar su recuerdo… pero ellos mismos…

Mi beso, Lady.

Beau Brummel dijo...

Es que los "Vanidad" se extienden por toda la faz de la Tierra. Tienen familia en todas partes. Lo malo es que muchos se mimetizan con la buena gente y para cuando te quieres dar cuenta ya te la han jugado. Pero acabas por calarles y entonces es cuando se ponen estupendos con sus "eso no me lo esperaba de ti", "me dejas de piedra" y evasivas similares. Eso sí: a preguntas concretas y a pruebas fehacientes siempre callan, que tienen más cobardía que vanidad dentro de ellos. Lo mejor del asunto es que cuando les señalas se molestan y se indignan. A su gemelo podría yo añadir más casos y casi tenemos para un equipo de baloncesto ;)

Gracias por sus pensamientos. Mi beso para ud. Lady Baires.

Nicky Sciavo dijo...

Si llegas a leer mi último post, sabrás por qué me atrajo tanto este texto tuyo.
Dicen que guerra avisada no mata gente (o algo así??), y a mí me parece que cuando tenemos a vista (porque no podría, este personaje, decir que no era así) todos los letreros de peligro reflejando en nuestros rostros sus luces de neón y aún así continuamos, ya sabemos de antemano todos los riesgos que correremos, que tendremos que afrontar y/o sufrir... (o claro, gozar), así que poco o nada de queja puede existir ante la obviedad de los desenlaces que propiciamos, cegados por placer o necesidad, pero necios al fin y al cabo.

Aunque también esta el dicho que reza: el que no arriesga...

C'est la vie!

Siempre es un placer leerte, y más ahora tras mi larga ausencia... un verdadero gusto ;)

Shang Yue dijo...

bueno, se intentó ser la horma para V y no se consiguió
ella se lo pierde, no hay más

no por ello debemos renunciar a coger bajo el signo de la sangre y las ganas alteradas

un placer monsieur, comme d'habitude

RECOMENZAR dijo...

recien te descubro desde una madugada a solas sin sol

Beau Brummel dijo...

Ahí estuve, Lady Nicky… y allí volveré cada vez que sea el último ;)

Mi beso…

Beau Brummel dijo...

Ser la horma acaba siendo muy aburrido, Lady Shine… sobre todo por tener que estar siempre a los pies de alquien que te pisa ;)

Y pisar… solo bailando…

Mi beso brillante, Lady.

Beau Brummel dijo...

Y, dígame… ¿le iluminé un poquito? ;)

Mi beso, Lady Beguin-the-Beguin.