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miércoles, 13 de septiembre de 2017

MI CAPRICHO






Abrí el buscador y tecleé: “vendo 2 CV”. Navegué entre los resultados hasta que encontré justo el que estaba buscando: “Se vende 2CV 6-CT Charleston, matriculado en el año 1981. Totalmente reparado y en pleno funcionamiento. ITV pasada y documentación en regla. 4.500 eur.” Las fotografías mostraban un precioso Citroen bicolor, igualito al que compré con mis primeros ahorros hace 30 años y en el que paseaba mis juergas juveniles por Costa. Llamé al teléfono de contacto y acordé la visita para probar el coche. El vendedor lo tenía guardado en un garaje de un pueblo un poco a desmano, pero aquel automóvil era un capricho al que no estaba dispuesto a renunciar por unos kilómetros de más. Si el coche me convencía partiría desde allí mismo hacia mi destino veraniego mediterráneo.

Fui al banco y saqué 6.000 euros. Quería hacerme con el automóvil lo más rápido posible y eso pasaba por pagar con cash. Consulté los autobuses que me llevarían hasta el lugar mi cita. Había uno justo a mediodía. Tenía el tiempo justo para ir a casa y hacer una maleta pequeña. Lo justo para pasar el verano: trajes de baño, alpargatas, pantalones, polos, camisas, mudas… Me acordé que tenía pendiente una posible cita con @eligialaguapa, una tentadora tuitera con la que llevaba flirteando durante los últimos 3 meses. Estábamos en esa fase en que o dábamos el paso de conocernos o la cosa tenía pinta de diluirse entre DMs cada vez más espaciados. La escribí:

-Hola Niña. Me ha dado una chavetada repentina y me voy ahora mismo una temporada de descansito a una casa en el mar.

Dudé de añadir una invitación. No estaba seguro de que pudiera aceptarla. Me engañaba: por una parte tenía miedo de que no quisiera aceptarla y por otro dudaba de que realmente quisiera pasar unos días allí con su compañía. Me había mandado unas fotos suyas por privado y la verdad es que era muy atractiva. Más aún: se me hacía tremendamente sensual y estaba loco por follar con ella. Pero Costa era parte de algo muy mío que todavía no estaba preparado a compartir con nadie más. Añadí otro mensaje:

-No te digo que vengas porque seguro que es muy precipitado. Soñaré contigo como tú sabes. Allí estaré desconectado de todo. Lo necesito. Ya te contaré el porqué cuando vuelva. Chao.

Cerré el twitter y me hice la promesa de no abrirlo hasta q terminase mi escapada veraniega. No me apetecía comprobar si había metido la pata con los mensajes. Ya habría tiempo, si ella no se lo tomaba a mal y estaba dispuesta a seguir con nuestro juego. Cogí el autobús y llegué a mi destino justo para comer. Llamé al vendedor y acordé vernos a las 4. El coche estaba impecable. Me monté. Encendí el motor y reconocí su sonido con nostalgia. Tomé la palanca de cambios que nacía del salpicadero. La giré con la mano hacia la izquierda y saqué la bola. Primera. Aceleré… era como si nunca hubiera dejado de conducirlo. El volante, enorme y la dirección dura, no como las de hoy en día que se pueden mover con solo un dedo. Disfruté conduciéndolo tantos años después. No me lo pensé más.

-Lo tiene ud como nuevo. Pero el precio es un poco… mucho
-Me ha costado mucho tiempo dejarlo como está. Es un clásico. Lo tomas o lo dejas.
-¿No me quita ni siquiera los 500? Le pago con dinero en mano.
-¿Y de qué otra forma pretendías pagarme, majo?
-Joder… con ud. no hay manera, ¿eh?
-Venga, 4.400 y me invitas a un café.

