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viernes, 22 de mayo de 2015

MAYO, 28

Viajaré incansable hasta alcanzar el cénit de tu noche


-Disculpe… ¿está muy lejos de aquí el museo?

Salí de mi ensimismamiento para ver de quién procedía el sensual deje que enmarcaba esas palabras y me encontré con su mirada. He de confesar que me embrujó desde el primer momento, instante desde el que decidí abandonarme en la belleza verde de sus iris chispeantes. Morena y con la edad justa para hacérseme tremendamente atractiva, tenía un look decididamente seductor: una camiseta de tirantes negra se ceñía a su cuerpo dejando intuir los pechos deliciosos y apretados, mientras que los pitillos, negros también, hacían lo propio con unas nalgas y unas piernas que prometían el nirvana con sus formas femeninas. En los pies, sandalias negras acharoladas de tacón bajo, pero suficiente para elevarla al cielo de las diosas de mi olimpo masculino.

-El museo…

Me di tiempo para admirarla en su conjunto. Hacía bochorno, y esa melena recogida mostrando el empaque de su cuello esbelto me impedía concentrarme en la exactitud de mi respuesta. Noté cómo una sonrisa bobalicona se instaló en mis labios. Aquella mujer me gustaba y me estaba delatando como un auténtico primavera. Salí de mi atasco como pude.

-El museo… sí. Mire… mira: en realidad está muy cerca. Sigues recto hasta allí, ¿ves? Pero… yo voy en la misma dirección. Te acompaño y ya te voy diciendo…

No le di tiempo. Comencé a andar. 

-Eres de fuera, seguro.
-Sí. El acento me delata ¿verdad?
-¿El acento? No me había dado cuenta de eso. Lo he dicho porque si fueras de aquí sabrías dónde está el museo.

Me miró extrañada. No estaba seguro de que le gustase mi ironía, pero es la única manera que tengo de salir en situaciones donde no me encuentro muy cómodo por si se me van de las manos. Por si acaso volví al tópico.

-Pero ahora que lo dices… tienes un acento precioso.

Peor. Soné como un ligón de discoteca del siglo pasado. Yo, que odio las discotecas de siglo alguno…

-¿Primera vez en la ciudad?
-No. Viví muy cerca de aquí hace muchos años. Luego me fui…
-¿Te fuiste? ¿Cambiaste esto por otro lugar? ¿Y eso? Oye, es broma. No me hagas caso. Mira, estamos muy cerca

Seguimos caminando. Realmente estábamos cerca y yo me sentía metido en un jardín muy embarrado.

-Mira, ahí es. Pero vas a tener que esperar media horita, que todavía está cerrado. Hasta las diez no lo abren.

Comprobó la hora en su reloj, contrariada.

-¿Y qué puedo hacer hasta entonces?
-¿Has visto alguna vez esta ciudad desde lo alto?
-No…
-Pues ven, que voy a invitarte a un café.

Volví a repetir la operación de iniciar la marcha sin darle opción a pensárselo. Jugaba con la ventaja de que no tenía más opción. Además había empezado a llover: una de esas repentinas tormentas de primavera llana de gotas inmensas y olor a tierra húmeda.. Abrí el paraguas y la invité a taparse. No podía decir no, a menos que no le importase calarse hasta los huesos.






Caminamos unos pocos minutos. La lluvia la obligaba a acercarse a mí lo suficiente como para que su olor me llegase franco. Olía a limpio, a ducha refrescante en la mañana y a una colonia que, aunque no supe identificar, me resultaba conocida. Ese olor despertaba mi deseo. Y al sentir los roces casuales de sus apretados pechos en mi brazo supe que aquella mujer me excitaba de una manera sensual y salvaje. Tenía que jugar bien las cartas…  si ella me dejaba.

Subimos a la planta más alta del edificio. La cafetería estaba situada a más de 150 metros del suelo. La vista era espectacular. Los dos nos quedamos sobrecogidos al ver lo pequeños que es nuestro mundo cuando se ve desde esa altura. Pasamos un rato contemplando los recovecos de las calles, el evolucionar de la gente y los automóviles. Y mientras tanto yo la seguía, clandestino, prendado de ese estar sin decir, llenándose de todo.

-¿Qué te parece? Merece la pena, ¿verdad?
-Sí. Es una pasada. Jamás me imaginé la ciudad así.

Arrastraba las eses al decir, y a mí me llevaba con ellas hasta océanos de sol y playas de caricias. Me llevaba y yo… tan solo me abandonaba a la fantasía de su piel desnuda al tacto de mis manos.

-¿Un café?
-Sí. Pero antes hazme una foto con el móvil. Que se vea todo.
-Claro. Ponte ahí…

Ella sola hubiera bastado para llenar de hermosura todo el encuadre. Su rostro pomuloso era tentador; su cuerpo, una apelación a perderse en la búsqueda de unas horas memorables explorando sus contornos. Su piel… sencillamente deliciosa. Decididamente me gustaba aquella mujer para hacer una locura, sí. No podía ya ocultármelo. Le enseñé las fotos para que se viera. Me dijo que no quería verlas: se veía siempre mal.

