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miércoles, 24 de junio de 2015

MAYO, 28 (II)


Nunca hay un tan arriba que yo no pueda alcanzar con mis deseos…



-Pero tengo libre la cena. ¿Te apuntas?

Maldita mi suerte. Una mujer así tentándome y yo sin poder aprovechar la ocasión más pintada de mi vida. Desgraciadamente me era absolutamente imposible emplear esa noche en pasarla junto a ella. No había ni un solo resquicio por donde escapar de mis obligaciones. Era tan absurdo como suicida siquiera intentarlo. Veía sus ojos, su cuerpo llamándome con los susurros que solo sabe pronunciar una piel que busca a otra… Era toda una invocación muy placentera, pero no podía ser. No podía.

-La cena… imposible… tengo…
-Qué pena. Bueno…pues nada… gracias por tu compañía Beau.

Acercó su cara para darme un beso de despedida. Volví a sentir su olor, ese aroma de mujer hermosa que solo se realza con la elección de un buen perfume y que yo seguía sin poder identificar, a pesar de serme tan familiar. Sentí sus labios en mi mejilla y tuve que reprimir buscarlos con las ganas de mi boca. Me quedé exhibiendo mi deseo mirándola como un tonto, balbuciendo una excusa que nadie me había pedido.

-No puedo, de verdad. ¿Seguro que mañana tienes que irte?
-Sí. He de tomar el avión de regreso a casa a las doce.
-Paso a recogerte… desayunamos y te llevo al aeropuerto…
-No, Beau. Lo siento: he de ir con mis compañeros. 
-No pudo ser, ¿eh?
-No. No pudo, aunque me hubiera gustado tanto como a ti. Eres encantador, Beau. Ha sido un verdadero placer.

Lo había sido, sí. Pero se iba. Se iba así, dejando un rastro de lo que quería haber sido pero se esfumó sin serlo. La vi caminar hacia el "se acabó" que había justo tras la esquina de esa calle que habíamos recorrido juntos cuando todavía podíamos tomar un momento pintado de aventura. Intenté no pensar en ello y seguir con aparente normalidad mi agenda de aquel día. Sabía de sobra que sería imposible. Su sonrisa, su forma de hablar, su perfume… sus brazos, su cuello, sus pechos… me desbordaba su recuerdo por todos los sentidos. Empecé a darle vueltas a cómo encontrar una rendija por la que dejar escapar un rayito de esperanza y comenzar a urdir un plan para volver a verla, por más que supiera perfectamente que era poco menos que imposible. Me sacudí esa idea de la cabeza. Tenía que seguir con mis gestiones.

Pero cuando el deseo de una mujer se introduce en mi cabeza, mi fantasía comienza a volar y a trazar coordenadas de locuras arrebatadas a cualquier sensatez por más imposible y constrictora de sueños que esta sea.

Necesitaba una coartada de urgencia y la cobertura sin fisuras de un par de amigos. Me inventé una situación desesperada en la que uno de ellos necesitara de mi presencia. Un hecho ante el que yo pudiera suponer el hombro idóneo sobre el que poder llorar y departir confidencias de traiciones. Bien. Tenía ya esbozado el plan. Pero me di cuenta de que no tenía forma de ponerme en contacto con la parte fundamental y causante de tanta desazón dentro de mi ser: ella. Sabía, sí, que estaría todo el día en las jornadas del Palacio de Congresos, pero no me parecía correcto presentarme allí, solo sabiendo su nombre de pila. Tenía que pensar deprisa… y se me ocurrió una idea. Muy descabellada, sí, pero no tenía otra y había que intentarlo. Fui a casa a por el móvil antiguo con la tarjeta que tenía sin utilizar por si alguien de la familia lo necesitaba en un caso de necesidad apremiante. Y este lo era, sin duda.

(continuará…)