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sábado, 4 de abril de 2015

"ALOHA"


Léeme desnuda de prejuicios y espérame en mis textos…


Cualquier noche de cualquier viernes. Cualquier barra de cualquier garito en la ciudad de los cualquieras. Apuro el último trago de mi última copa. Estoy solo, como desde hace tiempo ocurre porque así me empeñé en que sucediera. Ya no hay ningún recuerdo que queme mi memoria. Esta soledad continuada ha hecho bien su trabajo fabricando una excelente callosidad analgésica que me preserva de los ridículos lloriqueos en que uno se pierde cuando piensa que ha perdido algo preciado. A cierta edad ser pusilánime se paga muy caro, por eso nada que haya quedado atrás debe ser capaz de impedirme ver lo que queda por delante. Esa es la actitud. Ese es el fundamento sobre el que puedo mantenerme en pie sin caminar a la deriva insostenible de lo que nunca jamás volverá a ocurrir de nuevo.

Conozco al barman del garito desde hace tiempo. Barman, sí. Barman es un título en si mismo, mucho más que una categoría profesional. Hoy en día ya no se estila denominarlo así: "camarero", le dicen. No. Lo siento. Yo me resisto a degradar a mi fiel Damián a la categoría de camarero. Damián es un caballero de la noche, un cómplice de mis historias. Sabe a la perfección cuándo puede servirme una copa más y cuándo los hielos no conseguirán nunca enfriar las penas de mi alma. Damián me admira, me escucha, me cuida desde esa distancia de quien lleva viendo a tipos como yo toda su vida y por eso conoce bien cómo manejarlos.

Es de noche. Se que cuando salga de aquí será porque Damián tenga que cerrar su local y entonces habré de vagar atravesando media ciudad hasta llegar a ese lugar sombrío que en mi carta de identidad se indica como mi domicilio. En otros tiempos le tentaba para quemar los últimos cartuchos en uno de esos sitios en los que siempre te arrepientes de que te sorprenda el nuevo día allí metido, pero llegó un punto en que comprendí que no podía arrastrar a este hombre bueno a repetir los errores que yo estaba cometiendo. Damián se había encoñado con una bella madurita rusa que conoció en un tugurio en que acabamos una de mis noches más perras. Bueno, tal vez es posible que además se hubiera enamorado, pero se que eso es algo que mi buen amigo exlegionario nunca admitiría. Para lo que aquí nos ocupa, entre él y yo ahora mediaba una distancia insalvable, la producida por la figura de una mujer, y eso hacía que mis correrías noctámbulas acabasen en su bar a la hora en que su bar echase la persiana.

El garito de Damián tiene un nombre irresistible: "Aloha". Esa bienvenida exótica es el reclamo ideal para dar paso a lo que luego vas a encontrarte dentro: un ambiente muy íntimo, construido a base de media luz, mobiliario vintage y una maravillosa música de jazz sonando a un volumen que te permite hablar con quien quieras mientras te envuelve en un universo de infinitas cadencias sensuales. Y, además, alberga una sorpresa de la que muy poca gente está al tanto: tiene una pequeña galería escondida tras una falsa pared que conduce a un semisótano con un par de habitaciones preparadas para una juerguecita de última hora.

Pues aquí estoy yo, y hoy parece que esto no va a dar mucho más de sí. Llevo una mala racha. Algo tendré que dejar para mañana si no quiero que mi hígado comience a deshacerse a la velocidad de un ferrari en la recta de llegada. Miro mi reloj y me dice que queda todavía un buen rato para la hora del "se acabó el Aloha". Suena "Blue in Green" y siento cómo la trompeta de Miles me invita a aplazar, un poquito aun, mi anunciada retirada. Extiendo otra vez la mirada sobre la concurrencia del garito: nada nuevo. Veo perdedores en busca de una fortuna carnal que, seguro, hoy no tendrán; veo mujeres que darían por bueno el día si encontrasen un hombro donde poder verter las lágrimas que les producen otros hombros que ahora cargan otras hembras. Veo, y como un espejo, lo que veo me refleja perfectamente definido. Apuro bien mi trago. Le hago un leve gesto a Damián en señal de retirada y el asiente con otro gesto casi imperceptible. Hubiéramos sido una magnífica pareja de mus, sin duda. "Blue in green" baila sus últimos compases de tristeza. Y es entonces cuando, sin saberlo todavía, va a cambiar la suerte de mi noche…