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sábado, 2 de septiembre de 2017

LA LLAMADA




Hay llamadas que parecen adelantarse a las noticias que conllevan. Hay llamadas “hola amor, te echo de menos”, llamadas “te voy a montar un pollo del quince”, llamadas “es que ya no te acuerdas de mí”… Hay tantos tipos de llamadas como las situaciones en la que nos encontremos en cada momento y lugar. La llamada que yo estaba recibiendo en aquel sonaba insistente desde hacía un par de horas. Era de esas llamadas que sabes que van a perseguirte hasta alcanzarte y, tal vez, dejarte sumido en un universo fatídicamente oscuro.

- Miguel… ¿dónde te metes, tío? Llevo llamándote toda la mañana…
- ¡Joder, Juan! Que todavía estoy haciendo la digestión del último Jack Daniels.
- Jajajá… Cabronazo…
- Venga, venga, dime ya esa prisa que tienes.
- A primera hora he estado hablando con Alfonso.
- ¿Alfonso? O la resaca que tengo es muy grande o no creo recordar tener “bisness” con ningún Alfonso.
- El Dr. Díaz Heredia para ti, Miguel.

El Dr. Díaz Heredia. Lo recordé. Por más que hubiera vivido esa última semana buscando diluir su recuerdo entre copa y copa de burbon llevaba ese nombre clavado en la desazón de cada noche. Y ahora, por fin, acababa de encontrarme para citarme con mi sino.

- ¡Ah! El Dr. Díaz.
- Mira Miguel… los resultados no han sido buenos. Los medidores… ¡Joder, Miguel! Tienes que empezar el tratamiento cuanto antes.
- Ya lo hablamos hace poco, Juan. Nada de tratamientos. Es la segunda vez. Si el hijoputa ha vuelto, será por algo.
- ¡Venga, tío! No seas terco, joder. No eres el primero, hostia. 
- ¿Me aseguras que el tratamiento es efectivo y que esa mierda se acabará para siempre, Juan?
- Sabes que no. Pero te aseguro que sin él no vas a tomarte muchos más Jack Daniels en lo que te quede de vida.
- A la mierda la vida tan llena de vida de mierda, Juan. A la mierda.
- Miguel… ahora estás jodido. No es el mejor momento para tomar estas decisiones. Escucha… tómate un par de semas… tres… acaba el verano y luego volvemos a hablar. Mira, te dejo el apartamento de la playa. Ve, diviértete…
- Me dejas el apartamento que era mío.
- Y que compré generosamente para que tuvieras un respaldo económico que impidiese que te hundieras por tus tropelías con el dinero, Miguel.

El apartamento de la playa en Costa. Volver allí donde empezó todo. Pensé que tal vez fuera una manera de cerrar un bucle, ya sin Laura y sin mi hija. Qué coño: no podía haber mejor lugar para lamerme las heridas que aquel donde mis heridas comenzaron a producirse, tantos años antes.

- De acuerdo. Pasaré allí lo que queda de verano.
- Así me gusta, joder. Y vas a pensarte muy bien lo del tratamiento.
- Eso ya no voy a prometértelo.
- Bueno, tú ve. Las llaves las tiene Paola. Desde que nos separamos vive allí de continuo.
- Tercero “C”, ¿verdad?
- Justo encima del tuyo.
- Del tuyo, Juan.
- Sí… jajajá… ya ves… No tengo el mío y pero soy el dueño del tuyo. Oye, te dejo: tengo que ir a la clínica que tengo quirófano en media hora. Lo dicho: disfruta, reflexiona y toma una buena decisión Miguel. No todo está perdido.
- De acuerdo, Juan. Y gracias por el apartamento.
- Anda, cabronazo. Cuídate…


Agosto. Costa. Sol y mar. Tan solo el sol y el mar podían intentar diluir la sombra que esa puta llamada me había traído. Era la hora de tomar decisiones, grandes y pequeñas. Y empecé por una pequeña, pero que me hacía muchísima ilusión.

2 comentarios:

Alma Baires dijo...

El mar... principio y fin... y a su vez, infinito.
¿Cómo podría yo no estar de acuerdo con Juan? Si es que Miguel no podría encontrar mejor sitio para reflexionar y tomar decisiones que el mar.


Un verdadero placer comenzar a leer sus historias Sir. Brummell. Mi reverencia esperando la pronta continuación.

Beau Brummel dijo...

Encantado de llenar con mis palabras este humilde mar de sensaciones y sentimientos para que damas como ud lo naveguen y tenga así la fortuna de hallar la grata presencia de su afecto, Lady Alma. Otra vez Miguel, otra vez viviendo…

Mi beso. Y mil besos más ;)