Le dije que, a mi parecer, había salido preciosa. Mi tono contundente y sincero le cogió por sorpresa. Se azoró. Sonreí.

-¿Y ese café?
-¡El café! ¿Cómo lo tomas?
-Sin azúcar y con leche de soja.
-Café con leche de soja para ella y solo para mí, por favor.

Nos tomamos los cafés rompiendo el hielo, con conversaciones previsibles para dos personas que no se sabían hasta entonces. Me dijo su nombre y yo el mío. Hablamos de esto y también de aquello, cada vez más interesados en conocer nuestros detalles: cómo te llamas, qué haces… Cada vez eludíamos menos encontrarnos la mirada, dibujarnos la sonrisa, esconder las reticencias con que nos protegíamos mutuamente.

-¡Uy! ¡Las diez y media!

Se quebró el momento: el tiempo se puso de nuevo en marcha. Y yo estaba decidido a viajar en él, con ella.

-Sí… habrán abierto ya. Pero qué prisa tienes, mujer…
-Es que a las doce tengo que estar en las Jornadas y tengo que pasar antes por el hotel para cambiarme.
-No te preocupes. El museo se ve muy rápido. Yo te lo enseño, si me permites. Deja que pague y vamos.

Sonrió. Se quedó esperando mientras repasaba las notificaciones de su móvil. Lo había puesto en silencio para que no la molestaran mientras charlábamos. Salimos de la cafetería y sacamos la entrada al museo. Le mostré lo fundamental. Contemplamos las obras, con respeto unas y con chanzas, otras. Teníamos complicidad en el humor. Teníamos ganas de nosotros y cada vez era más evidente. Reíamos, tonteábamos, subíamos y bajábamos, nos acercábamos al perihelio del deseo… y, de repente… Cenicienta.

-Tengo que irme ya a cambiarme al hotel. Lo he pasado muy bien. Gracias por tu compañía.
-¿Ya? ¡Joder! ¡Cómo pasa el tiempo!
-Sí… no puedo quedarme ni un minuto más. Tengo que irme ya mismo.
-Oye… ¿comes conmigo? No me digas que no ¿eh?
-Imposible… Solo tengo media hora libre en el programa.
-Me vale con eso.
-No, Beau. No puede ser, de verdad. 
-No me lo creo. Dime que no te apetece y no insisto más.
-No seas tonto. Me apetece, pero no puedo. Te lo prometo.
-Vaya…
-Pero… tengo libre la cena.


(continuará…)

8 comentarios:

itzalak dijo...

Que intriga, por dios!!! Me encanta, sencilla y sutil su forma de ligar ;)
Besos sir...

* dijo...

Creo que ha caído en una trampa que si siquiera estaba preparada. Bueno, en realidad, va sobre la marcha... Y ese coqueteo tan descarado como de intensiones subliminales...

El Museo puede ser un lugar muy... muy muy...
Besos de Pecado, Sr. Brummell.

Alma Baires dijo...

Qué maravilla! ...han vuelto las historias de Sir Brummell ...¿por caso serán vivencias? ...deje, deje; no me responda, me ha ganado la curiosidad ...pero mi Alma romántica elige pensar que sí.

Esperaré la continuación... aunque si la memoria no me falla, y no creo que así sea, hay algunas otras historias inconclusas.

Mi reverencia, como siempre, Sir.

Beau Brummel dijo...

¿Ligar yo? ¡Ufff! Solo me dejo llevar, a ver donde llego… o me llevan ;) Soy nefasto ligando, lo juro.

Mi beso para ud, Lady Itzalak

Beau Brummel dijo...

Nada como caer en una trampa inesperada y hacerlo junto a alguien que te fascine hasta el punto de abandonarte a lo que ocurra ¿no cree?

En los museos lo que hay es mucho arte y en su presencia… mucho pecado con arte ;)

Mi beso, Lady Magdalia

Beau Brummel dijo...

Por acaso… delicioso giro ;) Déjese embaucar por su alma romántica, Lady Baires: todas, absolutamente todas mis historias tienen base, tanto en mi realidad vivida, como en mi vívida fantasía. Y ninguna de ellas es totalmente falsa ;)

Recojo su reverencia y beso su mano con el debido… deleite, Lady. Por acaso… siempre suyo ;)

Alma Baires dijo...

Agradezco sinceramente vuestro saludo, con esa pleitesía y caballerosidad que tanto lo distinguen. Y recoja en usted esa leve inclinación de mi gesto dando conformidad al suyo así como mi más sincera sonrisa, Sir Brummell.

Marrubi dijo...

Se nota que tengo la temporada romántica alta.
Me ha parecido precioso. Será por la melodía con que las Esesss han envuelto la historia.

Ainssssss pero que requetebonito 28 de mayo y además queda una prometedora cena :P

Un beso kilométrico, estimado Lord.