Le dije que sí. Qué coño: no estaba en condiciones de regatearme ningún capricho. Quería hacer lo que me apeteciera. Hacía demasiado tiempo que me privaba de cosas que anhelaba por el cargo de conciencia de las responsabilidades cara a mi futuro. A la mierda el porvenir. Como en el viejo lema punki: No Future. Quedé en arreglar los papeles más adelante. El coche quedaría a su nombre y yo me comprometí por escrito a ser un buen chico con él. Lo descapoté e inicié el viaje. Cuando entré en la autovía grité como un chavalito emocionado:

-¡¡¡Allá voy, Costa!!!

sábado, 2 de septiembre de 2017

LA LLAMADA




Hay llamadas que parecen adelantarse a las noticias que conllevan. Hay llamadas “hola amor, te echo de menos”, llamadas “te voy a montar un pollo del quince”, llamadas “es que ya no te acuerdas de mí”… Hay tantos tipos de llamadas como las situaciones en la que nos encontremos en cada momento y lugar. La llamada que yo estaba recibiendo en aquel sonaba insistente desde hacía un par de horas. Era de esas llamadas que sabes que van a perseguirte hasta alcanzarte y, tal vez, dejarte sumido en un universo fatídicamente oscuro.

- Miguel… ¿dónde te metes, tío? Llevo llamándote toda la mañana…
- ¡Joder, Juan! Que todavía estoy haciendo la digestión del último Jack Daniels.
- Jajajá… Cabronazo…
- Venga, venga, dime ya esa prisa que tienes.
- A primera hora he estado hablando con Alfonso.
- ¿Alfonso? O la resaca que tengo es muy grande o no creo recordar tener “bisness” con ningún Alfonso.
- El Dr. Díaz Heredia para ti, Miguel.

El Dr. Díaz Heredia. Lo recordé. Por más que hubiera vivido esa última semana buscando diluir su recuerdo entre copa y copa de burbon llevaba ese nombre clavado en la desazón de cada noche. Y ahora, por fin, acababa de encontrarme para citarme con mi sino.

- ¡Ah! El Dr. Díaz.
- Mira Miguel… los resultados no han sido buenos. Los medidores… ¡Joder, Miguel! Tienes que empezar el tratamiento cuanto antes.
- Ya lo hablamos hace poco, Juan. Nada de tratamientos. Es la segunda vez. Si el hijoputa ha vuelto, será por algo.
- ¡Venga, tío! No seas terco, joder. No eres el primero, hostia. 
- ¿Me aseguras que el tratamiento es efectivo y que esa mierda se acabará para siempre, Juan?
- Sabes que no. Pero te aseguro que sin él no vas a tomarte muchos más Jack Daniels en lo que te quede de vida.
- A la mierda la vida tan llena de vida de mierda, Juan. A la mierda.
- Miguel… ahora estás jodido. No es el mejor momento para tomar estas decisiones. Escucha… tómate un par de semas… tres… acaba el verano y luego volvemos a hablar. Mira, te dejo el apartamento de la playa. Ve, diviértete…
- Me dejas el apartamento que era mío.
- Y que compré generosamente para que tuvieras un respaldo económico que impidiese que te hundieras por tus tropelías con el dinero, Miguel.

El apartamento de la playa en Costa. Volver allí donde empezó todo. Pensé que tal vez fuera una manera de cerrar un bucle, ya sin Laura y sin mi hija. Qué coño: no podía haber mejor lugar para lamerme las heridas que aquel donde mis heridas comenzaron a producirse, tantos años antes.

- De acuerdo. Pasaré allí lo que queda de verano.
- Así me gusta, joder. Y vas a pensarte muy bien lo del tratamiento.
- Eso ya no voy a prometértelo.
- Bueno, tú ve. Las llaves las tiene Paola. Desde que nos separamos vive allí de continuo.
- Tercero “C”, ¿verdad?
- Justo encima del tuyo.
- Del tuyo, Juan.
- Sí… jajajá… ya ves… No tengo el mío y pero soy el dueño del tuyo. Oye, te dejo: tengo que ir a la clínica que tengo quirófano en media hora. Lo dicho: disfruta, reflexiona y toma una buena decisión Miguel. No todo está perdido.
- De acuerdo, Juan. Y gracias por el apartamento.
- Anda, cabronazo. Cuídate…


Agosto. Costa. Sol y mar. Tan solo el sol y el mar podían intentar diluir la sombra que esa puta llamada me había traído. Era la hora de tomar decisiones, grandes y pequeñas. Y empecé por una pequeña, pero que me hacía muchísima ilusión.

domingo, 9 de julio de 2017

ELI-GE A TU ESCRITOR PARA QUE NO TE DECEPCIONE SU RELATO






Gabriel es un cuarentón vividor y hedonista. Casado y separado, tiene una hija adolescente que es la niña de sus ojos. Mantiene una buena relación con su ex, más debido al buen carácter de ella que a los esfuerzos que él dedica para no enfangar los buenos momentos que vivieron en común. Capea como puede los temporales que la vida le pone en su camino. Es un superviviente que ahogó el amor para que no volvieran a romperle la ilusión en mil pedazos. Escribe para seducir a las mujeres a las que quisiera querer y sabe que no puede…


Gerardo es un hombre maduro. Profesional liberal de éxito, nunca lo tuvo en sus aventuras mujeriegas. Ama a las mujeres tanto como teme quedarse enamorado de ellas. Culto y refinado, vive solitario en una nube de placer que le proporciona su saneada posición económica. Va de aventura en aventura, y en cada una dejándose trocitos de su vida para tratar de paliar lo solo que se siente. Escribe para recordar y engañarse volviendo a sentir esos momentos en los que se sintió acompañado…


Goyo ha llegado hace tiempo a los 50. Casado, siempre fue fiel a su esposa hasta esa frontera. Ella no puede afirmar lo mismo y él lo sabe. Desde hace años vive fantasías con esas mujeres que le cautivan y a las que nunca podrá acceder. Hace tiempo conoció a una de ellas y se atrevió a transgredir todos sus principios. Juntos vivieron una aventura que él guarda en su cofre de tesoros y que le sirvió para darse cuenta de que no estaba acabado como hombre. Escribe para reescribirse en sus relatos y buscar a otra ella que le ayude a no morir…


Gonzalo es un bala perdida, un buscavidas con suerte. Viudo presumido, no quiere confesar su verdadera edad porque sabe que puede pasar por menos años de los que ha vivido. Pero si le escuchamos con atención nos damos cuenta de que hace tiempo que quemó en los garitos los cuarentaytantos que confiesa. Seductor. Sus buenas formas, su voz y su manera de expresarse le ayudan en la tarea. Vende humo porque mucha gente se lo compra. Engaña, pero no miente. Va de cara, tal vez no tanto por nobleza como por inconsciencia. Adora el rock’n roll, los tatuajes y las motos. Indian y Harley, por supuesto. Escribe para escupirle a la vida por hacerle atractivo y no valiente. Y para soñar con una compañera que le ayude a pasar el mal trago que le atormenta en forma de cáncer repentino…


Gustavo pasa por ser un mediocre pusilánime. Su mujer le machaca porque nunca dio la talla de lo que esperaba de él. Ella es una hembra deseada y deseable por todo su entorno de trabajo. Siempre a su lado, se cansó de ser quien le empujara a hacer las pocas cosas que él ha conseguido terminar en la vida. Gus vive en una dualidad incurable, en una dicotomía que no se atreve a resolver. Acomodado, escribe para renacer en sus textos como el hombre que nunca supo ser. Se gana la vida con su ingenio, que quizá es lo único que ha cultivado por sí mismo en todos los años de su vida. Y son ya más de cuarenta…



A Gastón la vida no le ha ido muy bien. Profesionalmente siempre se ha quedado en esa tierra de nadie que le obliga a tirar de las reservas patrimoniales de su familia para poder subsistir. Personalmente vive en un limbo de cómoda situación con su pareja. Lleva a otro hombre dentro que intenta doblegar como sea la rigidez de su ética diaria. Creativo y soñador, amante de todas las artes, apasionado lector y cinéfilo… con su prosa a sueldo, está empeñado desde hace años en escribir para satisfacer la necesidad de encontrar lo que siente que le falta. O tal vez sea para descubrir qué le impulsa siempre a sentir esa carencia…


Hay un hombre G escribiendo para ti en este preciso momento. Y te gustará si es capaz de pillarte el punto… que a ti te gusta.